El dólar ha sido, durante décadas, el pilar del sistema financiero global. Cerca del 60% del comercio mundial y más de la mitad de las reservas internacionales de los bancos centrales se denominan en dólares. Sin embargo, una serie de fuerzas estructurales están comenzando a erosionar ese rol.
El dólar ha sido, durante décadas, el pilar del sistema financiero global. Cerca del 60% del comercio mundial y más de la mitad de las reservas internacionales de los bancos centrales se denominan en dólares. Sin embargo, una serie de fuerzas estructurales están comenzando a erosionar ese rol.
La primera proviene de la propia política estadounidense. Trump ha sido explícito en su preferencia por un dólar más débil, pues una moneda depreciada abarata las exportaciones y ayuda a reducir el déficit comercial. En un contexto donde la política económica priorice la reindustrialización, la presión por inducir una depreciación del dólar podría intensificarse.
La segunda fuerza es más profunda: el creciente uso del dólar como instrumento de presión geopolítica. En los últimos años, EE.UU. ha utilizado su control sobre la infraestructura financiera internacional para imponer sanciones, congelar activos y restringir el acceso al sistema de pagos global. Este proceso, conocido como la “weaponization” del dólar, ha generado incentivos para que algunos países busquen reducir su dependencia.
No es casual que varias economías hayan comenzado a diversificar reservas y promover acuerdos comerciales en otras monedas. China, por ejemplo, ha reducido su exposición a bonos del Tesoro estadounidense, mientras otros países exploran mecanismos de pago alternativos. Aunque estos esfuerzos aún representan una fracción pequeña del sistema financiero global, reflejan una tendencia hacia una mayor fragmentación monetaria.
Un eventual ciclo de política monetaria más expansiva por parte de la FED podría acelerar ese proceso. Tasas reales más bajas reducen el atractivo de los activos en dólares.
En el plano local, el sol peruano navega este contexto con resiliencia. Los términos de intercambio han sido favorables y la demanda por minerales sugiere que esta dinámica podría mantenerse. Mientras no se materialicen shocks políticos significativos, los fundamentos macroeconómicos seguirán respaldando un sol más fuerte.
El dólar difícilmente perderá su rol dominante en el corto plazo. La profundidad de los mercados financieros estadounidenses y la liquidez de los bonos del Tesoro siguen siendo ventajas difíciles de replicar. Pero la hegemonía monetaria puede erosionarse gradualmente a medida que se acumulan incentivos para reducir su uso. Y ese proceso ya está en marcha.




