Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
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Si te dijera que el triunfo de tu equipo preferido en la final de un Mundial de fútbol es posible, ¿te alegrarías? ¿O preferirías que te dijera que es probable? Qué tal si te digo que muy posible… ¿es mejor que ‘probable’?
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Una década después, el presidente de EE.UU. John F. Kennedy recibió una evaluación de una invasión planeada de Cuba. El Estado Mayor Conjunto le dijo que tenía una “probabilidad razonable” de éxito.
A Kennedy eso le sonó como una buena señal, como explicaría después, así que le dio el visto bueno a la operación, que resultó un fiasco: la invasión de Bahía de Cochinos.
Más tarde, quien escribió sobre esa “probabilidad razonable” reveló que tenía en mente probabilidades de 3 a 1 en contra del éxito.
Para intentar solucionar ese tipo de problemas, Kent publicó en 1964 su ensayo histórico Words of Estimative Probability (“Términos de probabilidad estimativa”, publicado por el Center for the Study of Intelligence de la CIA).
Incluyó la primera tabla de la historia moderna para que los redactores vincularan las palabras con un porcentaje.
Su propuesta original tenía estas categorías fijas:
Argumentó además que las “palabras ambiguas” como “podría” y “sugerir” eran “expresiones que suenan bien, pero que, al reflexionar sobre ellas, casi carecen de significado”.
Desde entonces se ha seguido intentando depurar el lenguaje de grados de duda, para poder comunicar riesgos serios y evitar catástrofes por malinterpretaciones.
En Reino Unido, por ejemplo, tras la guerra de Irak, influenciada por información de inteligencia dudosa, se introdujo un “criterio de probabilidad” para las evaluaciones de inteligencia,
“Era como una vara que decia: ‘si usas este tipo de palabras, esta es la probabilidad a la que te refieres’. Así que si algo es ‘muy probable’, estás diciendo que hay un 80% a 90% de probabilidades de que eso ocurra[…]”, señala Kucharski.

De casi imposible a casi seguro hay muchas posibilidades.
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El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, por su parte, empezó a notar en los años 90 que si decían que el aumento del nivel del mar era “probable”, los políticos de algunos países lo entendían como “un riesgo menor” y otros como “inminente”.
Crearon entonces una guía de lenguaje estandarizado que se fue afinando hasta que quedó blindada en 2010 con la Nota de Orientación sobre Incertidumbres.
La escala obliga a sus científicos a que si usan, por ejemplo, la palabra “probable” en un informe, el fenómeno debe tener matemáticamente más de dos tercios de posibilidades de ocurrir, y va de “prácticamente seguro” con más de 99% de probabilidad, a “excepcionalmente improbable”, con menos del 1% de probabilidad.
Pero resulta que la gente no anda por ahí con un manual de interpretación, entonces ¿qué entendemos cuando oímos esas palabras?
Aunque manuales de enseñanza del español ordenan estas palabras en escalas lógicas del discurso (Seguramente —> Probablemente —> Posiblemente —> Difícilmente), el cerebro humano no es un algoritmo.
Mezclamos la probabilidad lingüística con nuestras emociones.
En la era digital, experimentos basados en las ideas del analista de la CIA Sherman Kent, empezaron a ser replicados masivamente en varios estudios.
Al solicitarle a miles de personas que le asignaran un porcentaje a distintas palabras, se descubrieron fenómenos interesantes, como lo que ocurre con la palabra “posible”.
Mientras que “Probable” suele concentrarse en la mente del público de manera estable entre el 60% y el 80%, la palabra “Posible” desata el caos total.
El porqué de esta variabilidad es puramente matemático: cualquier evento cuya probabilidad sea estrictamente mayor que el 0% y menor que el 100% califica técnicamente como “posible”.
Al no tener un anclaje natural, su significado queda a merced de lo que cada individuo decida imaginar.
Por eso, para algunas personas decir “es posible que gane la lotería”, aunque signifique una probabilidad infinitesimal, cercana al 0%, es algo viable, mientras que ante un “es posible que vaya a cenar”, nuestro cerebro lo ancla intuitivamente cerca de un 50%.
Estadísticamente, “Posible” es la palabra con mayor desviación estándar; es decir, es la que peor comunica un número real.
No sólo eso: el contexto también entra en juego.

¿Qué significan realmente?
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Si un médico te dice “Es posible que esta operación tenga efectos secundarios”, tu cerebro lo interpreta como una probabilidad alta, de un 40% o 50%, encendiendo las alarmas. Si un meteorólogo dice “Es posible que caiga un meteorito”, sueles quedarte tranquilo.
La palabra es la misma, el nivel de catástrofe altera la matemática mental.
Eso sin contar lo que sucede con la expresión “posibilidad realista”, que a menudo se usa en titulares para reportar riesgos de eventos.
Kucharski, quien hizo su propia investigación con un quiz en línea con miles de respuestas, encontró que fue la que dio lugar a las interpretaciones más dispares.
Las interpretaciones de probabilidad oscilaban entre el 10 y el 100%: algunos participantes la entendían como un desenlace bastante probable; otros, simplemente como un escenario plausible.
Muchas directrices oficiales sobre el significado de frases valoran una “posibilidad realista” como equivalente a entre el 40% y el 50%.
Y ahí no termina la confusión.
En su quiz, Kucharski, además de pedirle al público que le asignara un porcentaje a diferentes frases o términos, también pidió que se comparara palabras de probabilidad una al lado de la otra para ver si se usaba la probabilidad de forma consistente.
Si te pregunto: ¿Cuál es más probable que ocurra: algo muy improbable o muy probable?, la respuesta es fácil.
Pero qué responderías a: ¿Cuál es más probable: algo que podría pasar o algo que tal vez pase?
Resulta que los juicios sobre estas comparaciones son poco consistentes.
Y con frases como:
Muchos creen que son equivalentes; otros perciben “improbable” como más tajante.
Pero no es solo cuestión de grados.
Investigaciones recientes sugieren que estas expresiones hacen algo más que transmitir una probabilidad: también orientan nuestra forma de pensar.
Imagina dos médicas.
Una dice: “Es posible que el paciente sobreviva”.
La otra: “Es poco probable que el paciente muera”.
Aunque ambas describen la misma probabilidad, no producen el mismo efecto psicológico. La primera dirige nuestra atención hacia la supervivencia; la segunda, hacia la muerte.
Los estudios indican que ese encuadre influye en la forma en que las personas interpretan la información, la recuerdan y toman decisiones.

¿Cuál porcentaje le asignarías tú a términos como «quizás, podría ser, incluso o acaso»?
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El lenguaje que usamos para expresar probabilidades es, sencillamente, muy ambiguo, así que es importante tener en cuenta lo que se transmite al usarlo.
Expresiones o palabras como: cabe la posibilidad, tal vez, quizás, seguro, probable, podría ser, acaso, hay indicios, parece, sin duda, con certeza, y tantas otras, en la vida cotidiana pueden provocar desde situaciones casi cómicas hasta consecuencias indeseables.
Pero cuando se trata de advertir a la población sobre riesgos importantes, requieren atención especial.
Para Kucharski, una de las claves es asegurarse de que quienes comunican esos riesgos -ya sean científicos, políticos o periodistas- sean conscientes de ese problema.
“Lo fundamental es garantizar que lo que la persona que emite una estimación cree estar comunicando sea realmente lo que entiende quien la recibe”.
La segunda clave es más incómoda: animar a quienes calculan los riesgos para que no se escuden en palabras ambiguas que les permitan justificarse después si el pronóstico falla.
“Creo que todos nos beneficiaríamos si nos obligáramos a formular estimaciones que después puedan contrastarse y preguntarnos honestamente si acertamos o no”.
Es algo que ya inquietaba a Kent en la CIA, quien describió el impulso de buscar “una expresión que transmita un significado preciso, pero que al mismo tiempo nos exima por completo de la responsabilidad”.
Usar frases engañosas puede hacer que el lenguaje suene autoritario pero también dificultar la toma de decisiones.
A Kucharski, la pandemia le confirmó el valor de la claridad. Hay momentos en que la realidad no es cuestión de opinión, y dudarlo puede poner en peligro a los demás.
¿Y la final de un Mundial? Si alguien te dice que tu equipo “puede” ganar, tal vez sea momento de preguntar: ¿puede como en un 5%, o puede como en un 50%?
* Si quieres escuchar los podcasts del programa More or Less de la BBC, haz clic aquí. Si quieres participar en el quiz de Adam Kucharski, haz clic aquí. Ambos son en inglés.















