Cara mezcla de niño y hombre serio, de peruano hincha de la U y tenista de élite formado en Barcelona, Ignacio Buse acaba de ganar su primer título en el ATP 500 de Hamburgo ante el estadounidense Tommy Paul. Es excepcional, histórico, único. Es sábado a la mañana en Perú, tarde noche en Alemania y el ruido de felicidad de los hinchas con banderas blanquirrojas solo se corta cuando la cámara enfoca a Nacho y el joven con sonrisa de bebé se dice a sí mismo: “No lo puedo creer”.
LEE: Luis Horna y el elogio a una generación liderada por Buse y Bueno: “Estamos en el mejor momento tenístico desde el 2000, cuando yo participaba”
La fría estadística habla de números, por supuesto, es su ciencia: 7-6 el primer set, 4-6 el segundo y 6-3 el tercero, “con autoridad, con personalidad”, como explicó en la transmisión de ESPN Batata Clerc. Los cálculos dicen también que necesitamos 19 años para volver a ganar un torneo de este tamaño, con Lucho Horna, un poco el padre de Buse y de todos los que quieren ser como Buse. Sin embargo, la matemática no alcanza a definir lo que sí podrá, en unos años, la memoria: detrás de apellidos campeones en Hamburgo como Nadal, Federer, Lendl, Kuerten o Vilas, ahora va el suyo, Buse, que no solo ya era el inmortal en el Perú sino que ahora todo el mundo sabe que es inmortal.
Esa es la verdadera arrogancia de ser campeón algún día.
Las finales así no se miran, se sufren. Aunque a los 22 años otros recién estábamos pensando qué hacer con nuestra vida, el joven que nunca sonríe en los partidos firmó la victoria más importante de su carrera en el prestigioso certamen alemán, y se consolidó como una de las grandes revelaciones del circuito. Ricky Montoya, quizá el periodista de TV que más sabe de tenis en el Perú, me insiste en que Ignacio Buse “es un elegido”. Pienso en sus últimas semanas y tiene toda la razón: Sacó a Fonseca de Río. Sacó a Berrettini (6 ATP) de Río y Marrakech. Tuvo a Fils (17) contra las cuerdas en Madrid. Sacó a Sonego (69) de Roma. Sacó a Cobolli (19) y a Mensik (28) de Hamburgo. No estamos hablando ya de una aparición o de una sorpresa, sino de un proyecto en vías de consolidación, producto de haber tomado la decisión clave para su carrera: mudarse a Barcelona para internarse en el TEC (Tennis Empowerment Centre), donde se entrena bajo la dirección tenística del excampeón de Roland Garros, Albert Costa -a quien Nacho llama, cariñosamente, “mi mentor”-, además de haber contado con la guía técnica de entrenadores como Gabriel “Gabo” Urpí. Lucho Horna tenía 19 años cuando tomó la decisión de irse a Buenos y entrenarse bajo los rigores de la Armada Argentina, liderada por la joya de entonces David Nalbandian. Luego de eso vino su ranking 33, el mejor de su carrera. Ignacio Buse Acurio ya es 31.
Por ahora, y mientras se convierte en el hombre más querido, googleado y respetado del país -tres verbos imposibles de reunir en una misma frase para cualquier otro personaje público-, Nacho Buse se deja vencer nuevamente en la tierra batida de Hamburgo, se ensucia la camiseta Lotto con los sponsors que creyeron en él y solo entonces deja de ser ese colorado señor adusto de 22 años que nunca parece perder el control en ningún game. Y se rehace, se levanta, y se pierde en el abrazo de su equipo y su familia. Y luego el periodista Juan Diego Llosa le alcanza una bandera del Perú que él, como uno imagina hizo alguno de los nuestros libertadores, se la muestra al mundo para actualizar la única alegría nacional en estos tiempos espantosos.
Y por si fuera poco, toma el micro y dice, grita: “¡Cómo extraño el Perú, quiero estar en Perú ya! Esto sigue, que el sueño continúe…”. Alguna vez el vóley, siempre el surf, hace poco el fútbol. Ahora es el tenis, la única razón para sentir que podemos abrazarnos y sentir algún extraño orgullo por el país en que vivimos.
********




