Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

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Cada 3 de marzo, el mundo celebra el Día Mundial de la Vida Silvestre, una jornada que invita a admirar la riqueza y diversidad de la fauna y la flora, pero también a reflexionar sobre las amenazas que enfrentan debido a la actividad humana. Esta fecha reconoce los beneficios ambientales, sociales y económicos que la naturaleza nos brinda y llama a frenar los delitos ambientales, la pérdida de hábitats y la reducción de especies, recordándonos que proteger la vida silvestre es proteger nuestra propia supervivencia.
En 2026, la atención se centra en las plantas medicinales y aromáticas, esenciales para la salud humana, la identidad cultural y la economía de comunidades locales. Estas especies sostienen industrias como la alimentaria, cosmética e incluso productos de lujo, además de proporcionar recursos genéticos y culturales valiosos para la agricultura y la medicina. Se estima que entre 50 000 y 70 000 especies se cosechan en todo el mundo y que más del 20 % de las utilizadas con fines medicinales o aromáticos están amenazadas, según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), lo que convierte su conservación en una prioridad global.
América Latina muestra que conservar no significa frenar el desarrollo, sino combinar ciencia, manejo sostenible y participación comunitaria para que economía y biodiversidad avancen juntas. En el centro de este esfuerzo están las comunidades indígenas y locales, cuyo conocimiento ancestral ha permitido identificar y aprovechar estas plantas durante generaciones.
En Mongabay Latam compartimos tres casos en Colombia, México y Perú que muestran cómo la ciencia, la tradición y la acción local se combinan para proteger plantas medicinales y aromáticas mientras fortalecen la economía y los ecosistemas de cada región.
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O’KO PAK’O —“Madre de medicina”— es un jardín comunitario de plantas medicinales de la Amazonía colombiana. Foto: cortesía Luis Fernando Jaramillo
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Durante la pandemia de Covid-19, la comunidad de Ceima Cachivera, en el departamento del Vaupés, quedó más aislada que nunca. En plena Amazonía colombiana, a dos horas a pie de Mitú, la vulnerabilidad se volvió cotidiana: largas caminatas para conseguir un medicamento, poco dinero para pagarlo y, aun así, la incertidumbre de no hallarlo. En ese momento crítico, las sabedoras dirigieron la mirada hacia adentro: la selva y la memoria ancestral que cada una resguarda.
“Quedamos indefensos, pero nos dimos cuenta de que tenemos medicina de nuestros ancestros”, recuerda María Lourdes Uribe Salgado, sabedora y presidenta de la Asociación de Autoridades Tradicionales Indígenas Aledañas a Mitú (AATIAM). De esa revelación nació O’KO PAK’O —“Madre de medicina”—, un jardín concebido hace cuatro años para que las plantas medicinales volvieran a estar al alcance de todos.

El jardín fue fundado por sabedoras de los pueblos cubeo, desano, piratapuyo, tukano y yurutí. Foto: cortesía Luis Fernando Jaramillo
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Hoy, ocho mujeres y tres hombres cultivan 42 especies de plantas medicinales: remedios para el parto, para la mordedura de serpiente, para picaduras de insectos, para dolencias físicas y espirituales. El jardín es farmacia y escuela a la vez. O’KO PAK’O se ha convertido en un aula viva donde niñas, niños y jóvenes aprenden los nombres, los usos y las historias de cada planta, asegurando que la medicina de la selva siga echando raíces en el futuro.
“Nosotras, las mujeres abuelas, conversamos y trajimos las medicinas que conocemos y que seguimos sembrando”, cuenta Uribe Salgado. Ceima Cachivera, fundada en 1978, está habitada mayoritariamente por pueblos cubeo, desano, piratapuyo, tukano y yurutí.

El jardín O’KO PAK’O nació hace cuatro años para poner las plantas medicinales al alcance de la comunidad. Foto: cortesía Luis Fernando Jaramillo
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Entre las plantas más valoradas del jardín está el Bûûrö, también conocida como planta puño (Gloxinia sp.), a la que las sabedoras atribuyen una poderosa capacidad de limpieza interna. Se utiliza para tratar úlceras, dolor de estómago, envenenamientos y diarreas provocadas por alimentos, dentro de un tratamiento riguroso que exige disciplina en las tomas, varias veces al día, como ocurre con los medicamentos occidentales.
Como afirma la sabedora: “Ese Bûûrö limpia todas las enfermedades dentro de la barriga”. Esta planta puño se distingue por su bulbo ligeramente áspero y delicado —la parte que se utiliza en la medicina tradicional—, mientras que sus pequeñas hojas azul verdoso, al crecer, se coronan con flores que combinan matices blancos y morados.

Entre las plantas más valoradas del jardín está el Bûûrö, también conocida como planta puño (Gloxinia sp.). Foto: cortesía Luis Fernando Jaramillo
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En O’KO PAK’O, las plantas puño crecen ordenadas en hileras. Su cuidado es minucioso: en verano hay que deshierbar, abonar y regar con suficiente agua para que el calor no las marchite. “Si uno no cuida, se mueren todas las plantas”, advierte Uribe Salgado.
No son especies silvestres que prosperen solas en el monte: tradicionalmente, las abuelas las sembraban en las chagras, espacios domésticos donde la medicina estaba al alcance de la familia. Si un miembro de la comunidad requiere esta u otra planta medicinal, las sabedoras “facilitamos las plantas con mucho gusto, para que puedan hacer la medicación”, dice Uribe Salgado.
Con el acompañamiento del Instituto SINCHI en Mitú, la iniciativa no solo se fortaleció, sino que dio un paso hacia su consolidación. El instituto respaldó la formalización del Jardín Botánico y apoyó la creación de una pequeña planta de procesamiento de productos del bosque, que ya comienza a generar sus primeros ingresos económicos para la comunidad.

Algunos de los productos derivados de la chacra incluyen galletas de yuca, coca y tapioca. Foto: cortesía Luis Fernando Jaramillo
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“Con la capacitación que hemos tenido, estamos aprendiendo a innovar; esta planta funciona como un laboratorio pequeño donde procesamos y deshidratamos las plantas aromáticas para venderlas en polvo”, dice Raúl Antonio Jaramillo, secretario de AATIAM. “Por ejemplo, con la planta de coca sacamos una soda gasificada y medicinal con sabor a sus hojas, y con los productos derivados de la chagra, como la yuca, elaboramos galletas de almidón deshidratado, entre otros productos”.
En el caso de la planta puño, siguen investigando de qué otras maneras pueden transformarla para crear productos como jarabes.

En O’KO PAK’O, las plantas puño crecen ordenadas en hileras. Foto: cortesía Luis Fernando Jaramillo
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Además, las sabedoras están preparando la publicación de un compendio con las principales plantas para tratar enfermedades comunes, dentro de un proyecto del Ministerio de Ciencias de Colombia que busca fomentar usos sostenibles y alternativos de la biodiversidad amazónica.
“Es como un libro o cartilla que incluye las 42 plantas y la información que hemos reunido en O’KO PAK’O gracias al aporte de nuestras sabedoras: todas las plantas están bien detalladas con su nombre tradicional, científico y castellano, también se detalla cómo se cuida y cómo se utiliza”, explica Jaramillo. “Nuestra idea es socializar la cartilla con la comunidad y entregársela a la escuela para que los niños se llenen de información, para que así despierte su interés y la identidad cultural, ya que ellos son el futuro de la comunidad para que nuestro conocimiento no se pierda”.
Lee más aquí: Guardias indígenas y ciencia dan esperanza a la conservación de los bosques en Ecuador | Coyuntura ambiental

El equipo de O’KO PAK’O se encuentra investigando de qué otras maneras pueden transformar la planta puño para crear productos como jarabes. Foto: cortesía Luis Fernando Jaramillo
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En el semidesierto de Querétaro, donde el paisaje de la región centro-norte de México se extiende áspero y seco, crece un arbusto de aroma intenso y virtudes sorprendentes: el orégano queretano (Lippia origanoides). En sus hojas pequeñas y tallos jóvenes concentra un aceite esencial particularmente abundante, rico en compuestos naturales que han sido aprovechados durante generaciones en la medicina tradicional. Por ello, dentro del género Lippia, es considerada la planta aromática y medicinal por excelencia en esta región.
A lo largo del tiempo ha sido un recurso habitual para atender padecimientos respiratorios, digestivos y cutáneos. Su potencia se debe a una composición dominada por el carvacrol —presente en más de la mitad de su aceite esencial— junto con timol y p-cimeno, compuestos que le confieren propiedades antibacterianas, antifúngicas, antiinflamatorias, antioxidantes y antiparasitarias.

El orégano queretano, un arbusto del semidesierto mexicano, protege ecosistemas y polinizadores, aporta medicina tradicional y a la gastronomía mexicana. Foto: cortesía Jardín Botánico Regional de Cadereyta
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Estas características —además de su uso como especia en la gastronomía mexicana— la han convertido en un producto de alto interés comercial en comunidades como Cadereyta de Montes, donde llegó a llamársele el “oro verde” del Semidesierto Queretano-Hidalguense.
“Las zonas semiáridas son sitios que solemos asociar con familias muy determinadas de plantas suculentas como las cactáceas, pero las plantas como el orégano tienen adaptaciones relevantes para sobrevivir en el ambiente más árido de Querétaro”, describe la bióloga Beatriz Maruri Aguilar, coordinadora de investigación científica del Jardín Botánico Regional de Cadereyta, en Querétaro.
La precipitación del matorral micrófilo queretano es la más baja acumulada al año en todos los ambientes semiáridos, por lo que el tamaño de las hojas del orégano reduce la superficie expuesta al sol para evitar el sobrecalentamiento y la pérdida excesiva de agua. Al mismo tiempo, al estar orientadas en distintos ángulos, captan la luz solar de forma muy eficiente durante buena parte del día, permitiendo que la planta realice la fotosíntesis y sobreviva en un ambiente tan exigente.

El Jardín Botánico Regional de Cadereyta cultiva el orégano queretano en alta densidad. Foto: cortesía Jardín Botánico Regional de Cadereyta
Además de su fama curativa, el orégano queretano es una pieza clave en la estructura de los matorrales del semidesierto: aporta sombra, refugio y alimento a insectos y aves, y ayuda a sostener el equilibrio del matorral xerófilo.
“En el semidesierto puede haber de 600 a 2000 plantas de orégano por hectárea; así aparece en mediciones hechas en Querétaro, Hidalgo, Coahuila y San Luis Potosí”, describe el ingeniero agrónomo Emiliano Sánchez Martínez, director del Jardín Botánico Regional de Cadereyta. “Aquí en Querétaro son estructuralmente importantes por la biomasa que tienen, que se calcula entre 300 y 1500 kilos por hectárea. Esta posibilidad se traduce en el fenómeno reproductivo de la floración que va a sustentar a los polinizadores”.
Aunque no figura como especie amenazada en la norma oficial mexicana (NOM-059-SEMARNAT-2010), su colecta está regulada y enfrenta el cambio de uso del suelo y una extracción excesiva que en ocasiones supera su capacidad de regeneración.
“En Querétaro hay un lugar que siempre hemos querido que tenga protección como área natural protegida, porque queda en buena parte fuera de las reservas ecológicas, como la Reserva de la Biosfera Sierra Gorda. Es una planta estructuralmente importante por la biomasa como estructura y función dentro del ecosistema”.

Cargamento de media tonelada de orégano asegurado por la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) en Querétaro, en diciembre de 2025. Foto: cortesía Profepa
Frente a este panorama, el Jardín Botánico Regional de Cadereyta cultiva el orégano queretano en alta densidad dentro de áreas dedicadas a los colibríes para multiplicar aromas y néctar, con el objetivo de incentivar la presencia de polinizadores residentes y migratorios.
El “Jardín de los colibríes y la gente” nació como un proyecto para acercar al público al asombroso mundo de estas aves, pero que hoy es mucho más que un espacio demostrativo. Fue establecida con financiamiento del Western Hummingbird Partnership —una iniciativa de Environment for the Americas— gracias a los registros de colibríes migratorios que hacen escala en este sitio durante su largo viaje: aves que anidan en Alaska y cruzan el continente hasta pasar el invierno en la Sierra Madre del Sur.
Esa ruta convirtió al jardín en un punto estratégico de observación y conservación. Concebida originalmente como un rincón educativo, esta jardinera se transformó en un santuario de polinizadores, donde el orégano, plantado en alta densidad, ofrece alimento y refugio esenciales. Como resume Aguilar, “lo que empezó como un espacio para hablar de colibríes terminó siendo un auténtico jardín de polinizadores, donde el orégano es protagonista”.

El “Jardín de los colibríes y la gente” se convirtió en un punto estratégico de observación y conservación de polinizadores. Foto: cortesía Jardín Botánico Regional de Cadereyta
Su diseño esconde un trazo abrupto: el sendero que lo atraviesa cambia de dirección de manera repentina, inspirado en el vuelo ágil de los colibríes, capaces de moverse hacia adelante, hacia atrás o quedarse suspendidos en el aire. A lo largo del recorrido, señales educativas guían al visitante por la diversidad de colibríes en América Latina, México y Querétaro, y muestran cómo la flora nativa sostiene a estas aves.
Al final, una banca invita a detenerse y reflexionar sobre cómo contribuir a su conservación, mientras se contempla de nuevo el orégano en flor.
“La tesis del Jardín Botánico —que está alineada con las estrategias de todos los niveles— es resaltar el vínculo que tenemos con la naturaleza”, concluye Sánchez. “Resumido en una frase muy socorrida: ‘Sin plantas no hay futuro porque de ellas dependemos’”.

Especies de colibríes observadas en el Jardín Botánico Regional de Cadereyta. Fotos: cortesía J. Belém Hernández, Ricardo A.T. y Luis Rodríguez Castillo
La uña de gato (Uncaria tomentosa) es una liana emblemática de la Amazonía peruana que trepa con fuerza entre los árboles, aferrándose con sus garras espinosas mientras su tronco leñoso y delgado se estira hacia la luz del dosel. Nativa de suelos húmedos e inundables de la cuenca amazónica, ha sido utilizada por las comunidades indígenas durante siglos por su corteza y raíces en decocciones, infusiones y extractos para aliviar una enorme diversidad de padecimientos.
“Uno de sus rasgos más distintivos son las espinas curvadas en forma de gancho que recuerdan a una uña; no son simples defensas, sino adaptaciones que le permiten trepar y fijarse a los árboles para alcanzar el dosel y acceder a la luz, sin invertir energía en desarrollar un tronco propio”, describe Isabel Villalba, bióloga del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas del Estado Peruano (Sernanp). “Esta estrategia la diferencia de muchas especies arbóreas que dominan el bosque”.

Uncaria tomentosa. Foto: cortesía Luis Valenzuela / Arch. Jardín Botánico Missouri-Perú
Perteneciente a la familia Rubiaceae, la uña de gato presenta hojas opuestas de forma elíptica y llamativas inflorescencias globosas formadas por numerosas flores pequeñas de tonos blancos a crema. Estas se agrupan en cabezuelas densas que facilitan la visita de insectos generalistas y aumentan su eficiencia reproductiva, ya que un solo polinizador puede fecundar múltiples flores en una misma estructura.
En comunidades amazónicas como las asháninkas, shipibo-conibo y yanesha, la medicina tradicional recurre a la uña de gato para curar heridas, favorecer la cicatrización, aliviar dolores óseos y articulares, y tratar artritis, reumatismo e inflamaciones gastrointestinales, además de apoyar la recuperación después del parto. También se emplea para combatir infecciones, malestares musculares y estados de defensas bajas, y forma parte de ritos de sanación y equilibrio espiritual.
“Estos usos no son meramente empíricos: reflejan la visión holística de la salud de las comunidades, donde los malestares físicos se entrelazan con factores sociales, espirituales y ambientales”, describe Villalba. “El conocimiento sobre la uña de gato no se encuentra en libros solamente, sino en la memoria y en la práctica de las comunidades, transmitido de generación en generación a través del relato, la observación y la enseñanza directa”.

Asháninkas en Junín realizando trabajo conjunto para ver la presencia de Uncaria tomentosa en bosques naturales conservados. Foto: cortesía Luis Valenzuela / Arch. Jardín Botánico Missouri-Perú
Sobre la evidencia científica de las propiedades terapéuticas de la planta, estudios in vivo han mostrado que la uña de gato posee propiedades antiinflamatorias, inmunomoduladoras y antioxidantes.
Sin embargo, múltiples amenazas presionan su supervivencia. “Al formar parte de los bosques tropicales y depender de la estructura arbórea para prosperar, enfrenta las amenazas que en conjunto generan presión hacia el bosque: la deforestación y el cambio de uso de suelo que se han visto exacerbados en la Amazonía peruana, a causa de la expansión agrícola, la ganadería, la presencia de cultivos ilícitos y la infraestructura vial que reducen extensas áreas de bosque amazónico”, describe Villalba.
Además, la sobreexplotación comercial también resulta un factor importante debido a la recolección selectiva e intensiva de la planta sin un plan de manejo, lo que ha generado disminuciones locales en su abundancia.
“Desde la década de 1990, la uña de gato ha sido altamente demandada en el mercado internacional como fitomedicamento”, agrega Villalba. “En muchos casos la extracción de la corteza implica el anillado o descortezado completo del tallo, que puede generar la muerte de la planta si no se realiza con técnicas adecuadas”.

Luis Valenzuela y equipo realizando estudio de distribución y estado de conservación de Uncaria tomentosa. Foto: cortesía Luis Valenzuela / Arch. Jardín Botánico Missouri-Perú
En Perú, la uña de gato se concentra en la Amazonía, especialmente en regiones como Loreto, Ucayali, Madre de Dios, San Martín, Huánuco y Junín. Aunque a nivel global no está catalogada como altamente amenazada, estudios regionales advierten sobre presiones silenciosas que podrían afectar sus poblaciones. La extracción informal, sin trazabilidad ni planes de manejo aprobados, constituye un riesgo constante, mientras que la falta de monitoreo dificulta saber si las poblaciones se mantienen estables o si, por el contrario, están disminuyendo.
Villalba explica que existen múltiples iniciativas para proteger, reproducir y promover el uso sostenible de Uncaria tomentosa, que combinan investigación científica, manejo sostenible y participación comunitaria. Por ejemplo, el Instituto de Investigaciones de la Amazonía Peruana (IIAP) desarrolla estudios sobre ecología, propagación y regeneración de la especie en bosques primarios y secundarios, mientras que la Universidad Nacional de San Martín, en Tarapoto, ha trabajado en técnicas de multiplicación in vitro para reducir la presión sobre las poblaciones silvestres.
Proyectos históricos en Pucallpa, con apoyo de USAID y asociaciones locales, implementaron modelos agroforestales que permiten cosechar hojas en lugar de corteza, aprovechando los compuestos bioactivos sin dañar la planta y generando beneficios ambientales y económicos para las comunidades. Además, cooperativas y alianzas con familias indígenas y campesinas producen polvos, cápsulas y extractos de manera sostenible, aplicando trazabilidad y respetando la normativa forestal peruana.

Bosque montano bajo, ubicado entre 800 y 1500 metros de altitud, en Junín, Perú. Foto: cortesía Luis Valenzuela / Arch. Jardín Botánico Missouri-Perú
A esto se suma la inclusión de las comunidades en viveros, técnicas de cosecha sostenible y manejo postcosecha, fortaleciendo tanto la conservación como la transmisión de saberes tradicionales. El marco legal de áreas naturales protegidas y la existencia de zonas como Ampiyacu-Apayacu contribuyen a la protección de los ecosistemas donde se distribuye la uña de gato, reduciendo presiones directas sobre sus poblaciones.
“Aunque no siempre están destacados, estos enfoques integran investigación ecológica, manejo sostenible y participación comunitaria, y buscan que la conservación y la economía local sean compatibles”, concluye la especialista. “Sin el conocimiento ancestral de los pueblos originarios, no tendríamos esta línea base sobre el conocimiento en general de toda la biodiversidad que tiene algún tipo de uso medicinal en nuestro país. El conocimiento ancestral y las plantas medicinales —como un recurso más de este Perú tan rico y diverso— es algo realmente valioso que debemos custodiar”.
*Imagen principal: en la Amazonía colombiana, un jardín comunitario preserva 42 especies de plantas medicinales y aromáticas, mientras enseña saberes ancestrales y genera ingresos sostenibles. Foto: cortesía Luis Fernando Jaramillo
El artículo original fue publicado por Astrid Arellano en Mongabay Latam. Puedes revisarlo aquí.
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