Los países latinoamericanos probablemente sean los que más lecciones tienen en el mundo sobre cómo nacen, duran y acaban sus democracias y sus dictaduras, pero siguen, en 200 años, sin haber aprendido nada de esas lecciones, algunas muy duras y crueles como la venezolana.
En efecto, los sistemas democráticos y electorales de este lado del mundo no han logrado ser más fuertes que sus sistemas militares y económicos. Por el contrario, son tan débiles que quien gana una presidencia puede cambiar la Constitución y adquirir mandos autoritarios que le permitan reelegirse indefinidamente, como lo hicieron Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Ambos hicieron precisamente del voto popular el arma siniestra y letal para someter a los venezolanos a la opresión, pobreza y humillante éxodo, como podían también haberlo hecho Ollanta Humala y Pedro Castillo con los peruanos, si al primero no se le liquida su plan de la “gran transformación” y al segundo no se le frustra en seco su golpe de Estado. Con Chile podía haber pasado lo mismo si el sistema constitucional introducía al país por el aro del “socialismo del siglo XXI”, pródigo fabricante de gobernantes ineptos y corruptos.
Carentes de sistemas de partidos capaces de garantizar rigurosos filtros de honestidad y eficiencia en los cuadros de postulación electoral a los gobiernos y legislativos, las democracias latinoamericanas continúan sumidas en la debilidad y mediocridad, como fáciles botines políticos de clientelismo y corrupción. A falta de esos filtros partidarios, los sistemas electorales tampoco establecen los suyos propios de rigor, abriendo una puerta grande a la fragmentación política, a que el aventurerismo y el populismo puedan hacer por sí solos una carrera al poder, a que la caprichosa elección del mal menor defina la suerte del país y a que la práctica de los hechos consumados sentencia a los votantes a vivir y resistir no menos de cinco años a un régimen indeseable.
Es hora de que todos los latinoamericanos convencidos de nuestro derecho soberano a autogobernarnos en paz, libertad y bienestar nos miremos en el espejo de Venezuela y Maduro, para hacer más fuertes que nunca nuestros sistemas democráticos y electorales. De lo que se trata es de evitar que nuestros votos terminen entronizando en el poder democrático a quienes persiguen hacer explotar sus reglas constitucionales, instalando en su reemplazo tiranías perfectas, frutos del secuestro previo de las voluntades populares.
Si los partidos no logran ser los deseables filtros de honestidad, eficiencia e idoneidad de los futuros gobernantes, pues tendrán que serlo los sistemas electorales, con sus requisitos, procesos y resoluciones. Quienes van a regir los destinos no solo de los ejecutivos y legislativos, sino además de magistraturas fiscales y judiciales, no tienen que ser personajes ineptos y venales. Los patrimonios jurídicos, políticos, económicos y financieros no pueden acabar final y vergonzosamente en manos irresponsables y corruptas.
Deseemos que el aún relajado sistema electoral peruano con Roberto Burneo al frente no sea presa fácil de quienes quisieran arrastrarlo a la fragilidad de sus funciones y decisiones.














