viernes, mayo 1

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Nos encontramos con la ‘crew’ Inti Rhymes en el Parque Olímpico de San Borja. Son jóvenes entre los 18 y 27 años que han hecho de ese espacio una trinchera creativa: riman, se responden, se desafían. Pero, sobre todo, se escuchan. Hay humor, hay calle y una mirada social que atraviesa cada verso. En medio de ese círculo está Daniel Almendrades (24), finalista internacional de la Red Bull Batalla de los Gallos, moviéndose con naturalidad entre los suyos, en lo que parece ser su hábitat natural.

Nos encontramos con la ‘crew’ Inti Rhymes en el Parque Olímpico de San Borja. Son jóvenes entre los 18 y 27 años que han hecho de ese espacio una trinchera creativa: riman, se responden, se desafían. Pero, sobre todo, se escuchan. Hay humor, hay calle y una mirada social que atraviesa cada verso. En medio de ese círculo está Daniel Almendrades (24), finalista internacional de la Red Bull Batalla de los Gallos, moviéndose con naturalidad entre los suyos, en lo que parece ser su hábitat natural.

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Almendrades se asume como uno más dentro de esta comunidad urbana. No se siente figura, a pesar de que algunos curiosos se acercan a pedirle fotos. Su historia con la música empieza en casa. De niño, su padre le hacía escuchar a referentes del hip hop como Ice Cube, Snoop Dogg y Dr. Dre. “He tenido el rap por mucho tiempo en mi vida gracias a mi papá”, cuenta.

Ese vínculo explica también su nombre artístico. Almendrades no es un simple alias, sino una declaración de origen. “Representa el apellido familiar por el legado musical que hay en mi familia”, afirma. Su padre quiso dedicarse plenamente a la música, pero no pudo. Él, en otro tiempo, intenta cerrar ese círculo.

Daniel Almendrades, junto a la ‘crew’ Inti Rhymes, afina su siguiente movimiento fuera del ring: prepara su primer disco, un proyecto donde el ‘freestyle’ se transforma en relato.

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En su proceso creativo conviven disciplina e intuición. Improvisar no es únicamente “dejarse llevar”. Es entrenar la mente para que, cuando llegue la chispa, tenga con qué arder. “Creo que es importante encontrar momentos de inspiración, pero también no depender solo de ello”, comenta. Practica ‘flows’, amplía vocabulario y prueba ritmos como quien prueba un auto nuevo. En batalla, afina el ataque; fuera de ella, explora historias. Hay, además, una convicción estética: el rap como poesía. “Los mejores del mundo aplican elementos poéticos y teatrales a su rima para darle una capa más de profundidad”, explica.

HAMBRE DE GLORIA

Su recorrido en las batallas de Red Bull es reciente, pero vertiginoso. Debutó en 2022, en Arequipa. Desde entonces, no ha dejado de competir a ese nivel. Este año, en Chile, llegó a la final internacional, tras consagrarse campeón nacional en 2025. Compitió en condiciones adversas: de visitante, frente a públicos que no siempre estaban de su lado, atravesando rondas contra nombres consagrados.

Estuvo a punto de acariciar el título, pero cayó en la final ante El Menor. Aun así, ya tiene asegurada su participación en la edición de 2027, que se realizará en nuestro país. “Todo pasa por algo: si esto fue de visitante, la revancha está clara… de local hay que terminar la historia”, afirma.

En la final internacional de la Red Bull Batalla, en Chile, Almendrades rozó el título y confirmó su lugar en la élite. De visitante, dejó claro que su historia recién se está escribiendo.

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Experiencias como las de Chile le han enseñado a convivir con la presión. “Hay que aprender a administrarla”, sostiene. “La presión siempre debe estar, pero ya tú la acomodas a tu rutina, la filtras”, añade. Con esa misma madurez habla de su carrera: entiende que no todo es inmediato, que hay que sostener el proceso con otras herramientas.

Fuera del parque y los escenarios, Almendrades estudia Comunicaciones Audiovisual en la UPC. No lo ve como un camino paralelo, sino como parte del mismo proyecto: lo que aprende en clases puede servirle para un videoclip; lo que vive en el ‘freestyle’, para comunicar mejor. Todo suma.

Sobre la movida urbana en Lima, es optimista. Cree que el ‘freestyle’ está resurgiendo, impulsado por nuevas generaciones y por hitos recientes, como su propia llegada a una final mundial, algo que no ocurría hace años para un peruano. El estigma, dice, se ha ido diluyendo: donde antes había prejuicio, ahora hay identificación.

Al final, su ambición es clara y la dice sin rodeos: ser campeón mundial, dejar huella en el hip hop peruano y construir una vida desde lo que ama. “Vamos encaminados”, sostiene. En el Parque Olímpico de San Borja, mientras la rueda sigue girando y las rimas se encadenan, esa frase suena más a certeza que a premonición. //

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