Aunque todas las ciudades costeñas y serranas del norte y centro del Perú (hasta Ica) sufrieron los estragos del terremoto, fue Huaraz la que quedó en ruinas. La catedral principal, los colegios y las plazas fueron destruidos completamente, dejando al 95% del departamento de Ancash en escombros. Las primeras noticias hablaban de 5,000 muertos, pero la magnitud de la tragedia apenas comenzaba a revelarse.
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El epicentro de ese fatídico domingo 31 de mayo de 1970 se ubicó a 80 kilómetros mar adentro, frente a Chimbote, en Ancash. En Lima, el sismo se sintió como uno de 6 grados, pero nadie podía imaginar la catástrofe que se desataba en el Callejón de Huaylas, especialmente en Yungay.
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Según el Centro Regional de Sismología para América del Sur, el terremoto alcanzó más de 8 grados, aunque luego se confirmó que fue de 7.8 grados. Con la comunicación cortada desde la zona, las primeras 24 horas tras el sismo fueron un abismo de silencios y una densa incertidumbre.
Nadie podía medir la magnitud del desastre. El Gobierno, entonces, organizó comitivas de apoyo que se movían por tierra y mar en buques, llevando las primeras toneladas de ayuda hacia las zonas más golpeadas.
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Grupos de Paracaidistas se lanzaron desde el cielo con medicinas y alimentos, y en ocasiones arrojaban paquetes de ayuda a la periferia de las áreas devastadas, tratando desesperadamente de aliviar el sufrimiento en un paisaje de destrucción total.
Las cifras de muertos se disparaban. El martes 2 de junio de 1970, El Comercio titulaba que solo en Huaraz y Chimbote ya había 1,000 fallecidos. La portada completa estaba dedicada a los devastadores efectos del sismo en Ancash.
Se mencionaban las huellas de un aluvión en Huallanca y Caraz, que milagrosamente se salvaron de la catástrofe, reportando solo daños parciales. Pero nada se decía de Yungay.
“80 paracaidistas se lanzarán hoy sobre Huaraz”, “Casi en ruinas está la ciudad de Huaraz”, “En Chimbote se han registrado 336 muertos y 2,500 heridos”, “El Gobierno dicta disposiciones para ayudar a víctimas”, eran los titulares de ese día.
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Recién el miércoles 3 de junio de 1970, la devastadora información se difundió por todo el país. El Comercio titulaba en su portada, con grandes letras: “30 mil son nuestros muertos”. Lacónico. Contundente. Doloroso. Una foto triste y desconsoladora acompañaba al texto. Había mucho que informar, pero las palabras no salían.
“El Perú está de luto”, dijo el presidente Velasco Alvarado luego regresar de la zona. El escenario era peor que cualquier guerra. El Gobierno militar declaró ocho días de duelo nacional.
Sismo en Ancash: una visión terrorífica se vio en la ciudad de Yungay
Yungay quedó completamente sepultada media hora después del sismo. Una masa de tierra descendió violentamente cuando una cornisa del Huascarán se desprendió sobre una laguna, provocando su apocalíptico desborde. Testimonios de andinistas relataron cómo los cerros parecían juntarse y el cielo se oscureció tanto que temieron que fuera el “fin del mundo”.
El agua de las lagunas y el hielo desprendido del Huascarán arrastraron piedras y lodo con una furia imparable, desatando su devastación principalmente en Yungay y afectando también a otras localidades ancashinas como Ranrahirca, Caraz, Casma y Santa, que quedaron semienterradas.
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Solo algunas palmeras de la plaza de armas de Yungay permanecieron en pie. En segundos, todo se convirtió en un vasto cementerio.
Las cifras finales revelaron una horrorosa realidad: más de 70,000 muertos y 800,000 damnificados en el Callejón de Huaylas y otras localidades del norte del país. Una estadística de terror, con más de 23,000 personas fallecidas solo en Yungay.
Las fotos panorámicas publicadas por El Comercio revelaron la magnitud de la tragedia. Sobrevivientes y voluntarios describieron una espesa niebla de polvo que permaneció en el aire durante días y hablaron de un “ruido horrendo” que precedió la catástrofe.
En solo un minuto, decenas de miles de personas a lo largo del Callejón de Huaylas fueron sepultadas por toneladas de piedras y lodo.
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En Yungay, la desesperación llevó a todos a correr hacia los cerros más cercanos. Un circo, el Berolina, instalado a un kilómetro del centro de la ciudad, permitió que unos 300 niños se salvaran.
Desde allí fueron mudos testigos de la escena de horror: vieron a hombres y mujeres, familiares, amigos o conocidos atrapados por el lodo en plena carrera y cómo sus casas eran devoradas por el torrente de escombros. Al final, solo cuatro palmeras de la plaza de armas y la cima del camposanto quedaron a salvo.
Sismo en Ancash: se organizó una gran cadena humanitaria
La ayuda se organizó desde el Estado, con el respaldo de empresas privadas y la solidaridad del pueblo en general. Sobre la desgracia, el dolor y la muerte, el Perú se levantó como un león herido. La colecta de la Junta de Asistencia Nacional (JAN), presidida por Consuelo Gonzales de Velasco, esposa del presidente, fue una de las más decididas.
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Editora El Comercio donó 100,000 soles de oro a la JAN, y además, los miembros del directorio, personal de redacción, empleados administrativos, obreros de los talleres y servidores en general aportaron 131,519 soles de oro.
Pero el apoyo fue global. De Europa y América Latina llegaron medicinas, víveres y ropa de abrigo; de Estados Unidos, apoyo logístico y aéreo, con aviones Hércules y helicópteros para el transporte de ayuda humanitaria.
Una semana después, el Perú seguía asombrando al mundo por su desgracia. El domingo 7 de junio de 1970, en Lima, la tradicional ceremonia militar por la Jura de la Bandera en la Plaza Bolognesi fue reemplazada por una Misa de Honras Fúnebres dedicada a las víctimas del 31 de mayo.
Ese mismo día, el papa Pablo VI, en plena Plaza de San Pedro, luego del Ángelus, envió a los peruanos un mensaje de fraternidad y esperanza en esos momentos de dolor.




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