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Durante años, Dubái fue vendida al mundo como la postal perfecta de la estabilidad en el Medio Oriente, con turistas llegados de todo el mundo, rascacielos modernos con alturas inalcanzables, hoteles de siete estrellas, islas artificiales y una vida de lujo blindada por una seguridad impenetrable. Pero todo cambió en cuestión de minutos el 28 de febrero, cuando Irán atacó el emirato con misiles y drones en represalia por los bombardeos de Israel y Estados Unidos contra su territorio.
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Además, seis soldados estadounidenses murieron por un ataque directo de Irán contra un centro de operaciones improvisado en un puerto civil de Kuwait, informó CNN.
En la madrugada del martes, la embajada de Estados Unidos en Arabia Saudita fue atacada con drones, lo que desató un incendio que causó daños materiales “menores”.

La sede de la embajada estadounidense en Riad, fotografiada el 3 de marzo de 2026, tras ser atacada previamente con drones. (Foto de AFP).
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Como consecuencia de ese ataque, la embajada confirmó que cerrará temporalmente.
Mientras que la embajada estadounidense en Kuwait sí fue cerrada de manera indefinida.
Precisamente Kuwait es uno de los países más afectados por los ataques de Irán. Además de los seis estadounidenses muertos, tres aviones caza estadounidenses fueron derribados “por error” por la defensa antiaérea kuwaití.

La caída de un caza estadounidense F-15E Strike Eagle en Kuwait, al tercer día de ataques iraníes contra países de la región que albergan bases estadounidenses. (AFP).
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El domingo, Kuwait informó que los sistemas de defensa antiaérea del país detectaron 97 misiles balísticos y 283 drones iraníes. Producto de ese ataque, una persona murió y más de 30 resultaron heridas, todas ellas extranjeras, informó el diario The New York Times.

Vistas de Dubái el 24 de febrero (arriba) y el 1 de marzo (abajo) tras el impacto de un proyectil. (Foto de AFP).
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En Emiratos Árabes Unidos, las autoridades informaron el domingo que más de 540 drones, 165 misiles balísticos y dos misiles de crucero fueron disparados contra el país. La mayoría fueron interceptados, pero 21 drones alcanzaron objetivos civiles.
Hasta el martes, tres personas habían muerto en Emiratos Árabes Unidos producto de los ataques.

Una densa columna de humo negro se eleva sobre el puerto de Jebel Ali tras ser impactado por los restos de un misil interceptado, en Dubái, Emiratos Árabes Unidos, el 1 de marzo de 2026. (EFE/EPA/STRINGER).
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En Qatar, el martes el ejército interceptó dos misiles balísticos.
Mientras que la empresa QatarEnergy anunció que cesaba la producción de gas natural licuado (GNL) debido a un ataque iraní contra sus instalaciones. También suspendió la fabricación de determinados productos como los polímeros, el metanol y el aluminio.
Omán, país que fue sede de las últimas conversaciones indirectas entre Estados Unidos e Irán, tampoco se ha salvado de los ataques.
El martes, las autoridades de Omán informaron que una persona murió tras el ataque con un dron naval contra un petrolero frente a la capital del país, Mascate.
“El petrolero MKD VYOM, con bandera de la República de las Islas Marshall, fue atacado por una embarcación no tripulada a 52 millas náuticas de la costa de la gobernación de Mascate”, dijo el centro de seguridad marítimo de Omán.
En Bahréin, Irán atacó el cuartel general de la Quinta Flota de EE. UU. ubicado en Manama. También golpeó objetivos civiles vinculados a la presencia militar extranjera, incluidos sectores residenciales y logísticos. Una persona murió en los ataques.
Irán apunta al corazón estratégico del Golfo

Automovilistas circulan por una calle mientras se eleva una columna de humo tras un supuesto ataque de Irán en la zona donde se encuentra la embajada de Estados Unidos en Kuwait el 2 de marzo de 2026. (Foto de AFP).
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Los ataques iraníes contra países del Golfo no son, por ahora, masivos ni indiscriminados. Pero sí son estratégicos. Así lo interpreta el analista internacional Francesco Tucci, quien sostiene que la ofensiva tiene un objetivo político claro: presionar a los aliados regionales de Washington para que influyan en el curso de la guerra.
“Estamos viendo ataques que han provocado daños materiales, pero en su mayoría dirigidos contra infraestructuras militares norteamericanas”, explica Tucci a El Comercio. En menor medida —añade— también se han registrado impactos en refinerías y otros puntos sensibles, aunque no de forma sistemática.
Para Tucci, en casos como Bahréin, el objetivo es evidente: “Irán quiere romper o al menos tensionar la alineación de estos países con Estados Unidos. Es un medio de presión para que presionen a Washington y se termine esta fase de ataques aéreos”.
Arabia Saudita, sin embargo, es —según el especialista— un caso distinto. “Riad es uno de los principales rivales de Irán y acaba de alinearse abiertamente con Estados Unidos, facilitando bases y apoyo logístico. En ese contexto, los ataques son más bien una represalia directa por esa decisión”.
Aun así, Tucci subraya que los “blancos privilegiados” de Teherán siguen siendo objetivos estadounidenses e israelíes. La cautela iraní también sería deliberada en el frente energético. “No estamos viendo ataques masivos contra infraestructuras petroleras, y eso no es casual”, advierte.
El motivo sería estratégico: una escalada de ese tipo podría desencadenar una respuesta devastadora contra activos iraníes críticos, como la isla de Kharg —principal centro de exportación de hidrocarburos del país—, por donde transita la mayor parte del crudo que vende Teherán. “Irán sabe que si golpea masivamente instalaciones energéticas del Golfo, la respuesta podría destruir su propio nodo exportador”, explica.
El impacto, no obstante, ya se siente. La tensión en el estrecho de Ormuz, el temor de navieras a cruzar la zona y el alza del precio del petróleo reflejan un escenario de volatilidad creciente.
“Hace poco estos países eran vistos como zonas seguras, incluso turísticas. Hoy ciudades como Dubái son percibidas como potenciales blancos. La imagen de inviolabilidad se ha erosionado”, afirma.
Para el analista internacional Francisco Belaunde Matossian, los ataques de Irán ya están golpeando uno de los activos más valiosos de esas naciones: su imagen de estabilidad.
“Justamente eso es lo que les preocupa”, señala a El Comercio. “Estos países han construido durante años una narrativa de seguridad para atraer inversiones, turismo y negocios globales. Y lo que está ocurriendo es exactamente lo que temían”.
Según explica, la estrategia de Teherán no apunta necesariamente a una destrucción masiva, sino a generar una sensación de vulnerabilidad. “Irán sabe que es el actor militar más débil frente a Estados Unidos e Israel. Entonces, su respuesta es crear un caos regional que obligue a los países del Golfo a presionar a Washington para frenar la escalada”, sostiene.
El impacto, advierte Belaunde, puede ser desproporcionado frente a la magnitud de los ataques. “No ha habido bombardeos masivos ni efectos catastróficos. Pero hace falta muy poco para alterar la percepción de seguridad: uno o dos misiles, la interrupción de vuelos, sirenas en ciudades que se vendían como blindadas. La sensación de estabilidad es extremadamente frágil”.
El dilema estratégico del Golfo

Personal de emergencia trabaja para extinguir un incendio en un edificio tras un ataque iraní en la capital de Bahréin, Manama, el 28 de febrero de 2026. (Foto de Fadhel MADAN / AFP).
/ FADHEL MADAN
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¿Puede esto llevar a los países del Golfo a replantear su alianza con Washington? Tucci lo considera poco probable en el corto plazo. “Es más factible que presionen a Estados Unidos para que refuerce la protección o para que termine pronto esta fase de bombardeos. Un giro estratégico hacia Irán sería menos probable”.
En cuanto a si la capacidad de disuasión estadounidense en el Golfo será puesta en cuestión, el analista cree que dependerá del desenlace de la guerra. También advierte que la respuesta iraní podría estar siendo gradual: o bien Teherán se está conteniendo estratégicamente, o su capacidad de lanzar misiles ha sido degradada tras los bombardeos. “La niebla de guerra impide conclusiones definitivas”, señala.
Por su parte, Belaunde indica que en el actual escenario, el paraguas de defensa estadounidense queda bajo escrutinio. Sin embargo, el especialista subraya que, pese a las dudas, Washington sigue siendo el único actor capaz de ofrecer algún nivel de protección. “No hay otro país que pueda reemplazar a Estados Unidos en esa función, aunque su cobertura sea imperfecta”.
La incógnita es cuánto puede durar esa tensión sin provocar ajustes estratégicos, países que pongan en cuestión su alianza con Estados Unidos o que quieran tender puentes con Irán. Belaunde remarca que el antecedente existe. Menciona que tras ataques previos vinculados al conflicto en Yemen, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos restablecieron relaciones con Irán para reducir riesgos. “Ya ocurrió antes. Estos países optaron por ‘llevar la fiesta en paz’ con Teherán cuando se sintieron vulnerables”, dice.
Para Tucci, lo que sí queda claro es que el esperado colapso interno iraní tras los ataques contra su cúpula política y religiosa no se ha producido. “Se pensaba que una decapitación del liderazgo facilitaría un levantamiento o un golpe interno. No ocurrió. El aparato estatal iraní es fuerte, capilar, profundamente enraizado. Su arquitectura constitucional permite continuidad incluso en ausencia del líder supremo”.
El mayor riesgo, advierte, sería un vacío de poder similar al de Afganistán o Libia, aunque subraya que Irán no es un régimen personalista como el de Muamar Gadafi. “Es una república tutelar con múltiples centros de poder. No es una democracia liberal, pero tampoco un sistema que colapse automáticamente si cae la cabeza del régimen”.
En ese tablero incierto, el Golfo deja de ser solo espectador y pasa a ser escenario. Y la pregunta de fondo sigue abierta: si la guerra se prolonga, ¿se reforzará el paraguas de seguridad estadounidense o quedará en evidencia su límite?















