lunes, abril 27

Hace treinta años, el ingeniero y lúcido divulgador científico Tomás Unger evocaba en las páginas de El Comercio los primeros treinta años de una institución singular, nacida de una intuición adelantada a su tiempo. Hoy, al cumplirse seis décadas de existencia del Centro Regional de Sismología para América del Sur (Ceresis), no basta con conmemorar: es preciso comprender, en toda su hondura, la dimensión histórica, científica y moral de su legado, y rendirle un homenaje que esté a la altura de su silenciosa grandeza.

Hace treinta años, el ingeniero y lúcido divulgador científico Tomás Unger evocaba en las páginas de El Comercio los primeros treinta años de una institución singular, nacida de una intuición adelantada a su tiempo. Hoy, al cumplirse seis décadas de existencia del Centro Regional de Sismología para América del Sur (Ceresis), no basta con conmemorar: es preciso comprender, en toda su hondura, la dimensión histórica, científica y moral de su legado, y rendirle un homenaje que esté a la altura de su silenciosa grandeza.

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El Centro Regional de Sismología para América del Sur emergió cuando la noción misma de integración científica regional era aún incipiente, casi una aspiración sin forma definida. Sin embargo, sus fundadores supieron advertir, con una claridad que hoy resulta admirable, que la dinámica profunda de la Tierra —ese pulso incesante que sacude cordilleras y llanuras— no reconoce fronteras, y que el conocimiento destinado a comprenderla y mitigar sus efectos debía construirse desde una inteligencia colectiva, compartida y solidaria.

En ese gesto inaugural, Ceresis no solo creó una institución: inauguró una forma de pensar el futuro del continente. En ese horizonte fundacional, resulta imprescindible evocar la figura señera de Alberto Giesecke Matto, cuya visión temprana sobre el estudio sistemático de los sismos y la necesidad de articular ciencia y sociedad dejó una huella indeleble en la cultura científica del Perú y de la región, constituyéndose en uno de los referentes intelectuales que anticiparon el espíritu que hoy encarna Ceresis.

Desde entonces, su labor ha sido tan discreta como trascendental. Durante seis décadas ha reunido, organizado y sistematizado una de las más valiosas memorias sísmicas de América del Sur: catálogos regionales, registros instrumentales, informes técnicos, estudios especializados. Ha contribuido decisivamente a la elaboración de mapas de peligrosidad sísmica que han orientado normativas de construcción en diversos países, ha promovido redes de cooperación científica y ha formado generaciones de especialistas que hoy sostienen, desde distintos rincones del continente, la tarea de comprender y reducir el riesgo.

Pero más allá de estos logros, que por sí solos serían suficientes para justificar su existencia, Ceresis ha encarnado algo más profundo: la convicción de que el conocimiento no puede permanecer fragmentado ni oculto. En un territorio donde la tierra nunca está completamente quieta, entender el suelo que pisamos no es un ejercicio intelectual, sino una necesidad vital. Y, sin embargo, ese conocimiento —acumulado con rigor y paciencia a lo largo de décadas— corre siempre el riesgo del olvido, del deterioro, de la dispersión.

Red sísmica de Sudamérica. (Foto: Ceresis)

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De allí que uno de los avances más significativos en esta nueva etapa haya sido la creación de una plataforma orientada a la determinación de la vulnerabilidad sísmica de las viviendas, herramienta que traduce décadas de conocimiento acumulado en un instrumento concreto al servicio de la sociedad. Este esfuerzo, junto con la intensa labor de difusión del conocimiento mediante congresos, encuentros internacionales, programas académicos y espacios de formación, revela una institución que no se repliega sobre su historia, sino que proyecta su saber hacia la acción transformadora.

De allí que uno de los desafíos más urgentes de nuestro tiempo sea preservar, organizar y democratizar ese acervo. No se trata únicamente de conservar documentos, sino de activar una memoria científica que permita anticipar, planificar y responder. La digitalización de archivos históricos, la construcción de plataformas accesibles y la apertura del conocimiento hacia la comunidad científica, las instituciones públicas y la ciudadanía constituyen hoy una prolongación natural de la misión fundacional de Ceresis.

En un mundo atravesado por crisis múltiples —conflictos que desprecian la vida, desigualdades que fracturan sociedades, y una sobreabundancia de información que muchas veces sustituye a la comprensión—, la existencia de Ceresis adquiere un significado que trasciende lo técnico. Representa la persistencia de una ética: la de la cooperación frente a la fragmentación, la de la responsabilidad compartida frente a la indiferencia, la de la memoria frente al olvido.

Ceresis, a lo largo de sesenta años, ha sostenido esa forma de entender la ciencia: como un bien común, como un instrumento de integración, como una herramienta para proteger lo más valioso que tenemos.

Sin embargo, este homenaje no puede ser complaciente. La realidad nos interpela con crudeza. América del Sur continúa siendo altamente vulnerable; ciudades que crecen sin planificación, normas que no siempre se cumplen y una cultura de prevención que aún no logra arraigarse plenamente. En ese escenario, el conocimiento acumulado por Ceresis no puede permanecer como un legado pasivo: debe convertirse en acción, en educación y en conciencia colectiva.

El Perú seguirá siendo un país sísmico. América del Sur seguirá siendo una región de alta actividad tectónica. Esa condición es inmutable. Lo que sí puede —y debe— transformarse es nuestra manera de enfrentarla. Y en esa transformación, cada dato preservado, cada estudio realizado, cada registro histórico adquiere un valor incalculable.

Celebrar estos sesenta años no es, por tanto, un acto protocolar. Es un acto de reconocimiento y, sobre todo, de responsabilidad.

En la aparente quietud de nuestras ciudades, en la rutina despreocupada de la vida cotidiana, yace siempre latente la posibilidad del movimiento. Ceresis ha dedicado seis décadas a estudiar ese movimiento invisible, a descifrar sus patrones, a advertir sus riesgos. Pero, en un sentido más profundo, su mayor contribución ha sido otra: enseñarnos que la verdadera estabilidad de una sociedad no reside en la inmovilidad de la tierra, sino en la solidez de su conocimiento y en la capacidad de sus instituciones para actuar antes de que la tragedia ocurra.

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