En alguna ocasión, escuché decir a Enrique Bernales que sus padres le habían enseñado a amar al Perú. A propósito de eso, uno puede preguntarse si el amor es parte de alguna enseñanza racional o intelectual y si es posible “enseñar a amar”. Con frecuencia, he pensado sin embargo que algunos de nosotros podemos decir algo parecido. No se si nuestros padres nos enseñaron a amar el Perú pero sí procuraron mostrarlo en toda su diversidad. En algún momento de nuestra infancia, tuvimos a alguien que nos habló de nuestro país, que nos hizo recorrer su geografía, que nos hizo apreciar sus rostros tan diversos.
En alguna ocasión, escuché decir a Enrique Bernales que sus padres le habían enseñado a amar al Perú. A propósito de eso, uno puede preguntarse si el amor es parte de alguna enseñanza racional o intelectual y si es posible “enseñar a amar”. Con frecuencia, he pensado sin embargo que algunos de nosotros podemos decir algo parecido. No se si nuestros padres nos enseñaron a amar el Perú pero sí procuraron mostrarlo en toda su diversidad. En algún momento de nuestra infancia, tuvimos a alguien que nos habló de nuestro país, que nos hizo recorrer su geografía, que nos hizo apreciar sus rostros tan diversos.
MIRA: Ciudad de héroes, por Alonso Cueto
Por entonces, durante nuestra infancia y juventud en los años sesenta, enseñar a amar a nuestro país no solo consistía en dar lecciones de historia o de geografía (que por cierto son esenciales), sino también en hacer lo posible por recorrer nuestras ciudades, nuestros selvas y laderas, poder mirar algunos ríos, algunos cielos, algunas montañas y algunas iglesias y plazas. Y ver a la gente.
Y también aprendimos que ese amor al Perú no solo tiene que ver con el reconocimiento de su historia o de su cultura, con el asombro ante el arte precolombino o las infinitas geografías que nos pueblan. La diversidad es ciertamente uno de nuestros tesoros. Y no solo la diversidad cultural. En nuestro país, vale la pena recordarlo, conviven ochenta y cuatro de los ciento cuatro ecosistemas del planeta. Tenemos todas las razas del mundo en una convivencia que nos otorga una extraordinaria riqueza y a la vez es fuente del racismo y la discriminación que forman parte de nuestro pecado original.
Tenemos lenguas tan ricas como el quechua y el aymara y las lenguas amazónicas. Hay casi cuatro millones de quechuahablantes en el Perú. En Lima hay setecientos mil. Tenemos artistas tan extraordinarios y diversos como Fernando de Szyszlo y Tilsa Tsuchiya, Mario Vargas Llosa, Blanca Varela y José María Arguedas, Jaime Guardia, Máximo Flores Hilario y Máximo Damián, Susana Baca y Chabuca Granda. Nuestra gastronomía, heredera de nuestra diversidad, es la fusión de los sabores infinitos. Todo eso es parte de la admiración o el amor que podemos sentir por nuestra patria.
Pero tratándose de un amor difícil, en un país complejo y trágico, está siempre atado a la solidaridad y el compromiso hacia las personas que a diario tienen que sufrir el abandono y la violencia como rutina. La lista es larga y siempre podría seguir. Los que mueren o ven morir a sus seres queridos de enfermedades prevenibles, los que no tienen una sola posta médica cerca, los que tienen que esperar meses para recibir atención de un doctor, los que estudian en colegios cuyos locales se vienen abajo, los que sucumben al miedo y a las balas de extorsionadores y sicarios. Los que se despiertan en lo alto de un cerro y tienen que partir de su casa con tres horas de anticipación para llegar a su trabajo con sueldo mínimo, después de tomar tres o cuatro vehículos. Los que se han acostumbrado a vivir sin agua ni desagüe. Los que se han acostumbrado a vivir sin apenas comer. Los que saben que la desesperación los ha llevado a la resignación y a la renuncia. Los emprendedores que se rebelan. Los que creen con razón que nadie los representa. Me pregunto qué candidato ha sentido de veras la vida cotidiana de estos compatriotas. ¿Alguno o alguna? Esperemos.




