El uso del avión presidencial temporal de Estados Unidos ha despertado nuevamente preocupación y cuestionamientos desde la semana pasada a raíz de la repentina decisión de Donald Trump de cambiar de aeronave en su retorno de la última cumbre de la OTAN realizada en Turquía.
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Donald Trump no ha ocultado su disconformidad con las antiguas aeronaves, criticando su comodidad e incluso el color celeste con el que están pintados. Tras iniciar su segundo mandato dejó claro que deseaba contar con un modelo que se mostrara “mucho más americano” y acorde a su identidad.
Fue en ese contexto que la corona de Qatar ofreció en el 2025 a Washington obsequiarle un avión más grande para los viajes presidenciales, gesto con el que Trump quedó encantado y que se hizo efectivo en mayo. La nave llegó a la Base Conjunta de Andrews (Maryland) pintada con los colores azul marino, rojo y blanco que el líder republicano tanto había solicitado.
Este nuevo aeroplano presidencial es un Boeing 747-8 y tiene un valor calculado en 400 millones de dólares, estando pensado como un vehículo temporal hasta la entrega de los sucesores oficiales.
Si bien se trata de un regalo de la corona qatarí a la Fuerza Aérea de Estados Unidos, el hecho generó cuestionamientos desde frentes como el ético y legal, pues el Partido Demócrata lo consideró como un obvio intento de los qataríes por congraciarse con Trump, citando la Cláusula de Emolumentos de la Constitución estadounidense, que prohíbe a cualquier funcionario aceptar regalos sin consentimiento del Congreso.

Fotografía que muestra al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, durante la presentación este miércoles del Boeing 747-8 donado por Qatar. (Foto: EFE/ Casa Blanca)
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Adicionalmente, se criticó que el presente de la monarquía de Qatar podría suponer un riesgo para la seguridad nacional. El Air Force One es visto como un centro de comando y la procedencia externa de la aeronave generaba preocupación por potencial espionaje y por no contar con los sofisticados sistemas de protección que demandan los vehículos de uso presidencial.
Francesco Tucci, internacionalista y docente de política internacional en la UPC, explica en diálogo con El Comercio que “Air Force One es un apelativo radiofónico con el que se define a cualquier aeronave de la Fuerza Aérea de Estados Unidos que transporta al presidente”, pero que un avión presidencial por definición requiere de mecanismos de defensa sumamente específicos considerados información clasificada.
“Qatar ha regalado a Estados Unidos un avión que supuestamente apuesta por el confort, pero no es esta la prioridad y por eso fue dejado de lado (en Turquía). El avión que funciona como Air Force One prácticamente se considera una Casa Blanca voladora, que debe garantizar la seguridad del mandatario y permitirle desplegar todas sus funciones”, menciona el experto.
A fin de mitigar los riesgos, la aeronave de procedencia qatarí fue sometida a un proceso de acondicionamiento para ajustarla a sus nuevas funciones, pero los analistas en defensa y la prensa norteamericana insistieron en que se trató de un proceso acelerado que omitió el grado militar que requerían muchas de esas modificaciones. Lo anterior no impidió que el Air Force One transitorio hiciera su primer vuelo oficial el 1 de julio desde Maryland a Dakota del Norte para una actividad de Trump.

Fotografía difundida por la Fuerza Área de EE.UU. del nuevo Air Force One, un Boeing 747-8 en su primera exhibición pública. (Foto: EFE/ Fuerza Áerea de EE.UU.)
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En opinión de Francisco Belaunde, especialista en derecho internacional y profesor de la Universidad de Lima, la aceptación y uso acelerado de este avión muestran cierto nivel de correspondencia con la intención de Trump de plasmar su legado en la simbología estatal.
“Diría que lo que quiere Trump es asociar su imagen personal a los símbolos nacionales, como lo hizo rebautizando el Centro Kennedy o creando las ‘cuentas bancarias Trump’, los pasaportes y monedas con su rostro y la pretensión de tener un billete con su retrato. Hay una excesiva personalización del poder”, comenta Belaunde.
Por su parte, Tucci considera que la predilección del presidente de EE.UU. por el avión donado por el emir qatarí estaría más ligado a la “ostentación de poder a través de este regalo” y para demostrar que otros países están dispuestos a rendirle pleitesía.
El problema de la seguridad volvió a la discusión a causa de un reportaje de “The New York Times” publicado el 8 de julio, en el que se señala que el reciente viaje de regreso en el viejo avión presidencial se debió a motivos de seguridad preventiva.
Según dicho medio, fuentes anónimas del Servicio Secreto de EE.UU. indicaron que se exigió al presidente no abordar el avión qatarí para mitigar cualquier riesgo de ataque procedente de Irán o sus milicias satélite tras la reanudación de las hostilidades con el estado persa, ubicado relativamente cerca del territorio turco.
Trump justificó el cambio de avión, señalando que buscó un acto de “cortesía” con las tropas estadounidenses acantonadas en Reino Unido al redirigir su avión más moderno hacia ese destino.
“The New York Times” pondría ese discurso en entredicho con un nuevo informe el 9 de julio, en el que señalaba que, pese a los 400 millones gastados en reformas aceleradas, el Air Force One qatarí “carecía de las contramedidas defensivas” más avanzadas que sí tenían los modelos antiguos.

El Air Force One antiguo tuvo que ser movilizado a último momento para recoger a Donald Trump de su visita a Ankara (Turquía). (Fabrice COFFRINI / AFP)
/ FABRICE COFFRINI
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La Casa Blanca negó las informaciones y su portavoz, Steven Cheung, insistió en que se trata de “un avión de última generación dotado de protocolos de alto nivel” y que el uso paralelo de los dos aviones fue una táctica de distracción contra los enemigos de Washington. El mismo Trump refirió que cualquier amenaza de Teherán no tuvo que ver con el cambio de avión presidencial.
Luego de los pronunciamientos gubernamentales, el Departamento de Justicia estadounidense emitió citaciones de urgencia a los cuatro periodistas a cargo de los artículos, justificando la medida en la necesidad de detectar el origen de la filtración por motivos de seguridad estatal.
Los reporteros Julian Barnes, Tyler Pager, Eric Schmitt y Eric Lipton fueron visitados por agentes gubernamentales en sus casas, lo que fue visto por el diario neoyorquino como un intento de amedrentamiento.
“Este acto descarado no debe verse más que como un intento de impedir que el público sepa lo que ocurre en su país, intimidando a los periodistas para que no realicen su trabajo”, declaró David McCraw, abogado principal del periódico.
“The Washington Post” se solidarizó con los periodistas, reportando que el proceso fue inusualmente veloz y que no siguió la normativa; sin embargo, también señala que no hay una legislación de secreto profesional que proteja a los trabajadores de “The New York Times” de forma automática.














