En la disputa por el poder en el Perú, quien va primero en la carrera electoral no quiere a un segundo, quien ejerce la presidencia no quiere a un vicepresidente y quien gobierna no quiere a un opositor, porque el hechizo de la intolerancia subyace en el sistema político. Esto lleva a garrafales equivocaciones y contradicciones que en un clima de polarización política continua se trasladan luego al Ejecutivo y al Congreso, haciendo intransitable el debate y entendimiento básicos entre mayorías y minorías y finalmente ingobernable el país, como lo hemos visto en los últimos diez años con la sucesión de siete presidencias.
Si a Rafael López Aliaga le sirvió en algún momento su estrategia confrontacional frente a Odebrecht y Dina Boluarte, en las actuales circunstancias, ya posicionado como candidato presidencial de fuerza, le podría hacer más daño que bien de cara a adversarios con los que puede crecer discutiendo razonablemente sus planes de gobierno antes que arriesgar bajar, intentando colocarlos en su disparadero verbal.
Y aquí viene el manejo táctico y estratégico del segundo lugar en las encuestas, que encierra el hechizo del antivoto y mal menor, por lo que resulta, para quien llega allí, una oportunidad codiciada, recelosa y peligrosa al mismo tiempo. En el supuesto de que López Aliaga se mantenga primero en las preferencias, ¿a quién querría en el segundo lugar? Si no es a candidatos con organizaciones fuertes a escala nacional como Keiko Fujimori o César Acuña, ¿preferiría a otros que podrían capitalizar en contra suya precisamente el hechizo del antivoto y mal menor?
Por primera vez en 15 años, Keiko Fujimori no encabeza las encuestas presidenciales, aunque no parece que sea una estrategia suya haberse instalado en el segundo lugar. ¿Fue la fuerza temprana de López Aliaga que la empujó allí o son los demonios de la política que quieren verla lidiando con el antivoto y mal menor, pero desde una posición distinta, quizá más conveniente para ella?
Las estrategias de campaña debieran alejarse más de la guerra sucia y la violencia verbal y más bien aproximarse a las confrontaciones civilizadas de ideas y propuestas, como las del espacio de análisis y debate estrenado el domingo por los periodistas Omar Mariluz (“Cuarto poder”), Augusto Álvarez Rodrich y Juan Carlos Tafur (“Enfrentados”) en América Televisión, como las que propicia hace tiempo “Hildebrandt en sus trece” y recientemente Milagros Leiva en “Siempre a las 8” (canal de YouTube de El Comercio), y como las que prometen hacerlo Phillip Butters en Panamericana y Beto Ortiz en Willax. A más cruce de razones, menos cruce de puños.
Dejemos atrás los hechizos del antivoto y del mal menor y la vieja y ruin costumbre de que el primero en las encuestas trate de destruir al segundo (porque le podría ir peor), de que el presidente elegido vea en su vicepresidente el fantasma de su vacancia y de que el gobernante de turno pretenda gobernar sin oposición. De nada sirven las ambiciones presidencialistas fuertes sin una tolerancia democrática igualmente fuerte que las sostenga.














