Hace treinta años, el ingeniero y lúcido divulgador científico Tomás Unger evocaba en las páginas de El Comercio los primeros treinta años de una institución singular, nacida de una intuición adelantada a su tiempo. Hoy, al cumplirse seis décadas de existencia del Centro Regional de Sismología para América del Sur (Ceresis), no basta con conmemorar: es preciso comprender, en toda su hondura, la dimensión histórica, científica y moral de su legado, y rendirle un homenaje que esté a la altura de su silenciosa grandeza.
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De allí que uno de los avances más significativos en esta nueva etapa haya sido la creación de una plataforma orientada a la determinación de la vulnerabilidad sísmica de las viviendas, herramienta que traduce décadas de conocimiento acumulado en un instrumento concreto al servicio de la sociedad. Este esfuerzo, junto con la intensa labor de difusión del conocimiento mediante congresos, encuentros internacionales, programas académicos y espacios de formación, revela una institución que no se repliega sobre su historia, sino que proyecta su saber hacia la acción transformadora.
De allí que uno de los desafíos más urgentes de nuestro tiempo sea preservar, organizar y democratizar ese acervo. No se trata únicamente de conservar documentos, sino de activar una memoria científica que permita anticipar, planificar y responder. La digitalización de archivos históricos, la construcción de plataformas accesibles y la apertura del conocimiento hacia la comunidad científica, las instituciones públicas y la ciudadanía constituyen hoy una prolongación natural de la misión fundacional de Ceresis.
En un mundo atravesado por crisis múltiples —conflictos que desprecian la vida, desigualdades que fracturan sociedades, y una sobreabundancia de información que muchas veces sustituye a la comprensión—, la existencia de Ceresis adquiere un significado que trasciende lo técnico. Representa la persistencia de una ética: la de la cooperación frente a la fragmentación, la de la responsabilidad compartida frente a la indiferencia, la de la memoria frente al olvido.
Ceresis, a lo largo de sesenta años, ha sostenido esa forma de entender la ciencia: como un bien común, como un instrumento de integración, como una herramienta para proteger lo más valioso que tenemos.
Sin embargo, este homenaje no puede ser complaciente. La realidad nos interpela con crudeza. América del Sur continúa siendo altamente vulnerable; ciudades que crecen sin planificación, normas que no siempre se cumplen y una cultura de prevención que aún no logra arraigarse plenamente. En ese escenario, el conocimiento acumulado por Ceresis no puede permanecer como un legado pasivo: debe convertirse en acción, en educación y en conciencia colectiva.
El Perú seguirá siendo un país sísmico. América del Sur seguirá siendo una región de alta actividad tectónica. Esa condición es inmutable. Lo que sí puede —y debe— transformarse es nuestra manera de enfrentarla. Y en esa transformación, cada dato preservado, cada estudio realizado, cada registro histórico adquiere un valor incalculable.
Celebrar estos sesenta años no es, por tanto, un acto protocolar. Es un acto de reconocimiento y, sobre todo, de responsabilidad.
En la aparente quietud de nuestras ciudades, en la rutina despreocupada de la vida cotidiana, yace siempre latente la posibilidad del movimiento. Ceresis ha dedicado seis décadas a estudiar ese movimiento invisible, a descifrar sus patrones, a advertir sus riesgos. Pero, en un sentido más profundo, su mayor contribución ha sido otra: enseñarnos que la verdadera estabilidad de una sociedad no reside en la inmovilidad de la tierra, sino en la solidez de su conocimiento y en la capacidad de sus instituciones para actuar antes de que la tragedia ocurra.














