domingo, enero 25

Cuando El Comercio nació en 1839, el Perú era un país sacudido por componendas políticas y guerras civiles que parecían no tener fin. La política era un campo minado, y cada cierto tiempo los peruanos lo hacían estallar. El joven diario debió enfrentarse muy pronto a la censura de regímenes breves y agresivos que buscaban domesticar la opinión pública.

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Pero incluso en medio de la intimidación militar del siglo XIX, el periódico de la calle La Rifa sostuvo campañas decisivas, como la lucha por la abolición de la esclavitud o la defensa de la Constitución. La verdad, por entonces, ya era un horizonte innegociable.

Ese primer esfuerzo, sin embargo, se quebró con la tragedia de la Guerra del Pacífico. En 1880, cuando Lima se preparaba para resistir la invasión chilena, el caudillo Nicolás de Piérola ordenó la clausura de El Comercio. El diario no volvería a las calles sino hasta el 23 de octubre de 1883, justo el día en que las tropas de ocupación chilenas abandonaron Lima después de 33 meses de sufrimiento.

Sólida fachada del local del diario Decano, ubicado en la esquina de los jirones Lampa y Santa Rosa, en el centro de Lima, y que fue construido hace 100 años. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)

No hay plazo que no se cumpla”, anunciaba el editorial de reapertura, que relataba casi con la fuerza de una imagen cinematográfica cómo los limeños vieron marchar, a paso aún marcial, a los batallones chilenos rumbo al Callao. Aquella mañana, la emoción de recuperar la libertad era indescriptible.

Este fausto acontecimiento que hace época en los anales de nuestros infortunios, marca también el comienzo de la era de la reconstitución y del trabajo”, afirmaba el diario Decano, llamando al mismo tiempo a la moderación y a la cordura. La prensa volvía “a la vida azarosa de la libertad”.

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El siglo XX no sería menos convulso. El segundo gobierno de Augusto B. Leguía, el llamado “oncenio (1919-1930), inauguró un periodo de turbulencia para la prensa. Apenas dos meses después de su golpe de Estado, en setiembre de 1919, una turba de seguidores del régimen saqueó y quemó la casa del entonces director de El Comercio, Antonio Miró Quesada de la Guerra, y destruyó parte de la imprenta del diario.

Los propios dueños y trabajadores defendieron como pudieron el local de la calle La Rifa. La solidaridad no tardó en llegar, porque se entendió que no era solo un ataque a una familia o a un negocio, sino a la esencia misma de la libertad de expresión.

En ese tiempo, ejecutivos y periodistas fueron perseguidos, deportados o enviados a la cárcel. Y aunque el dictador Leguía también arremetió contra otros medios como La Prensa, lo que quedó claro fue que el “oncenio tenía un mismo enemigo: la verdad.

En 1945, el escenario volvió a tensarse. Apenas cuatro meses después de asumir la presidencia José Luis Bustamante y Rivero, el Partido Aprista intentó imponer una ley que atentaba contra la prensa independiente.

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El Comercio denunció el proyecto, conocido como la “Ley de Imprenta”, y lo enfrentó con firmeza. La respuesta ciudadana fue inmediata: decenas de personas llegaron a la sede del diario, en la esquina de Lampa y Miró Quesada, para expresar su respaldo en un ambiente que mezclaba indignación y orgullo.

No era la primera vez ni sería la última que la sociedad civil entendía que sin prensa libre no podía haber democracia. Años después, en febrero de 1956, otro dictador: Manuel A. Odría llevó la persecución a un extremo al encarcelar a30 periodistas de La Prensa y Última Hora.

El Comercio informó con detalle sobre esa injusticia y, además, se solidarizó públicamente con Pedro Beltrán, director de La Prensa, recluido en el penal de El Frontón. En esa hora amarga, la prensa actuó como un solo cuerpo.

El 3 de octubre de 1968, el país volvió a enfrentar un quiebre. Un golpe militar depuso al presidente Fernando Belaúnde Terry y dio paso a un régimen que pronto mostró su rostro autoritario. En julio de 1974, la llamada “Ley de Prensa” consumó la confiscación de El Comercio y de otros medios nacionales.

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La dictadura del general Juan Velasco Alvarado usó un lenguaje populista para justificar el despojo, alegando que se daba voz al campesinado. En realidad, la voz fue monopolizada por el propio régimen. Durante seis años, el diario Decano permaneció confiscado.

Luis Miró Quesada de la Guerra, entonces director, no alcanzó a ver el retorno del periódico a sus legítimos dueños, pues falleció en 1976 a los 95 años. Recién en 1980, con el regreso de Belaúnde al poder, los diarios fueron devueltos y El Comercio recuperó su lugar junto a sus lectores y anunciantes.

Doce años de libertad siguieron a esa recuperación. Pero el 5 de abril de 1992, el presidente Alberto Fujimori rompió el orden constitucional con un llamado “autogolpe” que volvió a poner en riesgo la independencia de la prensa. Aquella noche, militares visitaron las redacciones, incluida la de El Comercio.

No desalojaron a nadie, pero dejaron la sombra de la amenaza. A finales de esa misma década, la de 1990, la estrategia cambió: no se clausuraron medios, sino que se crearon otros, los llamados “diarios chicha”, financiados por el Servicio de Inteligencia para atacar a opositores y manipular la opinión pública.

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En el 2000, en plena campaña reeleccionista, El Comercio destapó el caso de las firmas falsas del Frente Perú 2000, revelando la maquinaria de fraude que sostenía la tercera postulación de Fujimori.

El nuevo siglo XXI tampoco estuvo libre de tensiones. Durante el gobierno de Ollanta Humala (2011-2016), el propio presidente cuestionó públicamente a los medios, alegando la existencia de un “pulpo mediático”.

El Comercio respondió con firmeza, aclarando que la asociación con Epensa era una decisión empresarial legítima, no un intento de monopolio informativo. Incluso dentro del propio gobierno hubo discrepancias: mientras el ministro de Justicia, Daniel Figallo, alentaba una regulación de la prensa, la ministra Ana Jara advertía que ello podía poner en peligro un derecho fundamental.

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Esa es, a grandes trazos, la memoria de la prensa peruana y de El Comercio en particular: una historia hecha de persecuciones, clausuras, amenazas y campañas de difamación, pero también de dignidad, resistencia y convicciones.

En este Día del Periodista, queda una certeza: la libertad de expresión no se concede, se conquista. Y todavía hoy, como ayer, necesita ser defendida con la misma valentía que mostraron quienes nos precedieron.

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