En la última década, la crisis venezolana marcó la agenda migratoria y de las relaciones exteriores del Perú y otros países de la región. La captura de Nicolás Maduro abrió un escenario de alta incertidumbre: incluso con una transición política creíble, la recuperación de la producción petrolera —y, con ella, de la economía venezolana— enfrenta serias limitaciones estructurales, por lo que esta podría tomar varios años.
Colapso y éxodo
Entre 2013 y 2024, el PBI de Venezuela se contrajo cerca de 70%, en un contexto de deuda pública insostenible y un prolongado episodio de hiperinflación. Según datos del FMI, alcanzó un máximo en 2018 con una inflación de 65.374%, casi nueve veces el pico que alcanzó el Perú en 1990. En 2025, la inflación promedio en Venezuela habría sido 270%, la más alta del mundo. El impacto social ha sido severo: la pobreza por ingresos aumentó de 34% de la población en 2013, cuando Maduro asumió la presidencia, a 73% en 2024, eliminando los avances logrados durante el periodo de altos precios del petróleo (2004-2014).
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El colapso económico y social detonó la mayor crisis migratoria de la historia reciente de América Latina. En la última década, más de ocho millones de venezolanos salieron del país, reconfigurando los flujos migratorios en la región. El Perú se consolidó como uno de los principales destinos – solo detrás de Colombia – al recibir alrededor de 1,7 millones de migrantes venezolanos, equivalentes al 4,9% de su población. Según el BCR, este fenómeno convirtió al Perú en receptor neto de migrantes entre 2014 y 2019, por primera vez desde al menos 1950.

Sector petrolero en declive
El petróleo es clave para entender la situación económica de Venezuela. Aunque el país indica poseer las mayores reservas probadas de crudo a nivel mundial, con 303 mil millones de barriles, este sector se mantiene en declive. Según la OPEP, la extracción de crudo cayó de 3,7 millones de barriles diarios en 1970 a menos de 1 millón de barriles diarios en 2024. Esta contracción se explica por el deterioro institucional y deficiencias en la gestión, que limitaron la inversión y capacidad operativa del sector, lo cual empeoró con las sanciones de Estados Unidos.
Como resultado, Venezuela representa actualmente menos del 1% de la producción mundial de petróleo, según el Energy Institute. En el contexto global, el mercado petrolero registra un exceso de oferta, impulsado por el aumento de la producción en países como Brasil y Guyana. De acuerdo con proyecciones de finales de 2025 del Banco Mundial, ya se esperaba una sobreoferta de 3,3 millones de barriles diarios hacia el último trimestre de 2026. Por ello, el precio del petróleo, que hoy se encuentra en torno a los US$60 por barril, mantendrá presiones a la baja.

Perspectiva incierta
La empresa petrolera estatal de Venezuela (PDVSA) enfrenta una severa pérdida de personal calificado y una gobernanza débil, lo que dificulta su rol como socio para empresas internacionales. Por ello, la reactivación del sector petrolero será limitada en el corto y mediano plazo.
Asimismo, el costo de actualización de la infraestructura de PDVSA rondaría –según estimaciones de la propia empresa de 2021– los US$60 mil millones, casi 10 veces el costo de la modernización de la Refinería de Talara. A ello se suma que la mayoría de sus reservas se compone de crudo extrapesado proveniente de la Faja del Orinoco, cuya extracción es más compleja y costosa. Según Wood Mackenzie, para explotar estos yacimientos el precio internacional del crudo tiene que ser mayor a US$80 por barril, una situación altamente improbable bajo el contexto actual. En su escenario más optimista, Oxford Economics proyecta una producción de alrededor de 2 millones de barriles diarios hacia 2028, 35% menos que el pico de 1998, antes de que Chávez tome el poder.
Dado que la recuperación de la extracción petrolera venezolana es poco factible en el corto plazo, una transición política verdadera y reformas económicas que permitan la reactivación de otros sectores del país, resultarán esenciales. De cara a las próximas elecciones, Venezuela es un recordatorio para el Perú de lo que ocurre cuando políticas económicas populistas ahuyentan la inversión privada y destruyen la capacidad productiva, generando un profundo deterioro social que afecta a los más vulnerables.














