Esta es la historia de una exposición, pero también de un rescate. El 13 de enero del 2000, don Arturo Jiménez Borja, médico, arqueólogo, escritor, pintor, museólogo y etnólogo tacneño, fue asesinado en su casa de San Miguel. Tenía 91 años y las circunstancias aún no han sido esclarecidas del todo. Su trágico final marca los avatares de su increíble colección de arte popular.
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En marzo del 2000, todas esos desordenados embalajes, que contenían tanto la colección como el archivo personal de Jiménez Borja, llegaron al Instituto Riva Agüero. Luis Repetto se encargó de que cada pieza fuera registrada como bien nacional para su protección legal. Pero pronto el equipo se dio cuenta de que no solo estaban frente a piezas de arte popular. Había documentos de toda una vida que, en su momento, se ordenaron preliminarmente y así quedaron durante muchos años. A ello se sumaba un cambalache de objetos de valor etnográfico. La mitad de ellos, originarios de culturas amazónicas. Al inicio, empezaron concienzudamente a inventariar máscara por máscara, desinfectándolas, eliminando el daño de polilla y ratones amparados por la humedad del depósito original.
Tuvieron que aprender a moverse en ese desorden. El corpus de la colección más investigado ha sido el de las máscaras, que motivó las primeras muestras en el Instituto Riva Agüero en el 2003, con la curaduría de Repetto. Sin embargo, junto con ellas, se encontraron otras maravillas: telas pintadas kené, arte plumario, cerámica. En una caja, hallaron una espléndida máscara del ángel de la diablada puneña. Y meses después, al abrir otra, apareció su majestuoso traje. Y en la siguiente temporada, aparecía la descripción manuscrita del propio coleccionista, que da cuenta de su entrevista con el mascarero y el bailarín de la fiesta. Poco a poco, iban armando la totalidad del fenómeno cultural. “Si bien no son textos académicos, tiene escritos relacionados a su colección, donde te va contando cómo consiguió las piezas, para qué servían, como lo haría un antropólogo”, explica Mendoza, para quien al inicio era imposible dimensionar cómo sería el trabajo. Han pasado 26 años de trabajo con la colección y saben que aún tienen para largo.
La muestra “Traspuestas las altas montañas”, abierta recientemente en la Casa O’Higgins, es un nuevo intento por consolidar esta fascinante colección. Con la curaduría de Gabriela Mellado, se busca ofrecer un nuevo enfoque, priorizando el arte de la selva peruana. Como explica la curadora, esta exposición es fruto de un inventario más acucioso, buscando las motivaciones de Jiménez Borja para el coleccionismo y qué lugar ocupaban en ellas las culturas de la región. “Su interés era doble. Tenía que ver tanto con la conservación cultural como su admiración estética por las expresiones plásticas amazónicas”, afirma. Por cierto, advierte, lo presentado no llega a ser ni el 10% de la colección.
Además de vestidos y máscaras, se exhibe inédito material documental.
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La muestra nos propone meternos en la cabeza de un investigador autodidacta. Y aquí radica una cuestión que Mendoza considera sui géneris: aparte de las piezas, la colección documental ordenada según el criterio temático de Jiménez Borja, desde textos de arqueología, tarjetas de invitación o cuestiones domésticas, demuestra algo curioso: su tendencia a documentarse a sí mismo. “Él llevaba un archivo muy acucioso de sus propios eventos personales. Todo lo tenía relativamente ordenado. Desde la estampita de su bautismo en 1908, hasta una colección inconmensurable de información de su desarrollo profesional en varias carreras, desde la medicina hasta la arqueología, pasando por la restauración de monumentos”, añade Mellado.










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