A un día de la apertura del libro de pases del Torneo Clausura, en Universitario de Deportes la atención ya no solo está puesta en las inscripciones de Gianluca Lapadula, Jordan Guivin y Adrián Quiroz. Un nuevo frente se abrió en Ate: se confirmó la salida de José Carabalí al fútbol ecuatoriano. Vestiría la camiseta de LDU de Quito.
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Detrás de la negociación existiría un componente que va más allá del fútbol. Personas cercanas al jugador señalan que Carabalí atraviesa un momento familiar muy delicado tras el fallecimiento de su abuela, quien lo crió desde niño. Esa situación habría motivado su intención de regresar a su país para estar más cerca de los suyos.
Precisamente ahí aparece el gran desafío para Universitario. Comprender la situación personal del futbolista es una cosa; administrar correctamente un activo deportivo es otra. Si el interés de LDU es real, el club crema no puede darse el lujo de perder a uno de sus titulares sin obtener una compensación económica acorde con el valor del jugador. A diferencia del retiro de Martín Pérez Guedes, aquí existe un club dispuesto a negociar y un contrato vigente que protege los intereses de Universitario.
Pero el problema no termina en lo contractual. La eventual salida de Carabalí dejaría descubierto un puesto para el que la dirigencia nunca buscó un reemplazante en este mercado de pases. Mientras los esfuerzos estuvieron concentrados en reforzar el ataque y el mediocampo, el carril izquierdo permaneció sin alternativas naturales. Si el ecuatoriano finalmente parte, Héctor Cúper deberá reacomodar piezas o exigir una incorporación de emergencia.
Por eso, más allá de que la decisión final aún no está tomada, el caso Carabalí pone a prueba la capacidad de reacción de Universitario. Porque un equipo que aspira a pelear el Clausura y competir internacionalmente no solo debe fichar bien: también necesita saber retener a sus futbolistas más importantes o, en el peor de los escenarios, reemplazarlos antes de que sea demasiado tarde.
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