A menos de 11 meses de los comicios, la oferta electoral va mostrándose de a pocos, aunque sin generar gran entusiasmo. Los protagonistas van apareciendo esporádicamente, sea en medios de comunicación o actividades públicas.
El afán por la diferenciación reitera el patrón de viejos esfuerzos, aunque afloran verdades incómodas. Los novedosos buscan distinguirse de los reincidentes, a pesar de que han tenido que transar con los dueños del vientre de alquiler que los cobija. Todo sea por un sueño.
¿Qué puede decirse de la demanda? Un dato llamativo en el horizonte tiene que ver con la expectativa que el electorado tiene en torno al rol del Estado. El estudio de Ipsos presentado en el Encuentro SAE de Apoyo Consultoría (29/4/2025) revela que la mayoría de encuestados prefiere a un candidato que promueve las empresas estatales (56%), frente otro que promueve las privadas (35%).
Parecen no importar referentes no tan lejanos en el tiempo: la situación que enfrenta aquel barril sin fondo que es Petro-Perú o, para mencionar un caso que se hace reiterativo, los desarreglos públicos que últimamente protagoniza Córpac.
Pero lo que más llama la atención son las respuestas sobre el énfasis que debe poner el candidato a la intervención del Estado en la economía, sobre todo si se considera que el país tiene algo más de treinta años con una Constitución y un modelo que privilegia el rol del privado, responsables ambos de incuestionables mejoras materiales y de acceso a servicios.
Las preferencias son parejas. Un 48% dice preferir “un candidato que promueva una mayor intervención del Estado en la economía, incluyendo control de precios”, frente a un 45% que busca uno que “promueva la economía de mercado y la competencia”.
Otro factor importante es la inclinación por una persona que proyecte la imagen de mano dura. Entre febrero del 2023 –cuando la convulsión social iniciada en diciembre del 2022 todavía no concluía– y abril del 2025, dicha expectativa casi se hubo duplicado, pasando del 24% al 46%. (En el mismo lapso, la inclinación por elegir a “un líder que promueva la economía de mercado y el desarrollo económico” se ha reducido en cinco puntos porcentuales, de 25% a 20%).
Esta expectativa por un rol preeminente del Estado en lo económico y la aplicación de medidas de mano dura en seguridad ciudadana podría sugerir que, quien sea elegido en el 2026, replicará algunos patrones que ya se han visto. Al final de cuentas, estatismo y autoritarismo han sido constantes en los 200 años que lleva el Perú republicano.
El modelo, pues, no está a salvo. Junto con la mano dura puede reverdecer un estatismo que, para muchos, resulta cosa del pasado. Como escribiera Augusto Monterroso, “cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.













