Solía aparecer desde la platea. Caminaba entre el público como un espectador más y, casi sin que nadie lo notara, subía al escenario. Con la misma ropa cotidiana que llevaba puesta y, de pronto –sin escenografía ni grandes artificios– convocaba un universo entero de personajes. Ese era el teatro de Dario Fo. Actor, director, dramaturgo, pedagogo, hacedor y maestro mascarero, fue una de las figuras más influyentes del teatro político contemporáneo. Su trabajo se caracteriza por una sátira aguda contra el poder y por la recuperación de antiguas tradiciones populares de actuación. En su teatro conviven política, humor y una relación directa con el público que recuerda los antiguos espectáculos de plaza.
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Pero quizá el diálogo más sugerente aparece cuando miramos nuestras propias tradiciones festivas. En las tradiciones andinas existen desde hace siglos personajes cómicos, irreverentes e improvisadores que cumplen funciones muy parecidas a las del juglar: el Kusillo, el Ukuku, el Maqta, el Llamichu, el Huerajo o el Chuto, entre otros cómicos danzantes presentes en diversas fiestas y espacios rituales. Son bromistas, inquietos, transgresores. Saltan entre los danzantes, provocan al público, imitan a las autoridades. A primera vista parecen simples chistosos de la fiesta, pero cumplen una función más profunda: mientras las comparsas sostienen el orden ritual, ellos introducen el desorden para que la comunidad respire. Pueden burlarse del alcalde, del turista o del propio danzante. Señalan lo ridículo del poder sin romper el pacto colectivo de la fiesta. En muchas culturas, esta figura ha sido estudiada como trickster: el bromista que rompe las reglas para revelar sus límites.
Visto desde aquí, el teatro de Fo no aparece como algo lejano, sino como un pariente inesperado. El juglar europeo y el cómico danzante andino comparten un mismo principio escénico: el cuerpo desbordado. Un cuerpo que cambia de voz, exagera gestos, interactúa en el espacio público. En la plaza medieval, el juglar podía contar historias irreverentes sobre reyes y obispos. En la fiesta andina, el Kusillo puede burlarse de la autoridad mientras todos ríen. No es casual que estas figuras aparezcan siempre en espacios comunitarios: la plaza, la fiesta, el teatro popular. Allí donde la risa permite decir –aunque sea por un momento– lo que normalmente no se puede decir.
Además…
A saber
El Grupo Cultural Yuyachkani cumple 55 años de trayectoria. Coincidiendo con las actividades programadas por el Día Mundial del Teatro, presentará su emblemático espectáculo “Con-cierto olvido”.
La cita será el sábado 28 de marzo, a las 8:00 p.m.; y domingo 29, a las 5:30 p.m., en el Gran Teatro Nacional.












