La economía está presente en casi todo lo que nos rodea. Esto se debe a que la mayoría de nuestras decisiones cotidianas tienen que ver con administrar la escasez, sea de tiempo, de dinero o de otros recursos. Por eso, la economía va mucho más allá de porcentajes, gráficos y discusiones interminables entre especialistas y políticos.
Desde mi perspectiva, la economía es una forma de ver el mundo con unos lentes particulares. No la única forma: una forma. Sin embargo, estos son lentes poderosos: la economía, guste o no, influye en nuestras oportunidades, en cómo se organiza la sociedad y en las decisiones que afectan nuestro bienestar. Y, si nos afecta tanto, todos deberíamos estar en capacidad de entenderla mejor.
Pero los economistas no somos precisamente buenos en hacernos entender. Este es un problema porque, así como la economía nos afecta a todos, también todos afectamos su funcionamiento. Por ello, comunicar no solo es quedar bien: es una responsabilidad. Si no logramos este propósito dejamos espacio para las medias verdades, el populismo y la polarización. Todos esos elementos nos hicieron ya suficiente daño.
No es cuestión de decirles a las personas cómo deben pensar, sino de abrir el espacio para más análisis, para más preguntas y para exigir mejores respuestas. En un mundo saturado de información —y desinformación— el pensamiento crítico es una herramienta indispensable. Y los datos muestran con crudeza que esa no es nuestra fortaleza.
Parte de este problema se expresa en los falsos antagonismos que dominan hoy la conversación pública, y que la dominarán más en el período electoral. Juventud contra experiencia, como si no fuéramos todos consecuencia del pasado, con sus errores, horrores y aciertos. Más o menos Estado, cuando lo que realmente importa es un mejor Estado, con calidad, capacidad y resultados. Estado contra mercado, como si no dependieran tan íntimamente uno del otro para funcionar adecuadamente.
Sobresimplificar no solo empobrece el debate: nos impide llegar a consensos necesarios. Olvidamos, muchas veces, que el “Estado” o las instituciones que reclamamos no están compuestos por extraterrestres, sino por ciudadanos como nosotros y que, por tal, todos tenemos un rol clave en su funcionamiento.
En un contexto cada vez más polarizado, donde se desconfía incluso del conocimiento técnico y se venden respuestas en blanco y negro, recordar que en economía casi todo “depende” es un acto de resistencia cívica. Ir contra esa simplificación también es una forma de construir país.
De eso -y un poco más- va “Economía que no da cringe”, un libro que saldrá el próximo mes y en el que he buscado acercar estos lentes económicos, en particular, a los más jóvenes, quienes tomarán la posta y de quienes más depende nuestro futuro. Es un llamado a mirar constantemente al Perú desde la economía y, quizás, también a la economía desde el Perú. Porque tengo el convencimiento de que cambiar este país es posible, pero que eso pasa necesariamente por entendernos mejor.




