Hace poco más de 170 años, el guano de las costas peruanas fue uno de los combustibles de la primera revolución industrial. Fertilizó los campos ingleses, liberó mano de obra campesina hacia las fábricas urbanas y aceleró una transformación que reconfiguró el mundo. Financió infraestructura, modernizó el país y generó uno de los mayores booms económicos de su historia. Hoy, casi dos siglos después, el Perú vuelve a estar sentado sobre el motor de una nueva revolución industrial. Esta vez no es guano: es el cobre.
Según el informe “Copper in the Age of AI: Challenges of Electrification” de S&P Global Energy & Market Intelligence, la demanda mundial de cobre pasará de 28 millones de toneladas en 2025 a cerca de 42 millones en 2040, impulsada principalmente por la inteligencia artificial, los centros de datos y la transición energética. La construcción de un solo centro de datos a hiperescala puede requerir una cantidad de cobre similar a la producción anual de una mina de tamaño medio. El Perú produce hoy 2,77 millones de toneladas al año, siendo el tercer productor mundial. Es, literalmente, el país que el mundo necesita para construir su futuro digital.
La oportunidad es concreta. Perú cuenta con una cartera de proyectos mineros por US$54 mil millones, de los cuales US$40 mil millones son cupríferos. El Banco Central de Reserva del Perú estima que, si estos proyectos avanzan, el impacto alcanzaría cerca del 6,5% del PBI a lo largo de la vida de las minas, con efectos multiplicadores en empleo, exportaciones e ingresos fiscales. Solo en 2026 se esperan inversiones por US$7 mil millones en ocho grandes proyectos, la cifra más alta en una década. El interés internacional y el capital están ahí.
Sin embargo, hay una señal que no podemos ignorar: el Perú ha caído en el Índice Fraser, el termómetro global de competitividad minera, del percentil 83 en 2018 al percentil 51 en 2024. Eso significa que hoy el Perú es menos atractivo que hace seis años, precisamente cuando los precios del cobre están en máximos históricos. Algo no está funcionando como debería.
El diagnóstico no es nuevo. Los proyectos mineros en el Perú enfrentan procesos que se cuentan en décadas. Quellaveco esperó más de ochenta años para entrar en operación. Más de la mitad de los proyectos de la cartera están paralizados. Chile acaba de aprobar una ley que impone plazos concretos a las aprobaciones del Estado y sanciones por demoras injustificadas. Es momento de reconocer que otros países están acelerando mientras el Perú sigue al mismo ritmo.
Singapur no tenía recursos naturales. Apostó por claridad institucional y coherencia de largo plazo, y pasó de ser un territorio marginal a uno de los centros financieros más importantes del mundo en una sola generación. No se necesita replicar ese milagro. Pero sí recordar su lógica esencial: las condiciones importan tanto como los recursos.
El guano dejó de ser relevante con los fertilizantes sintéticos. El auge del cobre también terminará. Hoy hay demanda, proyectos definidos y capital dispuesto a invertir en Perú; solo falta que sector privado, comunidades y Estado actúen con urgencia.
Como hace 170 años, una revolución industrial toca nuestra puerta. La diferencia es que esta vez sabemos exactamente lo que está en juego. Eso no nos da excusas, nos da responsabilidad.




