El hueco apareció donde hasta minutos antes circulaban buses y peatones. Era ancho, casi redondo, con los bordes irregulares del asfalto quebrado y el fondo oscuro, húmedo. Algunos transeúntes hablaron de una explosión (¿quizás un atentado terrorista?). Desde lejos, el forado tenía algo de escena posterior a un accidente más grave.
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El ómnibus de una ruta que iba de Lima al Callao, lleno de pasajeros, había pasado por el punto exacto instantes antes. No se detuvo. No cayó. Siguió su camino sin saber que acababa de rozar con una desgracia. Minutos después, la pista cedió por completo.

BAJO EL ASFALTO
Los vecinos y comerciantes de la zona llamaron a los bomberos, pero también a Sedapal, la empresa estatal del agua en el Perú. Los técnicos de guardapolvos azules explicaron a la gente que la causa estaba varios metros más abajo.
Se trataba de una tubería matriz de agua potable instalada entre 1920 y 1925 que, se supo luego, se había roto días antes. El agua empezó a filtrarse lentamente bajo la calzada. No se veía, pero la carcomía laboriosamente. Reblandecía el terreno, erosionaba la base, debilitaba la estructura.
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Ese día del colapso, los vendedores ambulantes de la esquina notaron algo desde temprano. La pista tenía pequeñas elevaciones, como si respirara mal. Nadie avisó. O nadie escuchó. Con el paso continuo de vehículos pesados, el pavimento terminó cediendo.
El derrumbe rompió también una red de alcantarillado. Hasta la noche, el agua seguía escapando: veinte litros por segundo, según los técnicos. La avenida Tacna fue cerrada al tránsito.
El bloqueo vehicular afectó casi todo el Centro de Lima, una ciudad que vivía agobiaba en ese tiempo por las noticias de una epidemia: el cólera. El hueco detuvo buses, y provocó interminables bocinazos y pasajeros bajando de las unidades de transporte para caminar en pleno calor veraniego.
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LA REPARACIÓN
Los ingenieros de Sedapal, Celso Chávez y Humberto Olivera Vega dijeron que los trabajos durarían una semana. Dos cuadrillas, dieciséis obreros, maquinaria especial. Primero, retiraron los restos: asfalto roto, arena empapada y piedras sueltas. Luego cambiaron la tubería dañada y reconstruyeron el colector.
Después vendría el relleno: piedra, hormigón, tierra, arena. Y, finalmente, cerraron el caso con una nueva capa asfáltica. Ante la desconfianza y temor de los vecinos y visitantes de esa zona de Cercado de Lima, los hombres de Sedapal aseguraron que no habría nuevos hundimientos en la zona inmediata.
Mientras hablaban con los curiosos, mucha más gente se asomaba a lo que fue el borde del hueco. Miraban en silencio, y otros seguían de largo, apurados, como si aquello fuera solo un retraso más.
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UNA CIUDAD ANTIGUA
Las redes de agua y desagüe del Centro de Lima tenían décadas de antigüedad. Algunas, como esta del hueco del 91, más de sesenta años. Otras, eran aún más añejas. También las pistas tenían historia breve y mantenimiento irregular. Y es que, en muchas zonas de Lima, se hacían obras para salir del paso.
Paradójicamente, en abril de 1988, tres años antes, toda la avenida Tacna había sido intervenida, desde el puente Santa Rosa hasta la avenida Nicolás de Piérola (ex La Colmena). Se levantó el pavimento, se volvió a cubrir. Pero, el problema estaba más abajo. Nadie quiso mirar allí.
Los especialistas comprobaron ese día que la capa asfáltica era delgada y que entre la calzada y las tuberías existía un vacío considerable. Una “estructura frágil”, dijeron. Los técnicos advirtieron entonces que otros sectores del centro de la capital presentaban condiciones similares.
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En el anochecer de ese 29 de enero de 1991, el hueco era la estrella del centro, rodeado de luces y cintas de peligro, y también de interminables curiosos. La esquina de siempre se había convertido en un punto inmóvil.
Pero, por esos días, la ciudad de Lima supo y recordaría que vivía sobre tuberías antiguas, reparaciones incompletas y decisiones postergadas. Y que, a veces, eso bastaba para que una avenida se detuviera.




