miércoles, febrero 18

Joe Louis pisaría estas calles aún como campeón, con el prestigio intacto y el aura de invencible. Venía a respirar ese aire limeño cargado de humedad costera, sí, pero también de una electricidad particular: la que solo provocan las leyendas cuando aparecen en carne y hueso, y hacen que una ciudad entera sienta que está a punto de presenciar algo irrepetible.

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Imagen de Joe Louis joven, de fines de los años 30, publicada en El Comercio el 13 de febrero de 1947cuando el campeón llegó a Lima. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio, restaurada con IA)

Los limeños vivían aquellos días de febrero de 1947 entre la emoción, tensión y expectativa real de tener a un ídolo del boxeo como Joe Louis entre ellos. Y entonces El Comercio confirmó, con letras de molde, lo que parecía un sueño: el “Bombardero de Detroit”, invicto monarca de los pesos pesados, intercambiaría golpes en el centro de la Plaza de Acho, en el Rímac.

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JOE LOUIS: EL ANUNCIO DE UN COLOSO

La noticia corrió por los jirones de Lima como un reguero de pólvora, despertando un interés inusitado entre los aficionados al deporte de las narices chatas. Joe Louis venía de librar verdaderas batallas sobre el ring, como aquella que lo enfrentó a otro duro: James J. Braddock.

La expectativa crecía a medida que se confirmaban los detalles de la gira latinoamericana de Joe, que ya había incluido paradas en México y Panamá. Los promotores locales, liderados por Alejandro Borda, trabajaban contra reloj para asegurar que la recepción estuviera a la altura de un campeón mundial.

Para la ocasión, se nombraron comisiones especiales encargadas de atender cada necesidad del púgil y su séquito de preparadores físicos, sparrings y personal auxiliar, a fin de garantizar que su estancia en el Hotel “Country Club” fuese impecablemente cómoda.

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Incluso se comentaban las cifras astronómicas que implicaba traer a un hombre de su talla: se decía que en México había cobrado 30 mil dólares por su presentación. Lima, sin embargo, estaba dispuesta a pagar el precio por ver —aunque fuese en exhibición— la técnica depurada del “Bombardero de Detroit”.

JOE LOUIS: ARRIBO TRIUNFAL EN LIMATAMBO

La tarde del jueves 13 de febrero de 1947, el Aeropuerto Internacional de Limatambo se convirtió en el epicentro de la noticia cuando el avión de Panagra tocó pista. Una multitud entusiasta aguardaba la aparición del hombre que, vestido con un traje color plomo, descendió con la parsimonia de los grandes.

Joe Louis fue recibido con aplausos de simpatía y una calidez que pareció conmoverlo desde el primer instante. Acompañado por su mánager Marshall Miles y sus sparrings Art Ramsey y Walter Haefer, el campeón se mostró dispuesto a complacer a la afición peruana.

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En un gesto que el diario Decano destacó con notas de admiración, Louis expresó su deseo de rebajar sus honorarios habituales por pura simpatía hacia el público local. Aquel detalle no hizo sino agigantar su figura ante los periodistas y los dirigentes de la Federación Peruana de Boxeo que lo escoltaban.

Mientras tanto, la capital peruana ya comentaba la llegada de otro gigante: el argentino Luis Ángel Firpo (1894-1960), el “Toro de las Pampas”, quien arbitraría la contienda. Firpo, célebre por haber protagonizado una de las primeras peleas promocionadas como “La pelea del siglo” en 1923 ante Jack Dempsey, también en el peso pesado, se había retirado del boxeo en 1936, un año antes del inicio de la era de Louis.

Era una posta generacional, Firpo–Louis, que no pasó desapercibida para la numerosa afición peruana al boxeo de los años 40. Los esperaban con verdadera reverencia en la arena de la vieja plaza taurina de Acho. Y es que la coincidencia de ambas figuras, reunidas en un mismo cuadrilátero, era un lujo que los limeños de mediados del siglo XX difícilmente volverían a presenciar.

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EL “BOMBARDERO DE DETROIT”: UNA NOCHE BAJO LAS ESTRELLAS

La noche del sábado 15 de febrero de 1947, la histórica Plaza de Acho, frente al río Rímac, en el distrito del Rímac y bajo la tutela del cerro San Cristóbal —todavía con pocas viviendas en sus laderas— cambió los capotes por las vendas, y el olor a azahar por el del ungüento.

Las nueve de la noche era la hora fijada y, desde mucho antes, las colas para ingresar al recinto taurino daban testimonio de la devoción del público peruano por el campeón estadounidense Joe Louis. Para esa concurrencia, el espectáculo era un sueño hecho realidad.

El programa no solo ofrecía al gran Joe Louis: la velada incluía combates de fondo que mantenían la tensión en las tribunas. El peruano Antonio Frontado buscaba ratificar su superioridad ante el panameño Al Tejada, y así lo hizo; mientras el nacional Julio Coronado superó por puntos a Grimaldo Urlich, otro peruano de esa buena generación de boxeadores que batalló entre los años 40 y 50 del siglo XX.

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Cuando las luces se centraron en el ring, la presencia de Luis Ángel Firpo como árbitro de la exhibición fue el primer gran estallido de la noche. El argentino, viejo conocido de la afición, dijo que actuaba con deferencia especial hacia la valentía boxística de los peruanos, lo que le valió una ovación cerrada del público que colmaba el coso de Acho.

Finalmente, el “Bombardero de Detroit” subió al entarimado, imponente y sereno, listo para cumplir los seis rounds de exhibición pactados. Sus contendientes, Ramsey y Haefer, sabían que estaban frente a la historia, y el público aguardó en un silencio de antesala a la gloria que pronto se cortó.

JOE LOUIS: EL MARTILLO DE DETROIT

Louis no defraudó a ese público entregado: exhibió una condición física envidiable y una técnica que parecía, a la vez, danza y lance de guerra. Durante los asaltos, sus sparrings intentaron llegar al cuerpo del campeón, pero Joe concedía ventaja sin inmutarse, incluso ante el ímpetu de sus rivales.

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Sus manos, rápidas y precisas, recordaban por qué había defendido su corona tantas veces con éxito rotundo. Aunque se trataba de una exhibición sin decisión oficial, el campeón de Detroit no escatimó en demostrar la potencia de sus golpes, imponiendo distancia con una autoridad indiscutible.

La Plaza de Acho vibró con cada movimiento de aquella máquina norteamericana, que se desplazaba por la lona con una elegancia que contrastaba con su fuerza. Fue una cátedra de boxeo que dejó “buena impresión” en la crónica deportiva de entonces, confirmando su estatus de leyenda viva.

Al terminar la jornada, mientras Joe Louis se retiraba entre vítores, quedó flotando en el aire la sensación de haber sido testigos de un suceso extraordinario. El hombre que había unido al mundo en torno a un ring se despedía de Lima tras cumplir su promesa: complacer a una afición que jamás olvidaría su nombre ni esos golpes convertidos en danza sobre la lona y con el cielo estrellado de la ciudad como testigo.

Dos años después, el 1 de marzo de 1949, Joe Louis se retiró del boxeo profesional. Pero las urgencias económicas lo obligaron a volver en 1950, y se despidió definitivamente tras caer noqueado en el Madison Square Garden ante Rocky Marciano, la noche del 26 de octubre de 1951. Su récord final fue de 71 peleas: 68 victorias (54 por nocaut) y tres derrotas.

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