El prófugo menos buscado del Perú ha salido de la clandestinidad. Vladimir Cerrón asegura que todo este tiempo ha estado en territorio peruano, lo que resulta verosímil. Era la opción más cómoda para él. Era un fantasma tolerado por el Estado. No tenía motivos para salir del país.
Como era de esperarse, aderezó su reaparición pública con frases cachacientas. La policía y los gobiernos de Boluarte, Jerí y Balcázar le han dado motivos para ello. La escasa voluntad política para capturarlo y la inoperancia de los altos mandos policiales se conjugaron a su favor. Si contó o no con cómplices de alto nivel en esta prolongada fuga, es un misterio que, probablemente, quedará sin resolver.
En las últimas elecciones generales, el antiguo aliado de Pedro Castillo –quien postuló a la presidencia a pesar de estar prófugo– cosechó un magro 0,6%. En Junín, región que tuvo la mala fortuna de padecerlo como gobernador regional, solo votaron por él 13 mil ciudadanos, apenas el 2% de los votos válidos.
Perú Libre ha quedado reducido a un club de amigos con un local propio en Breña, espacio que utilizarán para reunirse de vez en cuando y recordar con nostalgia los viejos tiempos cuando tenían poder. Han perdido la inscripción partidaria. Quizá, con mucho esfuerzo, logren recuperar el registro ante el JNE; el protagonismo político, en cambio, no volverá. La gente no olvidará los antecedentes de su líder ni la deplorable actuación de su bancada en el quinquenio pasado.
Ya no dispondrán de los fondos públicos que les permitieron solventar sus panfletos y encuentros proselitistas que camuflaban como actividades de capacitación. Waldemar Cerrón deberá buscar un mecenas que financie los versos que fluyan de su dudosa inspiración romántica. Y deberán pagar de su propio bolsillo las refacciones que requiera su local partidario.
La reaparición de Cerrón no es más que la ceremonia fúnebre de un partido condenado a la extinción. El espacio y bolsón electoral que alguna vez tuvo Perú Libre pertenece ahora a otras agrupaciones. El fin de su clandestinidad no es más que un triste recordatorio de que la viveza y la impunidad siguen reinando en nuestro país.



