viernes, marzo 13

Hace unos días busqué un regalo sin demasiada intención. Solo quería “ver opciones”. Durante las horas siguientes, ese objeto empezó a aparecer en todas partes: Instagram, TikTok, páginas abiertas al azar, incluso en plataformas donde nunca había comprado. No era persecución, era precisión. Y en esa repetición silenciosa apareció una incomodidad difícil de explicar: no estaba decidiendo, estaba siendo guiado.

El algoritmo funciona bien porque resuelve fricciones. Sugiere música que coincide con nuestro ánimo, recomienda series que se parecen a lo que ya vimos y nos acerca productos antes de que los nombremos. Como asistente, es eficiente. Pero como sistema, también redefine nuestra relación con el deseo: lo vuelve predecible, ordenado, anticipado. La sorpresa se vuelve excepción.

Detrás de esa precisión hay un sistema bastante simple en lógica, aunque complejo en escala: el algoritmo aprende observando. Registra búsquedas, clics, pausas, tiempo de permanencia, compras previas y hasta lo que ignoramos. Con esos datos construye patrones que anticipan comportamientos futuros y ajusta lo que vemos en tiempo real. No adivina deseos: los proyecta a partir de lo que repetimos.

El problema no es tecnológico, sino emocional. Consumir siempre implicó intuición, impulso, incluso error. Hoy, en cambio, compramos menos por descubrimiento y más por reiteración. Lo que aparece muchas veces parece necesario. Lo familiar se vuelve cómodo, y lo cómodo termina pareciendo correcto.

Hay algo casi imperceptible en esa dinámica: la sensación de estar permanentemente interpretados. No es vigilancia en el sentido clásico, sino una lectura constante de hábitos y preferencias. Y aunque esa lectura facilita decisiones, también reduce el margen del azar, que siempre fue parte del consumo y también del gusto.

Quizá por eso vale la pena preguntarse cuánto elegimos realmente. No para rechazar la tecnología, sino para recuperar cierta conciencia sobre lo que deseamos. Porque en tiempos donde todo parece anticipado, elegir también implica resistir.

Resistir no significa desconectarse ni romantizar lo analógico, sino introducir pequeñas pausas en la lógica automática: dejar algo en el carrito, no responder a la urgencia del descuento, permitir que el interés se enfríe. Son gestos mínimos que devuelven margen a la decisión y, sobre todo, al tiempo.

Tal vez el verdadero desafío hoy no sea escapar del algoritmo, sino convivir con él sin cederle del todo la voluntad. Seguir descubriendo cosas por accidente, equivocarse al elegir, cambiar de opinión sin una razón clara. Porque si todo lo que consumimos ya estaba previsto, lo único que queda por defender es la posibilidad de sorprendernos.

Hay algo casi imperceptible en esa dinámica: la sensación de estar permanentemente interpretados. No es vigilancia en el sentido clásico, sino una lectura constante de hábitos y preferencias. Y aunque esa lectura facilita decisiones, también reduce el margen del azar, que siempre fue parte del consumo y también del gusto.

Quizá por eso vale la pena preguntarse cuánto elegimos realmente. No para rechazar la tecnología, sino para recuperar cierta conciencia sobre lo que deseamos. Porque en tiempos donde todo parece anticipado, elegir también implica resistir.

El Comercio adquirió sin receta requerida por ley dos ampollas de 0,5 miligramos de fentanilo en farmacias de la capital. Entidades especializadas advierten que dos miligramos pueden ser suficientes para matar a una persona. Este potente opioide sintético, comercializado con fines farmacéuticos, también es elaborado en laboratorios clandestinos, donde lo suelen mezclar con otras drogas.
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