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Decir que «Confessions II», el primer disco de Madonna en siete años, es una decepción sería exagerar. Para decepcionar, primero hay que generar grandes expectativas, y hace tiempo que la entrañable Reina del Pop dejó de hacerlo, al menos fuera de su núcleo más fiel de seguidores. Su carrera reciente se recuerda más bien como una sucesión de giros erráticos, desde sus intentos de subirse al tren del trap en “Rebel Heart« hasta su coqueteo con el latin pop en “Madame X”. Lo que sí sorprende son el aluvión de reseñas celebratorias que han acompañado este lanzamiento, producido por Stuart Price. Hablan de “la mejor Madonna en 20 años”. Da la impresión de que escucharon otro disco. O, quizá, de que la valla estaba demasiado baja.
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Todo eso se experimenta desde el track 1 con “I Feel Free”, una oda a la pista de baile como refugio para quienes alguna vez se sintieron diferentes. La idea es poderosa. La contradicción aparece en la producción. El sonido resulta tan impersonal y derivativo del EDM que termina conspirando contra la singularidad que la letra pretende celebrar. Dicho de otra forma, resulta difícil hablar de identidad cuando la música parece renunciar a cualquier rasgo propio.
La secuencia continúa con “Good for Soul”, que confirma la estructura que se repetirá durante buena parte del álbum: introducción en spoken word, versos casi recitados y una base funcional. La buena noticia es que el estribillo aparece al rescate con una melodía elegante y recuerda, por un momento, a la compositora que alguna vez convirtió tantos coros en himnos. Es uno de los primeros indicios de que, cuando deja que las canciones hablen por sí solas, “Confessions II” encuentra su mejor versión..
Estamos ante un disco nostálgico, aunque no de la misma manera que su ilustre antecesor. Cuando “Confessions on a Dance Floor” apareció en 2005, recuperaba la música disco, sampleaba a ABBA y miraba con descaro hacia los años setenta. Cuando aquel álbum salió, Dua Lipa y muchas de las artistas que años después liderarían el revival disco todavía estaban en la primaria. La diferencia es que aquella nostalgia sonaba visionaria. “Confessions II”, en cambio, rinde tributo a la electrónica de fines de los noventa y comienzos de los dos mil en una decisión que ya no resulta ni original ni subversiva. Se limita a transitar un camino bastante pavimentado ya.
Decíamos que el abuso del spoken word termina siendo uno de los principales problemas del disco. Cada cierto tiempo, Madonna interrumpe la secuencia para lanzar pequeñas reflexiones que conspiran contra la esencia misma de la música escapista: hacer bailar antes que pensar. El caso más evidente es “One Step Away”, una de las mejores canciones del álbum, sin duda. En lugar de dejar que el tema despegue, decide abrirlo con un manifiesto: “La gente piensa que la música electrónica es superficial. Pero están equivocados. La pista de baile no es solo un lugar, es un umbral. Un espacio ritualístico donde el movimiento reemplaza al lenguaje.” La reflexión, aislada, es interesante. El problema es que aparece justo cuando uno esperaba que empezara la canción. Es como entrar a una discoteca y descubrir que el DJ decidió reemplazar la primera pista por un sermón.
Esta es la mayor contradicción de “Confessions II”. Basta pensar en “Confessions on a Dance Floor”, “Discovery” de Daft Punk o hasta “Future Nostalgia” de Dua Lipa. Ninguno se detiene a explicar por qué la pista de baile puede ser un espacio de liberación personal. Simplemente lo hacen sentir. El cuerpo entiende antes que la cabeza. El mejor arte (y la mejor música bailable no es la excepción) no necesita venir acompañado de un manual de instrucciones. Le basta con provocar una emoción.

Sabrina Carpenter sorprende en Coachella al invitar a Madonna al escenario. (Foto: Instagram / @sabrinacarpenter)
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El momento estelar del álbum, al menos sobre el papel, es el dueto con Sabrina Carpenter, “Bring Your Love”. La canción parte con ventaja. La batería programada sobre el inconfundible pulso de la Roland TR-909 remite de inmediato a “Vogue”, uno de los grandes himnos house de Madonna. Los pianos robustos, el ritmo saltarín y los sintetizadores a contratiempo parecen diseñados para invocar aquella misma euforia. Como ejercicio de evocación funciona; como canción propia, bastante menos. La sensación de déjà vu termina pesando más que cualquier hallazgo.
La presencia de Sabrina Carpenter, además, parece responder más a una estrategia de posicionamiento que a una necesidad artística. Madonna lleva años rodeándose de los nombres del momento para demostrar que sigue siendo parte de la conversación pop. La ironía es que casi todos esos artistas terminan haciendo música más estimulante que la suya. Digo casi todos. Tampoco es cuestión de exagerar: ahí está Maluma.
“Read My Lips” introduce el primer cambio de ánimo del disco. Con sus guiños latinos y una guitarra española en primer plano, bien podría haber encontrado acomodo en su disco “Madame X. Pero el verdadero giro está en el discurso. Después de varios temas entregados al hedonismo de la pista de baile, Madonna deja asomar una faceta mucho más amarga. La revancha, el resentimiento y las cuentas pendientes empiezan a ocupar el centro del relato. La prensa especula que “Bizarre” está dedicada a su ex esposo Sean Penn, con quien tuvo una relación tóxica muy comentada a fines de los 80. Sea cierto o no, ese cambio de ánimo beneficia al álbum. Junto con “Love Sensation”, “Everything” y “Love Without Words”, conforma su tramo más sólido. Buenos beats, buenas melodías.
Como ocurría en “Confessions on a Dance Floor”, la mayor parte del disco transcurre en un rango muy similar de BPM. Esa decisión le otorga una notable sensación de continuidad y hace que suene como una larga sesión de DJ donde las transiciones apenas se perciben. La apuesta tiene sentido dentro de una pista de baile. Pero escuchado de principio a fin en casa, sin embargo, corre el riesgo de confundirse con una misma canción interminable.
El último tramo introduce, por fin, un cambio de paisaje. Desde “Fragile”, las revoluciones descienden hasta un territorio cercano a la electrónica downtempo, evocando a la Madonna más atmosférica y trip hop de “Bedtime Stories” (1994). Las baterías se vuelven pausadas y elegantes, los punteos de piano adquieren un aire fantasmal y un saxo melancólico flota sobre una masa de sintetizadores reverberados. Después de casi una hora de pulsación constante, ese cambio de temperatura se agradece. El disco respira y nosotros también.
Madonna reserva para el cierre una pequeña joya lo-fi: “L.E.S. Girl”. Es una canción sencilla, pero no por ello menor. En ella recuerda a un antiguo amor cuya falta de ambición terminó haciendo inevitable la separación. Como ocurre también con “Dancetería” y “The Test”, se trata de uno de los pasajes más autobiográficos del álbum. La primera evoca sus años de formación en Nueva York y las discotecas donde empezó a forjar el personaje que más tarde conquistaría al mundo. La segunda aborda la compleja relación con su hija Lola, quien además aporta voces a la grabación.
Lo curioso es que “L.E.S. Girl” parece pertenecer a otro disco. Apenas dialoga con el resto del álbum, pero quizá por eso mismo termina convirtiéndose en uno de sus momentos más memorables. Es una prueba más de que, cuando Madonna deja de teorizar sobre sí misma y simplemente cuenta una historia, “Confessions II” encuentra su mejor versión. El problema es que ese descubrimiento llega demasiado cerca del final. //












