Cada tercer domingo de junio, las familias peruanas se reúnen para celebrar el Día del Padre. A todos, esa cita nos parece ahora algo normal, una especie de costumbre antigua, casi inevitable; sin embargo, hubo un tiempo en que esa fecha no existía en nuestro país.
Hace exactamente cien años, el 21 de junio de 1926, cuando la celebración apenas comenzaba a expandirse desde los Estados Unidos hacia otras naciones, una página de El Comercio lanzó una propuesta tan sencilla como revolucionaria: crear en el Perú un día dedicado exclusivamente a los padres.
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DÍA DEL PADRE: UN HOMENAJE NACIDO LEJOS
La historia moderna del Día del Padre suele remontarse a la ciudad de Spokane, en el estado de Washington, Estados Unidos. Fue allí donde, en 1910, una mujer llamada Sonora Smart Dodd propuso rendir homenaje a los padres, inspirada por el ejemplo de su propio progenitor, quien, luego de la Guerra Civil, había criado solo a sus hijos tras la muerte de su esposa.
La idea prosperó lentamente. Durante años, la celebración fue ganando adeptos en distintas ciudades estadounidenses. Poco a poco dejó de ser una iniciativa local para convertirse en una tradición cada vez más difundida en ese país.
Imagen tomada el 1 de abril de 1958. Una familia en pleno llevando a sus hijos a su primer día de colegio. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
/ EL COMERCIO
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En el Perú de la década de 1920, mientras tanto, el Día de la Madre ya gozaba de reconocimiento oficial y popularidad creciente. Los padres, en cambio, seguían esperando su turno.
UNA PROPUESTA DESDE EL PERÚ: “EL DÍA DE LOS PADRES”
La mañana del lunes 21 de junio de 1926, los lectores de El Comercio encontraron en la página de humor y costumbres una crónica titulada “Los Espontáneos. El Día de los Padres”. El texto comenzaba con una observación irónica.
Si existían jornadas dedicadas a las flores, a los bomberos y a otras causas, decía el autor, también debía existir una fecha para los “pobrecitos papás”, una institución “antigua y meritoria” que no contaba con ninguna celebración especial.
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La queja escondía una verdad social. Según el cronista, toda la gloria pertenecía a las madres. La literatura, la música, la pintura y la poesía ensalzaban constantemente el amor materno. Los padres, en cambio, parecían condenados al olvido.
LOS PAPÁS, OLVIDADOS DEL HOGAR
El autor observaba que la humanidad había construido una auténtica devoción alrededor de la figura materna. La madre ocupaba lugares prominentes en la historia y en la sensibilidad colectiva.

Página completa de la página de humor, donde se publicó la crónica a favor de instaurar en el país el «Día del Padre». (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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“Del padre solo se acuerdan para pedirle plata o para referirse a él llamándole ‘El viejo’. ¿Para qué sirve entonces ser padre?”, se interroga el autor. Incluso los insultos populares –decía con irreverente humor– se dirigían casi siempre a las madres y nunca a los padres. Aquella aparente injusticia servía como punto de partida para una reivindicación.
El cronista afirmaba que la sociedad olvidaba sistemáticamente los beneficios de la paternidad y proponía corregir esa omisión. Por eso lanzó una idea concreta: instituir entre nosotros “El Día del Padre”.
LOS PADRES EN COMPETENCIA
La propuesta no se limitaba a una celebración simbólica. Con el humor característico de la época (los años 20), el autor imaginó concursos destinados a demostrar las habilidades paternas, pues también eran capaces de hacerlo tanto como las sufridas mamás.
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Una de esas competencias consistía en arrullar o “hamacar” a los niños. Cada participante recibiría a su hijo llorando a todo pulmón y “manoteando furiosamente”. Los jueces, cronómetro en mano, medirían cuánto demoraba cada padre en callarlo o, mejor, hacerlo dormir.
El padre ganador sería proclamado campeón. Se permitirían canciones, silbidos, muecas, imitaciones de animales y toda clase de recursos imaginables. Todo, naturalmente, sin recurrir a métodos violentos.
El 31 de julio de 1969, el padre del niño genio Alfonso de Bohemia Portugal, de 3 años, no lo perdió de vista en ningún momento al ser entrevistado por El Comercio en su departamento del Centro de Lima. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
/ EL COMERCIO
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LA PRUEBA SUPREMA DE LA PATERNIDAD
Otra competencia pondría a prueba a los padres paseando a sus hijos en coche por la calle. El concursante que, al encontrarse con un amigo, sintiera vergüenza de ser visto empujando el cochecito de su propio hijo sería eliminado de inmediato. “Un padre debe serlo sin vergüenza”, señaló el cronista.
La idea de la nota escondía un mensaje moderno: defendía una participación más activa y visible de los padres en la crianza cotidiana. Para 1926, aquella observación resultaba notablemente avanzada.
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En una sociedad donde muchas tareas domésticas recaían casi exclusivamente sobre las mujeres, la crónica reivindicaba el involucramiento paterno. Lo hacía entre bromas, pero el mensaje permanecía.
VEINTICUATRO HORAS DE PRIVILEGIO PARA LOS PADRES
El autor también imaginó cómo sería ese futuro “Día del Padre”. Durante 24 horas, el jefe del hogar recibiría un trato especial (“a la antigua”), y encontraría sus zapatillas donde correspondía: debajo de su cama, y no debajo de la cama del niño o perdido entre los juguetes, indicaba.
Una crónica singular, en clave de humor, pero con una idea clara: proponer el «Día del Padre» en el Perú. Era el 21 de junio de 1926. Hace 100 años. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
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El cronista añadía que el padre debía recibir los diarios de la jornada intactos y enteros, no en partes: asimismo, estaría a la cabeza de la mesa familiar, donde nadie protestaría por el almuerzo ni por los platos allí incluidos (como parecía ser costumbre de esos años).
Por una vez, sugería el autor de la nota, el padre podría disfrutar de cierta paz doméstica. Era una fantasía humorística, pero también un retrato de las tensiones familiares de la época.
La crónica insistía en que la figura paterna acumulaba obligaciones poco reconocidas. Los padres debían trabajar, sostener económicamente el hogar y cargar con responsabilidades constantes. Sin embargo, recibían pocas muestras de gratitud.
Incluso cuando un niño cometía alguna travesura, observaba el autor, la madre solía recordar que era “tan hijo tuyo como mío”. La culpa terminaba repartiéndose. Los méritos, no siempre. Ese desequilibrio inspiró buena parte de este texto de hace 100 años.




