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La noche anterior, el miércoles 2 de octubre de 1974, el mundo futbolístico se paralizó cuando Edson Arantes do Nascimento, Pelé, jugó el último partido de su vida profesional. El “Rey” decidió retirarse con la camiseta de su eterno equipo, el Santos. Los limeños lloraron por la despedida del mejor jugador de fútbol de los últimos años.
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Un escenario de guerra
Las notas periodísticas del día siguiente, viernes 4, reflejaban la angustia que vivieron niños y padres de familia, quienes tras el sismo que duró 2 minutos y 15 segundos salieron despavoridos en busca de zonas libres como parques o plazas. Ataques de pánico se observaron en los edificios de Lima, mientras los vecinos sufrían hasta ataques cardiacos o rodaban por las escaleras o en la calle. Ya en las pistas, muchos se arrodillaron implorando el perdón de Dios.
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Otro ejemplo de pánico fue el caso de un dietista del Hospital Obrero (Hospital Guillermo Almenara), el cual se lanzó al vacío desde el tercer piso y cayó sobre el techo de un consultorio, fracturándose la tibia de una pierna. Todos los centros hospitalarios de Lima, pertenecientes al Ministerio de Salud y al antiguo IPSS (hoy Essalud) estaban al tope en los servicios de emergencia. El comentario general era que todo se hubiera agravado si hubiera habido clases escolares.
Ante el desastre, la celebración militar debió suspenderse (aunque igual lo hicieron seis días después, el 9 de octubre); mientras el gobierno decretó la Ley Nº 20754, en que ningún afectado por el sismo debía ser desalojado por algún motivo. El sismo fue jueves y las horas avanzaban una eternidad. No hubo luz y las ondas radiales colapsaron. Se produjeron roturas de cañerías e inundaciones, derrumbes y líneas telefónicas dañadas. No faltaron las personas con crisis de angustia encerradas en los ascensores de la ciudad.

Así quedó el segundo piso del Banco Industrial, local donde hoy está la Reniec, en la Plaza Gastañeta, en el centro de Lima. (Archivo Histórico de El Comercio)
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Las enseñanzas del recordado terremoto de 1970, que hizo desaparecer la ciudad de Yungay en Ancash, ayudaron a enfrentar con más solvencia técnica y humanitaria el sismo limeño. Con un servicio como el de Defensa Civil, creado tras el movimiento telúrico de hacía cuatro años, se activó en Lima un sistema de ayuda coordinada. También colaboró operacional y eficientemente el Centro de Operaciones de Emergencia Nacional.
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Sin embargo, la capital reveló su lado más débil: las construcciones antiguas o las hechas informalmente sufrieron lo esperable en una situación como esa. Incluso inmuebles aparentemente resistentes sufrieron daños menores impensables, como por ejemplo, los edificios del Ministerio del Interior, el Palacio de Justicia, el edificio de Panamericana Televisión (Canal 5) y el segundo piso del Banco Industrial, local donde hoy está la Reniec, en la Plaza Gastañeta, en el centro de Lima, y hasta el propio Aeropuerto Internacional Jorge Chávez se vio con algunas rajaduras.
Además, sufrieron graves daños las iglesias como San Pedro de Chorrillos, la iglesia del Puente de los Suspiros, la iglesia Santa Clara y la Iglesia del Carmen, así como el antiguo local de la Beneficencia Pública de Lima (jirón Lampa). Queda para la anécdota también que, en el momento del sismo, uno de los relojes de la Plaza San Martín, en el centro de Lima, paró sus agujas a la vista de todos.
Hechos durante y después del sismo
El mismo día del sismo, el 3 de octubre, hubo 25 réplicas que la gente pudo sentir y que se sumaron a otras microrréplicas. Otro hecho inusual ese día fue el extraño movimiento del mar que, en algunos lugares del ‘Sur chico’ (como en Pisco), se retiró decenas de metros más allá de la orilla, temiéndose un tsunami. Sin embargo, solo hubo fuertes marejadas, pero tan intensas que en Pisco los botes ubicados en la playa terminaron en la propia Plaza de Armas.

Lima reveló su lado más débil: las construcciones antiguas o las hechas informalmente sufrieron lo esperable en una situación como esa. (Archivo Histórico de El Comercio)
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Este fenómeno marítimo en la costa limeña provocó situaciones inesperadas como la ocurrida en el distrito de Barranco, donde al producirse el retiro del mar los barranquinos aprovecharon el banco de arena que se formó para llevarse la mayor cantidad de choros que quedaron varados en ese espacio formado inesperadamente.
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Otros gestos más bien solidarios de los vecinos se apreciaron en varios sectores de Lima, como aquel de llevar en sus autos, motos, bicicletas y hasta triciclos a las personas que caminaban o corrían para reunirse con sus familiares. Otro dato de la Policía fue que, al menos en el resto del día del sismo, no hubo en Lima denuncias de pillaje o saqueo de viviendas o tiendas comerciales, como había ocurrido otras veces en casos similares.
De Cerro Azul hacia más al sur, se reportaron ese primer día 13 muertos y unos 150 heridos (30 de gravedad). Chincha, por ejemplo, sufrió en esas terribles primeras 24 horas, unos 52 heridos (20 graves) y Pisco 20 heridos (uno grave). Hasta en Ica se reportaron víctimas (un muerto y 10 heridos). En estas zonas del sur de Lima, la destrucción de viviendas fue del 50%, casi todas hechas de “material noble”.

Viviendas hechas con adobe quedaron destruidas en La Molina. (Archivo Histórico de El Comercio)
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La ayuda internacional no tardó en presentarse con los ofrecimientos de Venezuela, Ecuador y Chile, países que fueron entre los primeros en extender su mano amiga. Por otro lado, el gobierno militar asumió la tarea de apoyar a las familias afectadas directamente con el derrumbe de sus precarias viviendas. Las reubicó y apoyó en la construcción de los nuevos barrios, como les sucedió a un gran número de vecinos del jirón Amazonas, en el centro de Lima, los cuales fueron reubicados en la zona de Ascarruz, en San Juan de Lurigancho.
Tres días después, el 6 de octubre de 1974, las cifras reflejaron ya la realidad de los hechos. Se contaron 73 fallecidos, más de 1.000 heridos y cerca de 4.000 viviendas destruidas en Lima y el ‘Sur chico’. Asimismo, hubo 22 mil personas damnificadas, 261 locales escolares afectados en los que las clases se suspendieron durante 11 días; y 690 réplicas durante la semana posterior al movimiento sísmico.
Días después, la primera salida del Señor de los Milagros tuvo un carácter especial. Ver a la figura sagrada pasear por las calles afectadas, derrumbadas en muchos casos, fue conmovedor. La fe de los limeños esos días apareció incólume, renaciente y luminosa, a pesar el drama sufrido.















