“Todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. La frase no es de Maradona ni de ningún pelotero responsable de grandes frases. La dijo el filósofo francés Albert Camus, quien antes de ser un referente del pensamiento existencialista y de ganar el Nobel, fue un notable arquero en el Racing Universitaire d’Alger. Su carrera prometía, sin embargo, la tuberculosis lo retiró de las canchas a los 17 años. Años antes, otro arquero letrado fue el creador de “Sherlock Holmes”, Arthur Conan Doyle. En efecto, el escritor británico no solo era un entusiasta por la pelota, sino que fue el primer guardameta en la historia del desaparecido club Portsmouth a fines del siglo XIX.
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Si seguimos en ese puesto, es necesario mencionar al monumental escultor vasco Eduardo Chillida, quien antes de poner manos a la obra escultórica, dedicaba igual ímpetu a envolver balones como arquero titular de la Real Sociedad, durante la temporada de 1942. Una gravísima lesión tras un choque con un delantero del Real Madrid, empero, lo obligó a pasar por el quirófano varias veces y a dejar las canchas. Y para terminar con el oficio de guardapalos, imposible no mencionar al más célebre crooner en lengua hispana: Julio Iglesias, prometedor arquero de las canteras del Real Madrid que empezaba a alternar con el primer equipo cuando un gravísimo accidente automovilístico, a los 20 años, lo dejó semiparalizado. Cuenta su hagiografía que durante su recuperación le regalaron una guitarra y su vida cogió otro camino. Eso sí, si pierde el Real Madrid, llama por teléfono a Florentino Pérez para quejarse.
También una lesión en la rodilla terminó inclinando la balanza hacia la música en el caso de Sérgio Mendes, el genio de la bossa nova brasileña, quien tuvo que elegir entre el conservatorio de piano y las divisiones menores del Botafogo. Igualmente, el actor Antonio Banderas siempre ha contado que su sueño era ser futbolista profesional en el Málaga FC, equipo en el que destacó en sus categorías inferiores. Una fractura del pie a los 14 años lo alejó del gramado.
Para muchos otros artistas, la decisión de dejar el fútbol no tuvo que ver con accidentes en su biografía temprana. Por ejemplo, el roquero británico Rod Stewart llegó a firmar un contrato de prueba con el Brentford F.C. en los años sesenta, pero al final, según sus propias palabras, decidió que la música era un trabajo “mucho más fácil y que pagaba mejor”. Igual de calculador resultó el actor escocés Sean Connery, quien a los 23 años, mientras compaginaba la actuación con el fútbol, Matt Busby, el mítico entrenador del Manchester United, le ofreció un contrato de 25 libras a la semana. El futuro James Bond lo rechazó tras calcular que la carrera de un futbolista acababa entonces a los 30, y él quería una profesión que le garantizara ingresos por más tiempo.
En el caso del tenor Luciano Pavarotti, extremo izquierdo en su Módena natal, fue su madre quien lo convenció de abandonar la carrera en el club para tentar los escenarios líricos. Sin haber llevado una camiseta oficial, el caso del rey del reggae Bob Marley es imprescindible en cualquier crónica artístico-deportiva. Quienes jugaron con él aseguran que tenía la velocidad y el criterio de un volante de contención profesional.
Si bien el Perú parece muy lejos de citas mundialistas, la pasión pelotera también ha esculpido los sueños de nuestros creadores locales: ya en “El pez en el agua”, el Nobel Mario Vargas Llosa recordaba cómo, en su juventud universitaria en San Marcos, el gran ídolo crema Alberto ‘Toto’ Terry lo invitó a entrenar con el equipo de la reserva de la ‘U’. Por su parte, el poeta Juan Gonzalo Rose fue un habilidoso puntero izquierdo en su juventud en Chiclayo. Y antes de escuchar el pitazo final, apuntemos en el equipo al pintor arequipeño Teodoro Núñez Ureta, consumado jugador del Sportivo Huracán. Quién sabe si el profundo conocimiento de la figura humana que plasmara en sus murales se alimentó de su experiencia en el gramado. Seguro que sí.













