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Keir Starmer y Donald Trump, jefes de gobierno de Reino Unido y Estados Unidos, respectivamente, vienen sosteniendo un cruce de posturas sobre el uso de las bases militares británicas en el conflicto que Washington mantiene con Irán.
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Dentro de la citada isla se encuentra una base conjunta británico-estadounidense. Esta es considerada un centro de operaciones de gran importancia debido a su ubicación en el centro del Índico, habiendo sido usada por Estados Unidos para enviar aviones durante sus operaciones militares en Irak y Afganistán.
A pesar de la soberanía del Reino Unido sobre la isla, Mauricio ha sostenido por años que se le obligó de forma unilateral a ceder dicho territorio para lograr la independencia.
La postura del gobierno británico era que la devolución del archipiélago era “la única manera de garantizar el futuro a largo plazo de la base militar”. Para mantener el control del atolón de Diego García, Reino Unido llegó a un acuerdo con Mauricio para arrendarlo por 99 años con un costo aproximado de 101 millones de libras al año.

El primer ministro británico Keir Starmer y el presidente estadounidense Donald Trump (derecha) posan durante la foto de familia en la Cumbre de Paz de Gaza en Sharm El-Sheikh, Egipto, el 13 de octubre de 2025. Foto: EFE/EPA/YOAN VALAT
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El actual gobierno estadounidense originalmente apoyó el plan de sus aliados británicos y Trump indicó en el 2025 que el “alquiler potente” era una “buena solución”. El secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, por su parte, señaló en aquel entonces que el mandatario de su país mostraba su respaldo a un “logro monumental”.
No obstante, la opinión de Donald Trump dio un giro en enero de este año al calificar la cesión del archipiélago de “debilidad total” y “estupidez”. El jefe de estado de EE.UU. añadió que esa pérdida de un activo estratégico justificaba su necesidad de hacerse con el control de Groenlandia para garantizar su seguridad.
Keir Starmer, por su parte, sostuvo que ese cambio de parecer era una medida de presión hacia su país para que redujera su apoyo a Dinamarca y Groenlandia.
La situación parecía haberse calmado a inicios de febrero, cuando Trump y el gobierno británico señalaron haber llegado a un entendimiento sobre la “importancia del acuerdo” de Chagos. Pese a ello, el mandatario norteamericano volvió a cambiar de parecer a mediados de dicho mes calificando la devolución del archipiélago como un gran error.
“Esta tierra no debe serle arrebatada al Reino Unido y, si se permite, será una plaga para nuestro gran aliado”, indicó Trump el 18 de febrero.
El Ministerio de Defensa británico informó que este lunes 2 se reportaron explosiones en su base de Akrotiri, en Chipre. El gobierno chipriota lo confirmó y señaló que se trató de ataques que involucraron el uso de aeronaves no tripuladas iraníes del modelo Shahed.

El presidente de Irán, Masoud Pezeshkian (der.), y el comandante de la Fuerza Aeroespacial del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, Amir Ali Hajizadeh, observan un dron Shahed el 21 de septiembre de 2024. (Foto: ATTA KENARE / AFP).
/ ATTA KENARE
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El alcance fue limitado y se remitió a un único dron, habiendo sido derribados otros dos antes de llegar a su objetivo, según reportaron las autoridades británicas.
Downing Street ha querido dejar en claro que “no está en guerra”, pero que mira con atención la situación de los cerca de 300.000 ciudadanos británicos que se encuentran en países alrededor del Golfo Pérsico y que trabaja “en todas las opciones” para ayudarlos a volver a su país en caso de que se requiera.
Londres señala que la decisión de permitir sus medios logísticos para los ataques contra Irán se produjo después de que Irán empleara armas contra objetivos que ponían en riesgo sus intereses y a su ciudadanía.
En medio de ese escenario han surgido interrogantes sobre una posible mayor implicación del Reino Unido en el conflicto y parte de esa preocupación incluso ha surgido al interior del Partido Laborista, que tiene a Starmer como cabeza.
“Nos están arrastrando, igual que en Irak, siguiendo a Estados Unidos hacia una situación increíblemente peligrosa”, dijo a AP John McDonnell, parlamentario de la agrupación de gobierno.
En opinión de Enrique Banús, analista internacional y docente de la Universidad de Piura, más allá del temor británico a un mayor involucramiento en los conflictos de Medio Oriente, el condicionante más fuerte que hay de cara a ello no viene del exterior, sino de la política interna.
“Creo que eso tiene un elemento de política interior. Starmer lidera un gobierno en caída, cuyo grado de aceptación ha bajado muchísimo. A pesar de haber llegado con una estimación alta no ha cumplido sus promesas y está en un momento bajo. Obviamente en muchos países hay una resistencia fuerte frente a esta acción y esto lo puede hacer perder electorado, así como también influencia dentro de su propio partido”, indica Banús.
Para su colega, el internacionalista Carlos Novoa, la percepción de cualquier riesgo en torno a una guerra alrededor del Golfo Pérsico supone un recuerdo traumático, no solo por las pérdidas de vidas militares en las guerras de inicios del siglo XX, sino también por los atentados sufridos en suelo europeo.
“El propio Starmer dijo que había aprendido la elección de Irak. Hay que recordar que los principales países que apoyaron a Estados Unidos después de los atentados del 11 de setiembre cuando iniciaron las guerras contra Afganistán e Irak fueron España y Reino Unido. Justamente después de algunos años ellos sufrieron los atentados de Atocha en Madrid y contra el metro de Londres”, comenta Novoa.

Atentado en Londres el 7 de julio del 2005. (Foto: Getty Images)
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El pequeño ataque registrado en la base de Chipre involucró el despliegue de aeronaves y un operativo de seguridad al que el Reino Unido no estaba habituado en los últimos años, pero para los especialistas la posibilidad de una instrumentalización de estos hechos por parte de Washington es un escenario más incierto.
“Evidentemente estos desencuentros serán usados como una herramienta de presión política. Trump es una persona que guarda muchas cosas cuando no le hacen caso y en este caso él se ha sentido desairado en un primer momento por el primer ministro británico y puede utilizar esto cuando Reino Unido necesite algo de Estados Unidos”, comenta Carlos Novoa.
Por su parte, Enrique Banús es más escéptico en torno al provecho que podría sacar Trump de la lentitud británica ante sus demandas.
“Trump indudablemente va a hacerse el ofendido y va a recordarlo hasta que cambie de opinión. A lo mejor visita a Starmer y después saldrá diciendo que es el mejor amigo que tiene en el mundo”, menciona el experto de la Udep.
Banús sostiene que la dependencia en Reino Unido con respecto a Estados Unidos no es tan grande como para preocuparse por represalias de Trump con respecto a las bases. “No sé si eso va a tener mucho recorrido en el futuro”, añade.
Por ahora la posición británica sigue siendo de intervención mínima, más allá del respaldo que dieron junto a Francia y Alemania a la actividad militar de Estados Unidos e Israel contra Irán.
Bajo la perspectiva de Carlos Novoa, la postura de Londres no cambiará a menos que suceda algo demasiado inesperado, pero las mismas represalias que ya está tomando Irán en este momento hacen que Starmer tenga muy pocos incentivos para cualquier intento de profundizar su apoyo a Washington.
“Reino Unido tratará a toda costa de mantenerse al margen porque tiene una agenda propia y está siendo obligado a contribuir de una forma más activa”, comenta Carlos Novoa.
Banús agrega que incluso si quisiera pasar desapercibido, el gobierno británico ya ha actuado con la cesión de sus bases para los operativos estadounidenses; sin embargo, considera poco probable que Donald Trump solicite ayuda adicional a eso. El hecho de que la colaboración directa con Israel sea bastante fluida hace que Washington no considere práctico obligar a más aliados a sumarse a su incursión en Oriente Medio.
“No sé si la petición de Trump va a ir más allá de eso porque tiene un superaliado que es Israel. Ambas son potencias con una capacidad militar importante y tienen una colaboración que funciona absolutamente a las mil maravillas, entonces no vislumbro que vayan a pedir más ayuda”, apunta Banús.
El historial de la relación entre Donald Trump y Keir Starmer es frondoso debido a que antes de sus diferencias con relación a la gestión del atolón Diego García y la guerra con Irán ya habían tenido idas y venidas.
Ambos se habían reunido en setiembre del 2024 en medio de la campaña presidencial estadounidense y Trump dijo sobre Starmer que era alguien “muy agradable” y “popular”, mientras que el líder británico sostuvo que “habían establecido una buena relación”.
Sin embargo, un mes después el líder republicano acusó al Partido Laborista británico de “interferencia extranjera flagrante” en los comicios.
El actual jefe de gobierno en Washington sostenía que los laboristas del Reino Unido apoyaban de forma evidente a Kamala Harris, por entonces rival de Trump, a través de voluntarios y asesores, apuntando que eso podía considerarse dentro del espectro de las “contribuciones” ilícitas. Starmer buscó poner paños fríos a la situación y señaló que su agrupación política llevaba enviando voluntarios durante mucho tiempo a las elecciones de EE. UU.
La relación volvió a mostrarse cordial luego de la toma de mando de Trump, pues los líderes de Estados Unidos y Reino Unido se reunieron en el Despacho Oval de Washington y firmaron el Acuerdo de Prosperidad Económica.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump y el primer ministro británico, Keir Starmer, escuchan a una banda de gaitas a su llegada al campo de golf Trump International Golf Links en Aberdeen, Escocia, Reino Unido. Foto: EFE/EPA/Chris Ratcliffe / POOL
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Pese a ello, Starmer y Trump volvieron a distanciarse a lo largo del último año a causa de los aranceles impuestos por Washington a sus aliados, la posición británica de apoyo al reconocimiento de Palestina y la defensa discursiva de Londres a la soberanía de Groenlandia.
Durante su segundo gobierno, los intercambios tensos de Trump con los aliados tradicionales de Estados Unidos no solo se han remitido al Reino Unido.
El presidente francés, Emmanuel Macron ha sido blanco de varios de los dardos de Trump, siendo uno de los últimos incidentes de este tipo el que tuvo lugar en enero del presente año cuando el mandatario norteamericano mostró capturas de mensajes privados que había mantenido con su homónimo francés.
“Mi amigo, estamos totalmente en línea sobre Siria, pero no entiendo qué estás haciendo con Groenlandia. Intentemos construir cosas grandes”, señalaba uno de los textos de Macron publicados por Trump en su red social, Truth Social.
El jefe de gobierno de EE. UU. argumentó que Macron lo “alababa” en privado y en público lo criticaba, haciendo referencia a sus diferencias con respecto a la ambición de Washington por hacerse con el control de Groenlandia, isla ártica sobre la que Dinamarca tiene soberanía.














