En Universitario de Deportes, las noticias han aprendido a vivir fuera de la cancha. En los últimos días, la agenda crema se cargó de ruido externo: una posible sanción al Monumental por supuestos actos racistas frente a UTC que, hasta ahora, no ha encontrado resolución ni avance concreto. Puertas adentro, sin embargo, el pulso del equipo late en otro ritmo. Uno que mezcla urgencias deportivas, decisiones tácticas y una conversación pendiente sobre identidad.
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Porque mientras el foco mediático apuntaba al tribunal, en Campomar se gestaba una escena más determinante: el reencuentro entre el administrador Franco Velazco y el técnico Javier Rabanal. Fue una charla necesaria, casi inevitable, tras días en los que la relación con el plantel había perdido temperatura. No hubo gritos ni reproches públicos, pero sí silencios incómodos. Y en el fútbol, esos silencios suelen ser más peligrosos que cualquier crisis declarada.
El timing no fue casual. Ocurrió un días antes del triunfo ante UTC, ese 2-0 que, más allá del marcador, dejó señales de reconciliación. El equipo corrió distinto, compitió mejor, y —sobre todo— volvió a parecerse a sí mismo. No era solo una victoria: era una respuesta.
En esa conversación, uno de los puntos más sensibles fue el sistema. El 3-5-2 que Universitario arrastra desde la era Fossati no es solo una disposición táctica: es una forma de entender el juego. Con ese esquema, la ‘U’ construyó un tricampeonato basado en intensidad, presión alta y transiciones rápidas. Rabanal, en su intento por dejar huella, buscó introducir una idea más asociativa, con mayor posesión. El resultado, sin embargo, fue un equipo más previsible y menos punzante.
Horacio Calcaterra regresó de una lesión en la rodilla que lo limitó a jugar apenas 65 minutos en tres partidos en el 2026 | Foto: Universitario
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Ahí apareció la duda que hoy atraviesa al comando técnico: ¿cambiar o resistir? Rabanal deslizó la posibilidad de mutar hacia una línea de cuatro defensores o incluso un 3-4-3 que le permita liberar extremos y ganar profundidad. Pero el calendario no perdona. A la vuelta de la esquina está el debut en la Copa Libertadores ante Tolima en Ibagué el martes 7 de abril, y hacer ajustes estructurales en plena competencia puede ser un riesgo mayor que sostener lo imperfecto.
En ese tablero de decisiones, hay una pieza que empieza a ganar protagonismo silencioso: Horacio Calcaterra.
El mediocampo es hoy la zona más discutida del equipo. Jesús Castillo, encargado del rol de volante ancla, no ha logrado consolidarse. Su rendimiento ha quedado expuesto, inevitablemente, al recuerdo de Rodrigo Ureña, ese equilibrio perfecto entre marca, salida y carácter que sostuvo al equipo en los años dorados recientes. Las comparaciones, aunque injustas, son inevitables. Y pesan.
Es en ese contexto donde el nombre de Calcaterra aparece como alternativa. No desde la nostalgia, sino desde la lógica. A sus 37 años, el volante no solo carga con siete títulos nacionales; también ofrece algo que hoy escasea en el equipo: lectura de juego. Su regreso, tras una lesión en la rodilla que lo limitó a apenas 65 minutos en tres partidos en el 2026, abre una posibilidad que Rabanal empieza a considerar con seriedad.
Insertarlo como volante central no es solo un cambio de nombre. Es una declaración de intenciones. Calcaterra puede darle a Universitario un ritmo distinto: más claridad en la salida, mejor toma de decisiones en campo rival y, sobre todo, una pausa necesaria en medio de la ansiedad colectiva. No tiene la energía de un mediocampista joven, pero sí la inteligencia para ordenar a un equipo que, por momentos, se desordena solo.
La primera prueba podría llegar en Cutervo, ante Comerciantes Unidos, hoy (1:15 p.m.). No como titular indiscutido, quizás, pero sí como una pieza que empieza a ganar minutos y protagonismo. Porque en este tramo del torneo, cada decisión tiene doble impacto: en la tabla y en la confianza.

Horacio Calcaterra regresó de una lesión en la rodilla que lo limitó a jugar apenas 65 minutos en tres partidos en el 2026 | Foto: Universitario
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Paralelamente, hay otro frente que alimenta la expectativa: el posible uso del 3-4-3. Un sistema que, de concretarse, abriría la puerta para que Bryan Reyna se instale como extremo izquierdo, explotando su velocidad y capacidad de desequilibrio. Es una idea que seduce, pero que aún necesita contexto para desarrollarse. Y ese contexto, hoy, no parece del todo estable.
Así, Universitario camina sobre una línea delgada. Entre lo que fue y lo que quiere ser. Entre la memoria del tricampeonato y la necesidad de reinventarse sin perder esencia. En ese equilibrio inestable, nombres como el de Calcaterra adquieren un valor distinto: no como solución mágica, sino como puente.
Porque a veces, en medio del ruido externo y las urgencias internas, el fútbol encuentra respuestas en los detalles. En una conversación a tiempo. En un sistema que se ajusta. O en un veterano que, sin hacer ruido, entiende el juego mejor que nadie.




