No fumamos, llevamos una buena alimentación y hacemos ejercicio con la intención de mejorar nuestra calidad de vida y vivir más. Sin embargo, ese objetivo podría estar fuera de nuestro control más de lo que pensábamos. Un reciente estudio publicado en Science concluye que la esperanza de vida está en gran medida determinada por los genes y que, si bien un estilo de vida saludable puede prolongarla, extenderla muy por encima de ese umbral biológico resulta difícil.
No fumamos, llevamos una buena alimentación y hacemos ejercicio con la intención de mejorar nuestra calidad de vida y vivir más. Sin embargo, ese objetivo podría estar fuera de nuestro control más de lo que pensábamos. Un reciente estudio publicado en Science concluye que la esperanza de vida está en gran medida determinada por los genes y que, si bien un estilo de vida saludable puede prolongarla, extenderla muy por encima de ese umbral biológico resulta difícil.
Para la investigación –realizada por científicos del Instituto Weizmann de Ciencias, en Israel, y liderada por Uri Alon–se analizaron datos de parejas de gemelos suecos, incluidos algunos que fueron criados por separado. Además, los autores examinaron información de 2.092 hermanos de 444 estadounidenses que superaron los 100 años, con el objetivo de comprobar qué tan generalizables eran sus resultados. El propósito central era responder cuánto de lo que vivimos depende realmente de nuestros genes y cuánto de factores externos, como infecciones, accidentes o condiciones ambientales.
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Las conclusiones generaron controversia, ya que cuestionan parte del enfoque médico tradicional, que sitúa a la dieta, el ejercicio y otros hábitos saludables como pilares para prolongar la vida. Para Alon y su equipo, alcanzar edades extremas, como los 100 años, no sería posible sin una herencia genética favorable, independientemente del estilo de vida.
En esa línea, Daniela Bakula, científica de la Universidad de Copenhague y coautora de una perspectiva externa publicada junto al estudio principal, señaló que los hallazgos son coherentes con lo observado en otras especies. Según indicó, la duración de la vida de los organismos estudiados hasta ahora presenta un fuerte componente genético.
Metodológicamente, el trabajo utilizó modelos matemáticos para excluir las muertes que no estaban claramente asociadas al envejecimiento, como las provocadas por infecciones, accidentes u otros factores muy dependientes del entorno. La idea fue centrarse únicamente en causas que suelen manifestarse cuando el organismo envejece.
Los investigadores recurrieron a gemelos suecos nacidos entre 1900 y 1935.
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Los investigadores recurrieron a gemelos suecos nacidos entre 1900 y 1935, un periodo marcado por guerras, crisis económicas y una pandemia, pero también por mejoras significativas en saneamiento, acceso a agua potable y atención médica. Ese contexto funcionó como un “experimento natural”, ya que muchas causas externas de muerte habían disminuido. Para contrastar los resultados, se compararon con datos de gemelos daneses nacidos entre 1870 y 1900, una época en la que las enfermedades infecciosas –como el cólera o la difteria–causaban una elevada mortalidad a edades tempranas.
El análisis se concentró en algunas causas típicas del envejecimiento: cáncer, enfermedades cardiovasculares y demencia. Los resultados sugieren que el cáncer parece estar menos influido por la genética, mientras que la demencia muestra una mayor dependencia hereditaria.
Una de las conclusiones más llamativas del estudio es que más del 50 % de las diferencias en la duración de la vida dentro de una población podrían explicarse por los genes, una proporción muy superior a la estimada en investigaciones anteriores, que la situaban en torno al 25 % o menos.
Según explicó Alon, esa diferencia se debe a que estudios previos incluían a personas que murieron jóvenes por causas no relacionadas con el envejecimiento, como accidentes o infecciones. Al reducir ese “ruido estadístico”, el peso de la genética se vuelve más evidente, mientras que el rol del estilo de vida parece menor.
El estudio sugiere así que, cuando se reducen las muertes por causas externas, la genética adquiere un papel más determinante en cuánto vivimos, especialmente en enfermedades asociadas al envejecimiento.
¿Y el estilo de vida?
¿Significa esto que adoptar hábitos saludables deja de ser importante? No necesariamente. Alon estima que un estilo de vida sano podría añadir alrededor de cinco años a la esperanza de vida, mientras que la ausencia de esos hábitos podría restar una cifra similar. Así, si la predisposición genética sitúa la esperanza de vida en torno a los 80 años, los buenos hábitos podrían extenderla hasta los 85, o reducirla a 75 en el escenario contrario.
No obstante, otros expertos piden cautela. The New York Times recogió las opiniones de Bradley J. Willcox, director de investigación geriátrica de la Universidad de Hawái, quien calificó el estudio de “provocador”, aunque expresó reservas. A su juicio, trazar una frontera nítida entre causas intrínsecas y extrínsecas de muerte es problemático, ya que muchas se sitúan en una “zona gris” donde interactúan biología y entorno. Por ejemplo, los genes pueden influir en la gravedad de una infección, lo que complica su clasificación.
En esa misma línea, Thomas Perls, geriatra y director del Estudio de Centenarios de Nueva Inglaterra de la Universidad de Boston, subrayó al mismo medio estadounidense que el peso de la genética no invalida la importancia del estilo de vida. Según explicó, especialmente en personas sin una herencia genética excepcional, mantener hábitos saludables puede marcar una diferencia considerable en los años de vida.
Perls citó estudios observacionales de Harvard que ilustran esta brecha: una mujer de 50 años con hábitos saludables podría vivir hasta los 93 años, frente a los 79 de otra con una dieta deficiente, sedentarismo, tabaquismo y consumo excesivo de alcohol. En los hombres, la diferencia es similar: un estilo de vida sano podría permitirles alcanzar los 88 años, frente a los 76 de quienes no lo adoptan. Sin embargo, el especialista concluyó que cuando se trata de alcanzar edades extremas –más allá de los 90 o incluso los 100 años– la genética se vuelve decisiva.




