A inicios del primer milenio, la historia de Occidente nos llega sin registros claros. Se sabe, por ejemplo, que en 1014 se enfrentaron en Klyuch, la actual Bulgaria, los ejércitos bizantino y búlgaro. Vencedores, los primeros tomaron 15 000 prisioneros y, por órdenes del emperador Basilio, se les arrancó los ojos a casi todos, dejando tuertos a poco más de un centenar para que guiaran el regreso a casa. Fue la forma más cruel de humillar a su enemigo, el zar Samuel. Se sabe que, al ver a sus tropas regresar en estado tan lamentable, este no pudo reponerse y murió pocos días después.
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— La historia de un ejército de ciegos resulta una gran metáfora para hablar de nuestros tiempos, del absurdo de la guerra, de los conflictos que suponen las migraciones…
En el proceso de la escritura fui descubriendo varias cosas. Una fue que la ceguera tiene mucho que ver con la literatura. La escritura es una actividad hasta cierto punto de ciegos, porque creamos las historias con palabras, no con imágenes. Las novelas tradicionalmente estaban hechas de palabras no escritas sino orales; el ojo no intervenía cuando Homero y sus descendientes contaban las historias. Se las contaban al oído de la gente. Para esta historia, tenía que poner mucho más peso en las palabras. En un principio, yo pensaba que esta novela iba a tener mil páginas, y al final resultó una novela breve. Tenía que ir a la esencia; me olvidé de cualquier intención de recrear la historia porque las novelas históricas tienen mucha vista. Imagínate describir un ejército: hablar de las armas y de las armaduras, de cómo iban vestidos y de cómo se desplegaban en el campo. El novelista histórico tiene muchísimas imágenes. En cambio, yo las iba retirando. Fui descubriendo esta forma de narrar que me gustó. Quizá en mis siguientes novelas seguiré actuando como un ciego para poner mucha más esencia en la palabra que en descripciones.
— ¿Buscaste profundizar en esa metáfora al momento de escribir?
No busqué ninguna metáfora. Como escritor, simplemente quiero contar lo que pudo haber ocurrido en este pasado, y como dice San Pablo, lo demás se dará por añadidura. Porque si uno está pensando mucho en el presente, empiezas a falsificar las cosas. En busca de esa metáfora, la pierdes. Si quisiera que Basilio representara a Trump, entonces terminaría caricaturizándolo, y dejaría de representar lo que el lector puede encontrar en él. Yo espero que mañana ya no exista Trump, y que un lector de aquí a 20 años pueda seguir viendo en Basilio un reflejo de los dictadores del momento, de las crueldades del momento.
— Imposible leer la guerra entre bizantinos y búlgaros sin recordar las del presente.
El paralelismo que hay entre las guerras del pasado y las del presente se da solo de manera metafórica. Podemos hablar de la crueldad, del heroísmo, de la lucha, de la violencia y de una serie de valores o antivalores que permanecen. Pero las batallas del año mil no tienen nada que ver con las batallas del presente. Los soldados de aquella época se veían a los ojos cuando se estaban matando. Ahora, todo se hace a muchos kilómetros de distancia. Y los jefes de Estado, en este caso tanto el zar Samuel como Basilio, estaban en el campo de batalla. Ahora están a miles de kilómetros, muy valientes para hociconear, pero escondidos en su búnker.
“La escritura es una actividad hasta cierto punto de ciegos, porque creamos las historias con palabras, no con imágenes”.
— El refrán sentencia que en tierra de ciegos, el tuerto es rey. Sin embargo, en tu libro nos muestras que, justamente, los soldados que el ejército vencedor dejó tuertos para conducir al resto de regreso a casa resultan unos parias, son “ciegos incompletos”.
Por supuesto, como a la mayoría, yo prefiero estar tuerto que ser ciego. Pero en la novela, una vez que te quedas tuerto empiezas a contrastar con la mayoría. Hay un momento en la historia donde los ciegos dicen que todos los tuertos ven lo mismo con su ojo. En cambio, los que no tienen ojos, ven las cosas de manera distinta. Y otra vez caemos en la literatura, en la idea de que como en el texto solo vemos palabras, cada lector hace su propia lectura. Quizá en el cine estamos más cercanos a ver lo mismo, pero en la literatura, que es un arte ciego, hay muchas más posibilidades de que cada quien lea su propia historia. Cuando leemos la Ilíada, cada quien hace su imagen, pero cuando se va al cine a ver Troya, ya sabemos que Aquiles tiene la cara de Brad Pitt.
— El célebre cuadro de Bruegel nos muestra una columna de ciegos que cae porque el guía es también invidente. Pero en tu novela se rebate esta idea: el ciego que guía a otro ciego no siempre caen al hoyo.
De hecho, en un principio yo tenía la novela concebida simplemente en el trayecto de los ciegos que van de Constantinopla a Ohrid. Pero me di cuenta de que, al final, el pasaje no era tan interesante como la llegada. La llegada, según imaginan los historiadores, tenía este aspecto terrible de soldados que llegan a su país sin que nadie los quiera. ¿Qué se hace con 15 000 ciegos que comen y que no producen nada? 15 000 ciegos que traen enfermedades, que pululan por la ciudad. Eran el recordatorio de una derrota, de una humillación. Quise darle un giro a la historia y decidí no contarla desde lo trágico, sino dar a cada uno una forma de retornar a casa mucho más digna. Tenemos esta tradición bíblica que presenta al ciego siempre como un paria, un derrotado, que necesitaba un milagro hecho por Cristo para volver a ser una persona autosuficiente. Pues la dignidad que tienen hoy en muchos países es la que le di a estos personajes.
— Tras la derrota, Basilio ordena sacarles los ojos a los 15 mil soldados. Tú reflexionas en la organización necesaria para emprender esa extracción, algo que nos hace recordar la fría logística nazi para exterminar a los judíos. ¿La sofisticación de la crueldad nos acompaña desde siempre?
Sobre todo pensé en la masacre de Katyn, perpetrada por la policía secreta soviética, que ejecutó a un número muy parecido de oficiales polacos tras la invasión soviética de Polonia en 1939. Algunas crónicas hablan de lo complejo de llevarla a cabo: tenían que llevarlos en grupos pequeños, sin que sepan lo que ocurría para que no se sublevaran. Hablaban incluso del problema del calentamiento de las pistolas a causa de los disparos sin pausa. Ningún historiador ha contado cómo se cegó a 15 000 personas tras la batalla de Klyuch. Más o menos entendemos que se pidieron voluntarios y que los llevaron al hipódromo en Constantinopla. Leyendo por allí y allá, supe que la forma más fácil de sacar los ojos es clavando los dedos en las órbitas. Para el libro, quise evitarme esas descripciones. Ya suficiente tiene la imaginación del lector como para que yo tenga que ayudarle.
— ¿Crees que el humor negro de tu novela nace de la resignación de los vencidos? Es una forma muy latinoamericana de ejercer el humor?
Sí, es muy latinoamericano. Pero el humor en la novela no parte de la resignación, sino de la lucha, de la actitud de seguir y no sentirse derrotado. Hacer una broma de tu desgracia le cambia el color. Y por eso seguimos funcionando.
“El ejército ciego”
Autor: David Toscana
Editorial: Alfaguara
Año: 2026
Páginas: 242
Además…
A saber
David Toscana se presentará en la FIL Lima por partida doble. El 24 de julio, participará en el conversatorio “Clásicos para tiempos inciertos”, acompañado por el escritor Alonso Rabí. El 26 de julio, presentará su novela “El ejército ciego”, publicada por Penguin Random House.













