Sino votaron, después no se quejen. Son, para decirlo con elegancia casi parecida a la tolerancia; los que se perdieron la oportunidad de ser iguales en la única ocasión en la que todos los peruanos somos iguales. No son mejores, qué va; pero tampoco quiero decir que son peores.
Son, grosso modo, los desencantados con las elecciones. Eso merece un palabreo previo. Hay múltiples razones listadas en el Latinobarómetro, un reporte anual de la (des)confianza en las instituciones.
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En “El desencanto” (IEP, 2026) se expone la lista tabulada de malos conceptos asociados a la democracia tal como se percibe en el Perú: ‘inexistente, funcional mal, corrupción, dictadura, abuso, mal gobierno, injusticia, desigualdad’.
Todo ello resulta en que seamos el último país de la región en índice de respeto a las instituciones y el penúltimo en satisfacción con la democracia, solo superado por Haití. La inestabilidad del quinquenio que aún no acaba y la fragmentación de partidos que nos atarantó en la primera vuelta, son el par de cerezas en la torta.
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Entonces, el ritual central de la democracia, las elecciones, a pesar de que son obligatorias, genera desinterés y hasta rechazo.
Fíjense que el ausentismo de esta última contienda ha aumentado de la primera vuelta (26.194%) a la segunda (27.397%), según cifras preliminares de ONPE). En Lima también ha aumentado ligeramente, de 19% a 20%.
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Esto contradice el ‘wishful thinking’ de muchos que creían que la cercanía al desenlace aumentaría el entusiasmo por votar de una buena vez. Nada que ver.
«Mi hipótesis es que el desencanto por la cédula gigante dio paso a un ‘me llega, pe’ que se contradice con el primero» , expresa Fernando Vivas.
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Mi hipótesis es que el desencanto por la cédula gigante dio paso a un ‘me llega, pe’ que se contradice con el primero. Lo podemos llenar de razones: ‘ahora mi candidato, Porky, Nieto, Carlos Álvarez o quien fuera, ya no está en la cédula’, ‘para qué ir si voy a votar viciado’, ‘igual esto es un fraude’.
Ojo, si retuvieron bien las cifras, no vayan a creer que Lima, por tener menos ausentismo que el promedio nacional, es un bastión de participación cívica.

Según información oficial de la ONPE, ,ás de 7 millones 400 personas no acudieron a votar
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Consideren que casi todos los limeños estamos cerca del local de votación, sino a distancia a pie, en un corto recorrido en bus o coche. El promedio nacional se eleva por la población rural que le cuesta horas llegar a sus centros de votación. Las mesas de la serie 900 mil, no llegan a cubrir esa demanda. El ausentismo urbano es más imperdonable que el rural.
Cifras de ONPE sobre el ausentismo
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El elector ausente es una mezcla de todas las sangres y a la vez de su ausencia, porque también están los que no tienen sangre en la cara pero sí plata para pagar la multa.
Y después se quejan de todo, con aire de autoridad y superioridad moral. No toquemos a los ausentes con excusa (migrante, viajero, trabajador, enfermo, discapacitado, etcétera), pero sí al ocioso bien pagado de su suerte, que prefirió quedarse en casa, o ir de paseo, o asistir a la parrilla, a la playa, al partido; que lo ganó su intolerancia a cambiar de planes.
Cifras de ausentismo de la ONPE
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¿Frivolidad o desencanto? No generalicemos, pero la correlación entre distritos más pudientes de Lima con aumento de ausentismo, como Miraflores y San Isidro, con ambos escalando a 26% (6 puntos más que el promedio limeño), dan sustento a lo que digo. A más poder adquisitivo, mayor facilidad para pagar las multas, incluyendo las de ser miembro de mesa, qué lata.
La gran ironía es que en la primera vuelta, el candidato Rafael López Aliaga alegó un intento de fraude porque se habría impedido votar a cientos de miles de personas. Ese cálculo suponía que una gran participación ciudadana se frustró por la demora de la ONPE en la entrega de material, se fue harta de las colas y ya no pudo o no quiso volver más tarde cuando las mesas abrieron. Pero el JNE y varios independientes hicieron cálculos que demostraban que, comparado con locales de votación vecinos, el ausentismo de las mesas tardías no llamó la atención. El JNE, sin dar cifras exactas, dijo que el aumento fue irrelevante y no justificaba una elección complementaria.
¿Pero pudo tener una incidencia en el ausentismo de esta segunda vuelta, el impacto de las irregularidades de la ONPE que retrasaron mesas en la primera vuelta? En general y a nivel nacional, ese episodio incrementó la desconfianza en las elecciones. Una suerte de fraudismo anticipado recorre el Perú y a los peruanos en el extranjero. Por cierto, estos no están obligados a votar y, en muchos casos, viven lejos de los centros de votación.
De ahí que el ausentismo llegue a 68% (cifras preliminares de ONPE), 2 puntos más que el 66% de la primera vuelta. La tarea del nuevo gobierno es recuperar las ganas de confiar en las instituciones y en la política, y por supuesto, en votar. Cuando discutas con un ausente, usa este argumento para ganarte un punto de ventaja: ‘oe, ni has votado y te quejas de todo’.




