martes, abril 14

Para entender qué ocurrió el pasado 7 de marzo en el hotel Trump Doral es necesario retroceder a junio del 2022. Cuando la Administración Biden intentó convocar en Los Ángeles la IX Cumbre de las Américas, el foro político más alto del hemisferio. Aquello resultó en una humillación diplomática sin precedentes y un fracaso para Biden: México no asistió, Bolivia tampoco y el bloque caribeño amenazó con hacer lo mismo. El detonante fue la exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua, decisión repudiada por los entonces presidentes de México, Bolivia y Honduras. El resultado: la cumbre nació muerta y el liderazgo de Washington en el hemisferio quedó en entredicho. La herida no cicatrizó. La siguiente edición, prevista para diciembre del 2025 en República Dominicana, fue suspendida por primera vez en la historia por razones políticas, ante la negativa de México y Colombia de asistir.

Sobre esas ruinas diplomáticas Trump construyó algo radicalmente diferente. Desechó por completo el formato multilateral agotado reemplazándolo con una alianza ideológicamente coherente, militarmente comprometida y estratégicamente nítida. El resultado tiene nombre: Escudo de las Américas. Con doce socios fundadores que en primera fila escucharon en silencio el discurso más directo que un presidente estadounidense ha pronunciado en décadas sobre tres enemigos comunes de nuestra seguridad hemisférica: Milei (Argentina), Paz (Bolivia), Kast (Chile), Chaves (Costa Rica), Abinader (República Dominicana), Noboa (Ecuador), Bukele (El Salvador), Asfura (Honduras), Alí (Guyana), Mulino (Panamá), Peña (Paraguay) y Persad-Bissessar (Trinidad y Tobago).

El Escudo de las Américas descansa sobre una tesis geopolítica precisa: las principales amenazas para la seguridad hemisférica no son Estados soberanos, es la convergencia de tres fuerzas que se han entrelazado peligrosamente: los cárteles del narcotráfico, el terrorismo de Hezbolá operando bajo mandato iraní en la región – como ya alertamos anteriormente desde esta misma columna- y la expansión económica y estratégica de China, también analizada extensivamente en este mismo espacio. Esta “triple amenaza” eleva el riesgo de la seguridad hemisférica muy por encima de la esfera policial llevándolo al terreno de una guerra transnacional. Trump lo dijo sin eufemismos: “El corazón de nuestro acuerdo es un compromiso de usar fuerza militar letal para destruir los siniestros cárteles y redes terroristas de una vez por todas.” No es retórica: dos días antes del discurso, el Pentágono ya había firmado un acuerdo militar con veinte países de la región. El diplomático y el soldado llegaron juntos a Miami.

Como hemos sostenido anteriormente, la presencia de Hezbolá en Apurímac representa una amenaza latente y es el ejemplo más elocuente de la amenaza que el Escudo busca desarticular. Haciendo aún más llamativa la ausencia del Perú en la cumbre de Miami, sobre todo luego de habérsenos nombrado recientemente “aliado importante extra OTAN”. Privilegio no fácil de obtener pero puesto irónicamente en tela de juicio a los días, cuando el Congreso decidió patearlo todo y elegir a un marxista como encargado de la presidencia.

Que la nación que alberga una de las infiltraciones terroristas más documentadas del continente tenga hoy un gobierno de raíz marxista indispuesto a sumarse al Escudo de las Américas no es una ironía menor: es uno de los puntos ciegos más inquietantes del nuevo orden hemisférico.

Trump no intentó la ficción de la unidad continental. México, Brasil y Colombia no estuvieron en Miami, y su ausencia es la radiografía de una fractura hemisférica que el Escudo de las Américas busca institucionalizar más que ocultar. Todos los mandatarios presentes son de derecha y han respaldado o sido respaldados por Trump. Y el Perú perdió la oportunidad de estar en ese exclusivo club. El hemisferio se parte entre el bloque que orbita alrededor de Washington y el que mantiene autonomía estratégica o busca contrapesos en Beijing, Moscú o Teherán.

Esto es parte de la “Doctrina Donroe” ofensiva, donde la Monroe era defensiva. Se trata de intervenir activamente para garantizar el orden conveniente a Washington con un segundo frente igual de relevante, aunque más sutil: contener a China, principal socio comercial de varios países latinoamericanos. El Escudo de las Américas es asimismo una palanca para reorientar lealtades comerciales, arrancándolas de la órbita de Beijing. No es casualidad que el lanzamiento de la cumbre coincidiera con la preparación del viaje de Trump para reunirse con Xi Jinping.

La arquitectura institucional del proyecto fue diseñada por el secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Guerra, Pete Hegseth: el primero trabajó con los cancilleres, el segundo coordinó a los militares. Juntos le dieron al Escudo de las Américas algo que la vieja Cumbre de las Américas nunca tuvo: voluntad real de actuar. La pregunta que queda abierta es si doce países son suficientes para transformar el hemisferio, o si la fractura hemisférica terminará siendo la mayor vulnerabilidad del escudo que Trump acaba de levantar.

(*) Irma Montes Patiño es licenciada en Relaciones Internacionales de la George Washington University.

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