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Rumbo a Tingo María, un bus con colores llamativos avanza hasta ser detenido por una columna armada de Sendero Luminoso. “Bájense todos”, les gritan mientras apuntan con fusiles a Los Shapis. Instrumentos, maletas y músicos quedaron al borde del camino. “Por suerte nos dejaron con vida. Esa fue la única vez que estuvimos directamente en peligro, pero bastó”, comenta Jaime Moreira, quien horas más tarde se enteraría de que el Shapi Móvil fue usado para asaltar un puesto policial, El Rancho.
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Aun así, la música no se detuvo. En medio del caos, Los Shapis consolidaron una relación directa con el público popular: campesinos, estudiantes, obreros, policías y militares. Todos escuchaban chicha. Esa transversalidad se hacía evidente en conciertos multitudinarios que hoy rozan lo mítico. No solo Matute fue testigo de ese fenómeno. Hubo escenarios menos oficiales, pero igual de decisivos, donde la música rompía jerarquías.
Uno de ellos fue la Universidad Nacional de Ingeniería. En un concierto realizado hace cuatro décadas, la explanada se llenó de estudiantes y el sonido alcanzó los cerros aledaños. Arriba, apostados en el perímetro militar, los centinelas comenzaron a moverse al ritmo de la música. “Se movían al compás de nuestros temas, con fusil en mano… bailando, escuchando a sus ricos Shapis”, agrega entre risas Moreira.
Ubicada en el centro de Lima, la Carpa Grau fue una segunda casa para ellos. Ese local se convirtió en un laboratorio social de la música popular. Los lunes —cuando los grupos no tocaban— se juntaban todas las bandas en una sola noche. “Era el cierre real del fin de semana”, recuerdan. Hinchadas, banderas y repertorios cruzados: Alegría, Garibaldi, Chacalón y Los Shapis compartían escenario y público. Allí celebraron aniversarios, probaron canciones nuevas y vieron botellas volar como avioncitos.
En ese hervidero cultural nacieron amistades improbables. Miki González apareció por ahí, curioso y atento a un sonido que mezclaba guitarras eléctricas con melodías andinas. También hubo invitaciones y homenajes cruzados. Los Shapis participaron en celebraciones dedicadas a Chacalón, quien ponía orden. “¿Quién sale a bailar un lunes por la noche? Eso no pasaba en ningún otro lado”, dicen.

Los Shapis y Chacalón y la Nueva Crema son pilares fundamentales de la música chicha peruana, surgidos con fuerza en los años 80.
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Hubo entrevistas, radio, televisión y hasta una película, Los Shapis en el mundo de los pobres, la cual le valió a Chapulín un supuesto romance con Amparo Brambilla. “Era para levantar el rating”, ríe el artista, quien recuerda una segunda parte, Chicha, ron y tequila, que nunca fue hecha. “José María Salcedo ya tenía el guion; nos dijo que estaba esperando el presupuesto para la película. Hasta ahora estamos esperando que nos avise”, ríen ambos artistas, quienes recuerdan que en su lugar se elaboró el documental Los Asháninkas.
Cuarenta y cinco años después, Los Shapis recuerdan a sus antiguos compañeros; la mayoría vive en Estados Unidos. El Shapi Móvil también se fue cuando una crisis llegó a la banda y fue embargado. Pero la música sigue. Hoy celebran su trayectoria con un formato sinfónico, llevando la chicha a otro registro sin perder pulso popular. En una Lima que vuelve a tensarse, Los Shapis siguen ahí —como ellos mismos dicen—: “Estamos goteando, no lloviendo, y de vez en cuando rebalsamos”. Y así seguirá ocurriendo cada cierto tiempo.
Sobre
Los Shapis Sinfónico
El viernes 13 y domingo 15 de febrero en el Gran Teatro Nacional. Entradas disponibles en Joinnus.













