Los resultados de la primera vuelta evocan los de la elección del 2021, con un resultado muy ajustado entre Pedro Castillo y Keiko Fujimori, con una diferencia de algo más de 44.000 votos. Pero en abril pasado, Keiko Fujimori obtuvo alrededor de un 30% más de votos emitidos que en el 2021, mientras que Sánchez obtuvo aproximadamente un 26% menos de votos que Castillo. Hace cinco años, las encuestas de mayo daban a Castillo una clara ventaja frente a Fujimori, de más de seis puntos según el IEP y de casi cinco según Ipsos; mientras que ahora inician la segunda vuelta empatados, según las mismas encuestadoras (aunque ahora con un porcentaje mayor de indecisos).
Como era previsible, pareciera que los votantes de López Aliaga y Álvarez se inclinan en su mayoría por Fujimori; y que los de López Chau y Belmont lo hacen por Sánchez, mientras que los de Nieto se parten por la mitad, según el análisis que realiza la última encuesta del IEP, de finales de abril. El gran campo de disputa es por los indecisos: los porcentajes más altos de indefinición están entre las mujeres, los jóvenes, los más pobres y el votante identificado con posiciones de centro. En los dos primeros la delantera la lleva hasta el momento Keiko Fujimori; entre los dos últimos, Sánchez.
En el 2001 y 2006, las segundas vueltas favorecieron a los candidatos más capaces de atraer a los votantes de centro, Toledo frente a García, y García frente a Humala. En el 2011, Humala se desplazó hacia el centro para ganar, y explotó el voto anti-Keiko. En el 2016, Kuczynski y Keiko Fujimori compartían un mismo espacio político, pero el primero pudo congregar el voto anti-Keiko. Del otro lado, Fujimori intentó explotar el miedo al “chavismo” en el 2011 y posturas críticas contra la élite empresarial en el 2016, y perdió en ambas ocasiones, aunque con diferencias estrechas, en el 2016 en particular. En el 2021, era claro que Castillo tenía que mostrar capacidad de armar un gobierno viable para poder ganar, por lo que recurrió a técnicos y profesionales independientes para cubrir ese flanco; mientras que Keiko Fujimori redobló la apuesta por denunciar los peligros del “comunismo” y volvió a perder, aunque también por una diferencia pequeña.
El dilema de Keiko Fujimori es que necesita conquistar votos en el centro para ganar, pero su voto negativo es muy fuerte en ese ámbito. La lección que pareciera haber sacado de sus derrotas anteriores no es necesariamente que debe cambiar de estrategia, sino que debe cuidar mejor sus votos: reducir el ausentismo en Lima y las ciudades principales, los votos del extranjero y los votos de militares y policías. En esta ocasión, la intemperancia de López Aliaga la ha empujado a asumir posiciones más moderadas, que podrían ayudarle un poco a despejar los miedos del votante de centro. También la ayuda la precariedad que proyecta la candidatura de Sánchez.
Del lado de este, el gran dilema es si está dispuesto a hacer los ajustes necesarios para intentar ganar la elección y poder gobernar: ampliar la convocatoria, establecer alianzas, convocar a técnicos independientes, camino muy diferente al que siguió para construir su candidatura, basado en perfilar un proyecto más radical, o si optará por una campaña más identitaria, y confiará más en los errores del adversario.
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