Sin duda esa memoria nostálgica del juego de las cometas en el Perú se ha diluido en el torbellino de los tiempos actuales, dejando atrás un legado que pocos jóvenes han heredado, pero que persiste en la mente de quienes alguna vez sintieron esa indescriptible emoción en sus manos.
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Durante las vacaciones de medio año en Lima, entre julio y especialmente agosto —el mes de los vientos—, las décadas de 1960, 1970 y 1980, e incluso hasta entrados los años 90, recibían un visitante anunciado: las masas de aire del sur. Su llegada traía una señal inconfundible, casi mágica: el inicio de la temporada de cometas.

No era solo un juego, sino un ritual que comenzaba cada mañana, con niños y adolescentes dando forma, con sus propias manos, a creaciones de papel y pabilo que pronto surcarían los cielos de sus barrios y urbanizaciones.
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DÍA DEL NIÑO: LOS COMETAS SE HACÍAN A MANO
La materia prima era humilde: la sacuara, una caña delgada y liviana que provenía de las orillas del río Rímac, pero que se vendía en las esquinas, en las bodegas, en el mercado o en las ferias. Esta se convertía por arte de magia en el esqueleto de la cometa.
Con papel cometa, hilo pabilo, goma o engrudo (hecho de harina y agua) y algunos trozos de tela para la cola, se daba vida a estas «maravillas voladoras“, cada una con su propia personalidad, ya fuera un ”barril“, una “estrella”, un “avión” o un “velero”.
El arte de la cometa era un saber ancestral que se transmitía de boca en boca, de hermano a hermano o de amigo a amigo. En los barrios de Lima tradicional, este ritual era casi sagrado. Los niños invertían sus días en perfeccionar esos artefactos voladores, que eran las cometas, con la ilusión de verlos surcar los cielos de la ciudad.
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De esta forma, zonas abiertas en los años 60 como era entonces el Campo de Marte, en Jesús María, se convertían en el epicentro de este juego; el Campo de Marte era, por ejemplo, un lugar sin cables ni árboles grandes; allí, pues, las cometas podían volar sin restricciones, dando rienda suelta a la imaginación y a la competencia sana.
DÍA DEL NIÑO: LA JERGA COMETERA Y LOS TRUCOS QUE CORTABAN EL AIRE
El vuelo de las cometas tenía su propio idioma, un lenguaje de tirones y soltadas. A este juego de maniobras y astucias, que podían durar hasta una hora, los niños le llamaban «tirar y aflojar“. Así, ”soltar» o «empujar» el pabilo era para un vuelo suave; mientras que el “tirón” se usaba para jalar el hilo con fuerza, logrando que la cometa girara e hiciera piruetas.
Cuando la batalla entre cometas se desataba, las más temidas eran aquellas con puntas de sacuara a los lados, diseñadas para cortar el pabilo de las rivales con un giro violento. Era una lucha aérea donde solo el más hábil lograba salir victorioso. Pero la diversión no estaba exenta de riesgos.
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En los periódicos de la época, un simpático personaje llamado “Kilowatito” advertía a los niños sobre los peligros de volar cometas cerca de los cables eléctricos. A pesar de las advertencias, era común ver al final de la temporada, que llegaba hasta setiembre incluso, una triste colección de “cometas vencidas”, enredadas en los postes de luz, en una especie de cementerio de sueños de papel y caña que habían llegado a su fin.
Con el tiempo, la tradición fue perdiendo fuerza. La llegada de la televisión, luego las computadoras y los videojuegos, fue opacando el encanto de la cometa. El pabilo y la sacuara fueron reemplazados por el click del mouse, y el aire libre por el espacio de una habitación.
El juego cometero, que alguna vez unió a generaciones, se fue diluyendo hasta casi desaparecer, dejando en el pasado la imagen de cielos coloridos y llenos de vida.
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DÍA EL NIÑO: LA NOSTALGIA DEL PAPEL
De esta forma, la esencia de la cometa se ha transformado, pero no ha muerto del todo. Hoy en día, todavía se pueden encontrar cometas a la venta en algunos puntos de la ciudad, pero la mayoría son de plástico, un material que ha reemplazado a la nobleza del papel/sacuara.
Pese a su aparente perfección, estas cometas industriales carecen de la magia de las que se fabricaban en casa. No tienen el olor a goma o engrudo ni la imperfección de las que un niño fabricaba con sus propias manos.
El ingenio de los peruanos, sin embargo, siempre encontró la forma de hacer de este juego algo único. En Tarma, en el centro del país, hacia los años 90, un niño ideó una cometa con apenas dos cañitas y retazos de hilo, usando las páginas de un periódico para el cuerpo y la astuta idea de una papa sancochada como pegamento, en vez del engrudo.
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Aunque la cometa del menor tarmeño no voló debido a la altura, la lección fue profunda: una cometa hecha con el alma de un niño siempre valdrá más que cualquier otra, por más perfecta que sea.
Esta nostalgia de las cometas es la de un tiempo en el que los cielos del Perú se llenaban de figuras que aprovechaban lúdicamente el viento, un juego que se perdió en el aire, pero cuyo recuerdo sigue anclado en la memoria colectiva, como un hilo de pabilo que aún se niega a romperse, y que trae el recuerdo de cómo se divertían los niños de antaño, cuya fecha especial celebramos este domingo 17 de agosto. Que sea un día especial para todos los niños y niñas del Perú.




