viernes, enero 2

Hubo un tiempo en que Bad Bunny entraba y salía de Lima sin el reclamo de las multitudes. En julio de 2017, el joven puertorriqueño de 23 años recorría distritos periféricos de Lima como San Juan de Lurigancho, Puente Piedra, San Juan de Miraflores y Ate, cantando en discotecas donde el escenario quedaba a unos pocos metros del público. Eran sus viejos días como obrero de la música, cuando ofrecía hasta tres shows por noche en locales como Kenkos, La Choza o Kapital Sur. Las entradas se colocaban entre 25 y 100 soles y el artista cobraba alrededor de 5.000 dólares por presentación. En esa época, Bad Bunny —y todo su show— cabían en el asiento trasero de una camioneta. .

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Ocho años después, Bad Bunny regresa, pero el hombre ya no cabe en ninguna parte. En 2025 lanzó “Debí tirar más fotos”, su sexto álbum de estudio, y volvió a subirse a la cima del mundo. Según Spotify, fue el artista más escuchado del planeta por tercera vez, dejando atrás a figuras como Taylor Swift y a su hiperventas “The Life of a Showgirl”. El dato estadístico importa, pero lo relevante es lo incómodo que se ha vuelto para algunos espacios del poder. El autor de “Callaita” y “Zafaera” ya no solo molesta a sus ‘haters’, como a los eternos fans del rock. Se ha convertido en una figura que le puede amargar el día a políticos que nunca imaginaron verse interpelados por un artista de reguetón.

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Bad Bunny recupera el trono mundial en Spotify y lidera el Wrapped 2025. (Foto: EFE)

Antes de continuar, es oportuno señalar que Bad Bunny no es, ni remotamente, una figura de consenso. Lo adoran millones y lo rechazan con igual vehemencia quienes no toleran su flow aletargado ni su dependencia del autotune. Pero hay algo que trasciende esas disputas en el campo de lo estético: el músico puertorriqueño se ha convertido hoy en blanco de la Norteamérica trumpista. La misma que deporta inmigrantes y desconfía del latino —y más aún del latino con poder y tribuna— tiene ahora en Bad Bunny un rostro al cual apuntar. Que el presidente de la mayor potencia del mundo se exprese en su contra es un escenario que Benito Martínez jamás debió imaginar cuando era un adolescente grababa canciones en su cuarto de Vega Baja, en la costa norte de Puerto Rico.

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Cuando empezó a subir canciones a SoundCloud mientras trabajaba como empacador en un supermercado, nadie habría apostado por él. Su voz era demasiado grave y su forma de cantar —monótona, heredera del dancehall jamaiquino— sonaba como si hubiera grabado con la lengua anestesiada y cero apuro por vocalizar. Todo indicaba que la radio no era su destino. Quizá por eso funcionó. Esa voz que parecía un error técnico pasó de chiste recurrente a convertirse en una de las marcas estéticas más reconocibles del pop global. Temas como “Diles” y “Soy peor” comenzaron a circular de forma orgánica y, en plena era del streaming salvaje, Bad Bunny empezó a crecer cuando los algoritmos todavía no sabían qué hacer con la música en español. Para cuando llegó a Lima en 2017, era una bomba a punto de estallar.

Como señala la nota de Sonia del Águila para Luces de El Comercio, sobre los primeros pasos de Bad Bunny en suelo peruano, el artista fue traído por el empresario Joel Yarleque, gerente de A&D Producciones, quien recuerda que, aunque todavía no era una superestrella, ya era muy popular: “Desde el aeropuerto y en las discotecas donde se presentó, era un loquerío”. Eran noches caóticas, sudorosas, a veces compartiendo micro con colegas más rankeados, y animando pistas de baile abarrotadas. Ese mismo recorrido lo hizo el músico por distintas capitales de Sudamérica. Era el trabajo duro que exigen las giras promocionales.

Lo que vino después fue vertiginoso. Discos como “X 100pre” (2018), “YHLQMDLG” (2020) y “El último tour del mundo” (2020) acumularon millones de reproducciones y terminaron de construir una identidad artística reconocible. Luego llegó el fenómeno de “Un verano vin ti”, apodado “el ‘Thriller’ del reguetón” por la cantidad de canciones que se convirtieron en hits, y ya no hubo vuelta atrás. Fue el álbum que el mundo necesitaba escuchar tras una durísima pandemia. Fue el más reproducido de su año y la prueba de que el pop global ya no necesitaba traducirse al inglés para dominar el mundo.

UN ARTISTA CONTROVERTIDO

Su ascenso al estrellato no fue pacífico porque Bad Bunny nunca suavizó su discurso. Habló de género cuando las agendas conservadoras arreciaban, vistió faldas y se pintó las uñas con una estética glam inusual en el reguetón. También cuestionó la masculinidad del género desde dentro. Fueron batallas tempranas, todavía menores frente a lo que vendría después. La tensión alcanzó su punto más visible cuando Donald Trump lo mencionó públicamente. La posibilidad de que un artista latino que no canta en inglés encabezara el sintonizado “show de medio tiempo” del Super Bowl 2026 fue leída como un desafío —cuando no un insulto— por sectores conservadores. El presidente Trump reaccionó con desdén: “Nunca he oído hablar de él. No sé quién es ni por qué lo escogieron. Es absolutamente ridículo”, dijo.

Antes, el músico había señalado que no haría shows de su actual disco en Estados Unidos por temor a que los conciertos se usaran como excusa para perseguir o deportar a su público. En el entorno republicano incluso se ha deslizado la posibilidad de hacer un show alternativo, solo con estrellas estadounidenses. Bad Bunny no ha confrontado directamente las alusiones. Pero cuando fue anfitrión del programa de TV estadounidense “Saturday Night Live” lanzó una respuesta que condensó su postura: “Si no entendieron lo que acabo de decir, tienen cuatro meses para aprender español”. Sin mencionar a Trump, dejó claro que no está dispuesto a dejarse usar ni a “pisar el poncho”. Su show del Super Bowl será en español no porque no hable inglés, sino por declaración artística.

AL RESCATE DE LAS RAÍCES LATINAS

El 2025 encontró a Bad Bunny sumergido en una reflexión sobre las raíces y el poder de lo latino en un entorno cada vez más hostil a lo foráneo y a las minorías. “Debí tirar más fotos”, en ese sentido, no corre detrás del hit inmediato. Es un álbum atravesado por la nostalgia. Para el musicólogo Francisco Melgar Wong, una de las claves más admirables del ascenso de Bad Bunny al estatus de ídolo internacional ha sido su capacidad de mantenerse en la cresta de la ola sin perder su identidad. Ese es, precisamente, el núcleo de “Debí tirar más fotos”. En este disco, explica, Puerto Rico se convierte en una representación material y metafórica de esa identidad. Bajo esa lectura, incluso las canciones de tono romántico adquieren una resonancia distinta: “La dificultad para dejar atrás un amor se transforma en la dificultad para dejar atrás la propia identidad nacional”. Esa fidelidad al origen —concluye— es la que le permite navegar las aguas turbulentas de la fama global sin naufragar ni perder la brújula.

El impacto de Bad Bunny no se mide solo en estadios llenos, sino también en las vidas que ha ido moldeando en el camino. En La Victoria, José Terry, imitador del puertorriqueño y animador de fiestas, encontró en esa voz arrastrada una forma inesperada de reinventarse. Empezó en 2019, casi por juego, cantando “Soy peor” mientras grababa promociones para una discoteca. El público reaccionó de inmediato. Luego vinieron los shows, el casting en “Yo soy”, la barbería convertida en escenario improvisado y, finalmente, una pequeña empresa de eventos que hoy lidera bajo el nombre @BadBunnyTerryPE.

Imitarlo —dice— no es copiar la voz, sino captar la esencia: engolar, estudiar los gestos, reproducir la actitud. A veces hay que invertir, como comprarse unas zapatillas adidas Box Hog 4 idénticas a las que usa Benito, en busca de la soñada verosimilitud. “Él cambia de vestuario todo el tiempo, así que imagínate cómo es”, comenta. Entre anécdotas, recuerda una especialmente absurda: una vez lo hicieron bajar de un avión, ya caracterizado, para tomarse una foto en plena manga. Terry resume el secreto del éxito del original con una observación simple: no son solo las letras, sino las vibraciones. Es música que te hace sentir bien. //.

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