Desde 1961, alrededor de 300 reclusos de ‘El Panóptico’ y de la ‘Cárcel Central de Varones’, ubicada esta junto al antiguo panóptico, fueron liberados por ser considerados “internos primarios”, es decir, delincuentes de baja peligrosidad.
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Sin embargo, los restantes 1.100 internos necesitaban ser trasladados, ya sea a prisiones en Lima o en otras provincias. ‘El Sexto’ se convirtió en la opción principal, recibiendo a decenas de internos y aumentando el hacinamiento en la institución.
Algunos reclusos también los trasladaron a ‘El Frontón’, aunque este trámite dependía del avance de las obras de ampliación en la isla penal, un proceso lento en ese momento. Ante esta situación, muchos internos tuvieron que ser llevados unas cuadras más allá, al penal vecino de ‘El Sexto’, en pleno corazón de Lima. Este cambio contribuyó a su creciente reputación de prisión superpoblada.
A todo ello, se debieron sumar los agentes de la Guardia Civil detenidos por haberse amotinado en El Potao, en el Rímac, y que también fueron trasladados a dicho penal. Esto reforzó la percepción de que ‘El Sexto’ se había convertido en una potencial bomba de tiempo en pleno centro de Lima.
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‘EL SEXTO’: EL INTENTO DE FUGA DE LOS JÓVENES RECLUSOS QUE ACABÓ EN FRUSTRACIÓN
En 1964, a pesar de los continuos traslados de internos de otras instituciones penales, ‘El Sexto’ aún conservaba su amable nombre penitenciario de “Centro de Internamiento de Infractores Juveniles y Primarios”.
Esto indicaba que no todos los detenidos dentro de sus muros eran necesariamente “delincuentes experimentados”. Sin embargo, la población estaba compuesta por jóvenes peligrosos, intrépidos y lo suficientemente audaces como para desafiar a las autoridades policiales. (EC, 02/04/1964).
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El miércoles 1 de abril de 1964, a las diez de la noche, quince internos estaban preparados para intentar escapar del penal. La tensión se palpaba en ‘El Sexto’, donde los reclusos menores de 21 años (considerados menores de edad en ese momento) se agruparon en el tercer piso del recinto penitenciario. Desde allí, planeaban cruzar los techos utilizando tablones y sábanas improvisadas para descender por las paredes que los separaban de la calle.
Ese era el plan meticulosamente trazado. En teoría, todo lucía bien. Los cabecillas de esta fuga eran Federico Salcedo Bautista, de 18 años; Jorge Alberto Reyes Pereyra, de 19 años; y Pablo Barrios Begazo, de 18 años; ellos encabezaban la audaz misión de evasión.
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Sin embargo, su éxito fue efímero, ya que fueron recapturados casi de inmediato mientras se desplazaban “por las paredes de la Maestranza de la Guardia Civil y el local de la Policía de Investigaciones, hacia el Jirón Chota”. (EC, 02/04/1964).
Los jóvenes delincuentes vieron cómo sus planes se desarmaban en unos pocos minutos. En un golpe de suerte para las autoridades, dos agentes de la Policía de Investigaciones (PIP) y un guardia civil estaban estratégicamente posicionados, tal vez habiendo recibido una pista de último momento.
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Estos agentes policiales hicieron uso de sus armas de fuego para disuadir a los potenciales fugitivos. Y es que los conocían bien, y no confiaban en sus expresiones de “jovencitos inmaduros”. Los aprendices de prófugos podían ser muy avezados si lo querían ser.
Barrios fue arrestado por el agente de la Guardia Civil Santiago Ruiz, mientras que los otros dos, Salcedo y Reyes, fueron aprehendidos por los agentes de la Policía de Investigaciones (PIP) Rafael Guizado y Justo Bustamante.
Este no era el primer intento de fuga para ninguno de ellos, pero fue el más coordinado y ambicioso hasta el momento. Pronto serían sometidos a interrogatorio para determinar cómo obtuvieron los medios o recursos necesarios para llevar a cabo su frustrado escape.
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‘EL SEXTO’: LAS REPERCUSIONES DEL INTENTO DE FUGA QUE NO TUVO ÉXITO
Los hechos ocurrieron durante el gobierno del arquitecto Fernando Belaunde Terry, y sus autoridades penitenciarias no pasarían por alto el incidente protagonizado por estos jóvenes reclusos. De hecho, el 7 de abril de 1964, menos de una semana después de los funestos acontecimientos en ‘El Sexto’, el ministro de Justicia, Emilio Llosa Ricketts, anunciaba la búsqueda de un préstamo de 300 millones de soles en los organismos internacionales por parte del gobierno:
“Esa cantidad de dinero será para la construcción de 141 modernos establecimientos carcelarios en todo el ámbito del país. Esto forma parte del proyecto de reforma carcelaria que el Ministerio ha estructurado”, dijo al diario decano. (EC, 08/02/1964)
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El director de Establecimientos Penales de esa época, el doctor Julio Luque, presentó un plan para aliviar la congestión en las cárceles de Lima. Según este plan, “150 reclusos de ‘El Frontón’ y los excedentes de ‘El Sexto’ serían trasladados a ‘El Sepa’, penal ubicado en la selva central del país”. (EC, 08/02/1964).
A pesar de estas iniciativas de redistribución de la población carcelaria, respaldadas por las buenas intenciones del Gobierno, la situación penitenciaria empeoró. A pesar de la construcción de nuevos penales en Lima (como el penal de Lurigancho y el penal Castro Castro) así como en provincias, el hacinamiento carcelario persistió.
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El penal de ‘El Sexto’, infame para muchas generaciones de peruanos, se deterioró aún más en los años siguientes de las décadas de 1960 y de 1970, convirtiéndose en un lugar caótico y dominado por las mafias, a pesar de estar literalmente al lado de la Guardia Republicana.
El trágico “Motín de El Sexto” en marzo de 1984, hace 40 años, reveló la violencia que impregnaba cada rincón de la prisión. Dos años más tarde, en 1986, el gobierno de Alan García ordenó su demolición irreversible, poniendo fin a décadas de abusos, motines y fugas.
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