domingo, marzo 22

Solía aparecer desde la platea. Caminaba entre el público como un espectador más y, casi sin que nadie lo notara, subía al escenario. Con la misma ropa cotidiana que llevaba puesta y, de pronto –sin escenografía ni grandes artificios– convocaba un universo entero de personajes. Ese era el teatro de Dario Fo. Actor, director, dramaturgo, pedagogo, hacedor y maestro mascarero, fue una de las figuras más influyentes del teatro político contemporáneo. Su trabajo se caracteriza por una sátira aguda contra el poder y por la recuperación de antiguas tradiciones populares de actuación. En su teatro conviven política, humor y una relación directa con el público que recuerda los antiguos espectáculos de plaza.

Solía aparecer desde la platea. Caminaba entre el público como un espectador más y, casi sin que nadie lo notara, subía al escenario. Con la misma ropa cotidiana que llevaba puesta y, de pronto –sin escenografía ni grandes artificios– convocaba un universo entero de personajes. Ese era el teatro de Dario Fo. Actor, director, dramaturgo, pedagogo, hacedor y maestro mascarero, fue una de las figuras más influyentes del teatro político contemporáneo. Su trabajo se caracteriza por una sátira aguda contra el poder y por la recuperación de antiguas tradiciones populares de actuación. En su teatro conviven política, humor y una relación directa con el público que recuerda los antiguos espectáculos de plaza.

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Una de sus obras más conocidas es “Mistero Buffo”, un espectáculo de monólogos inspirado en relatos medievales, evangelios apócrifos y la tradición de los juglares. Allí el actor cambia de personaje, transforma la voz, exagera el gesto, inventa lenguajes. Lo sagrado y lo profano conviven sin solemnidad. Fo dialoga también con la commedia dell’arte, esa forma teatral italiana basada en máscaras, improvisación y personajes populares que florecieron en Europa durante la Edad Media y el Renacimiento. Pero no la reproduce como pieza de museo: toma sus componentes para hablar del presente. Recupera la figura del juglar medieval, ese actor-narrador que contaba historias en las plazas, improvisaba y se atrevía a burlarse de los poderosos.

Su teatro se centra en el actor: el cuerpo y la voz como instrumentos principales. La improvisación y el contacto directo con los espectadores permiten que la escena dialogue con la actualidad política. Quizá por eso su obra encontró tanta resonancia en América Latina. Sus textos no solo se han traducido y montado muchas veces; también dialogan con nuestras tradiciones de narración oral, fiesta y teatro popular. En muchos lugares, sus obras se adaptan a las coyunturas políticas del momento, como si el juglar europeo encontrara aquí personajes equivalentes.

A esto se suma otro aspecto importante de su legado: su dimensión pedagógica. Fo no solo escribió obras; también transmitió una forma de pensar el oficio del actor. Sus talleres y demostraciones escénicas funcionaban como verdaderas clases maestras sobre el arte del actor, improvisar y construir dramaturgia desde el cuerpo y la voz. Para muchos grupos latinoamericanos, fue una escuela: una invitación a investigar las tradiciones populares y el teatro como una práctica crítica y colectiva. En ese camino también destacó su experimentación con el lenguaje. Popularizó el uso del grammelot, una forma de habla inventada que mezcla sonidos, ritmos y fragmentos de distintas lenguas. Más que entender cada palabra, el público comprende el sentido a través de la musicalidad, el gesto y la energía del actor.

Miguel Rubio, del grupo Yuyachkani, escribe sobre Dario Fo en este artículo. (Foto: César Campos)

/ Cesar Campos

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Pero quizá el diálogo más sugerente aparece cuando miramos nuestras propias tradiciones festivas. En las tradiciones andinas existen desde hace siglos personajes cómicos, irreverentes e improvisadores que cumplen funciones muy parecidas a las del juglar: el Kusillo, el Ukuku, el Maqta, el Llamichu, el Huerajo o el Chuto, entre otros cómicos danzantes presentes en diversas fiestas y espacios rituales. Son bromistas, inquietos, transgresores. Saltan entre los danzantes, provocan al público, imitan a las autoridades. A primera vista parecen simples chistosos de la fiesta, pero cumplen una función más profunda: mientras las comparsas sostienen el orden ritual, ellos introducen el desorden para que la comunidad respire. Pueden burlarse del alcalde, del turista o del propio danzante. Señalan lo ridículo del poder sin romper el pacto colectivo de la fiesta. En muchas culturas, esta figura ha sido estudiada como trickster: el bromista que rompe las reglas para revelar sus límites.

Visto desde aquí, el teatro de Fo no aparece como algo lejano, sino como un pariente inesperado. El juglar europeo y el cómico danzante andino comparten un mismo principio escénico: el cuerpo desbordado. Un cuerpo que cambia de voz, exagera gestos, interactúa en el espacio público. En la plaza medieval, el juglar podía contar historias irreverentes sobre reyes y obispos. En la fiesta andina, el Kusillo puede burlarse de la autoridad mientras todos ríen. No es casual que estas figuras aparezcan siempre en espacios comunitarios: la plaza, la fiesta, el teatro popular. Allí donde la risa permite decir –aunque sea por un momento– lo que normalmente no se puede decir.

Además…

A saber

El Grupo Cultural Yuyachkani cumple 55 años de trayectoria. Coincidiendo con las actividades programadas por el Día Mundial del Teatro, presentará su emblemático espectáculo “Con-cierto olvido”.

La cita será el sábado 28 de marzo, a las 8:00 p.m.; y domingo 29, a las 5:30 p.m., en el Gran Teatro Nacional.

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