Una de las principales fortalezas de los peruanos es su espíritu emprendedor y su capacidad para generar ideas innovadoras. Sin embargo, convertir esas ideas en mejoras concretas que permitan hacer crecer un negocio, aumentar los ingresos o elevar la productividad todavía representa un desafío.
Esta brecha entre la disposición para innovar y su puesta en práctica es uno de los principales hallazgos del primer Índice de Innovación Ciudadana (IIC), elaborado por Ipsos Perú por encargo de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).
Tras encuestar a 1.000 personas, el estudio encontró que 45% se ubica en el nivel de innovadores emergentes, mientras que solo 18% alcanza el nivel de innovadores consolidados, caracterizados por integrar en mayor medida el aprendizaje, el uso de herramientas, la participación y la creatividad aplicada.
El perfil de quienes logran avanzar hacia una innovación más consolidada también presenta algunas características comunes. Según el informe, se trata principalmente de personas de entre 26 y 45 años, con educación superior, empleo formal, emprendimiento o negocio propio y mejores condiciones socioeconómicas.
Estas diferencias se reflejan en las cinco dimensiones que componen el índice. La mentalidad innovadora obtiene el mayor puntaje, con 87,5 puntos sobre 100, mientras que la adopción tecnológica y la creatividad aplicada registran los menores resultados, con 46,7 y 55 puntos, respectivamente.
De la idea a la acción
La brecha se hace más evidente al observar que, aunque existe una alta disposición para innovar, menos de la mitad (49%) actúa con frecuencia o casi siempre para llevar sus ideas a cabo.
En ese sentido, Patricia Rojas, directora de Asuntos Públicos de Ipsos Perú, explica que el 88% de entrevistados considera importante aprender cosas nuevas, 83% reconoce que el fracaso es parte del aprendizaje y 79% siente que puede mejorar las cosas en su trabajo o comunidad. El problema aparece cuando esas ideas necesitan recursos, tiempo o apoyo para avanzar.
“La falta de dinero o recursos económicos limita mucho o bastante al 44% de los entrevistados, mientras que 38% considera difícil o muy difícil convertir una buena idea en un proyecto con apoyo de una empresa, universidad o entidad pública. Vemos que existe disposición, pero todavía faltan condiciones para convertirla en acción sostenida”, señala Rojas.
A ello se suman las capacidades necesarias para consolidar un perfil innovador. Un 83% afirma que aplicó lo aprendido en su vida o trabajo, 80% aprendió algo por iniciativa propia y otro 80% exploró temas fuera de su área principal. Sin embargo, solo 56% participa en proyectos colaborativos, una de las prácticas con mayor espacio para desarrollarse.
Para Jorge Bossio, director de Innovación Educativa e Internacionalidad de UPC-Laureate Perú, una de las principales diferencias entre los innovadores emergentes y consolidados está precisamente en su capacidad para construir redes y relaciones de confianza.
“Junto con el capital social, también resulta fundamental desarrollar el capital emocional: la confianza, la resiliencia y la capacidad de manejar la incertidumbre, el error y la crítica”, sostiene.
Desde otra perspectiva, Paloma Aramburú, directora ejecutiva de Endeavor Perú, considera que esta dificultad también se refleja en el ecosistema emprendedor. A su juicio, el problema no es necesariamente la falta de capital, sino la escasez de emprendimientos con el nivel de ambición, equipo y modelo de negocio necesario para resultar atractivos para los inversionistas.
“Nos falta una cultura que celebre pensar en grande, tomar riesgos calculados y construir para escalar regionalmente desde el día uno”, afirma.
Tecnología con propósito
El estudio muestra que las herramientas digitales ya forman parte de la vida cotidiana. El uso frecuente de billeteras digitales llega al 73%, el de banca móvil al 51%, mientras que ChatGPT alcanza 37% y Gemini 26%.
Sin embargo, su uso todavía está más asociado con la comunicación personal y el entretenimiento. El 63% y 52%, respectivamente, señala que dedica bastante tiempo a estas actividades o que están entre aquellas a las que más tiempo dedica. En cambio, el porcentaje baja a 39% en trabajo o actividad económica, y a 35% en aprendizaje y desarrollo personal [ver infografía].
“Convertir esa adopción tecnológica en productividad requiere pasar del acceso al uso con propósito”, explica Rojas.
Esto implica utilizar las herramientas digitales y la inteligencia artificial para investigación, aprendizaje, análisis de información, mejora de procesos, emprendimiento y resolución de problemas.
Aramburú coincide en que la tecnología ya no constituye por sí sola una ventaja competitiva. Las empresas deben integrarla a sus operaciones y propuesta de valor. “La brecha ya no es tecnológica, es de capacidades organizacionales y de talento”, sostiene.
Cerrar estas brechas representa una oportunidad para elevar la productividad del país. El reto no consiste únicamente en lograr que más personas tengan ideas o estén dispuestas a innovar, sino en generar las condiciones para convertirlas en mejoras, proyectos y negocios capaces de generar valor.
El costo de no hacerlo, advierte Bossio, está relacionado con el crecimiento sostenible: “Se mantiene la preponderancia de actividades de bajo valor agregado, se reduce la competitividad y se limita la diversificación económica”. A ello se suman la informalidad, la fuga de talento y la pérdida de conocimiento y experiencia.














