Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
No hay quien acompañe a Montserrat y Andrea, su mejor amiga, al concierto. Mi hija pone ojos de personaje manga para invitarme al mundo del pop coreano. “¿Papá, podrás ir con nosotras al concierto de Enhypen?”, pregunta. Pienso en cumbias de los hermanos Yaipén, pero me corrige: es la banda de K-pop que, desde 2020, obsesiona a adolescentes, jóvenes y madres. Me explica que se formaron en el programa de supervivencia “I-Land”, y debutaron con su primer EP, “Border: Day One”. Recién en marzo se anunció la salida de Heeseung, por lo que a Lima llegaría el grupo reajustado en sexteto: Jungwon, Jay, Jake, Sunghoon, Sunoo y Ni-Ki. Aunque aprensivo, acepté. ¿Cómo iba a saber a dónde nos llevaría esto?
No hay quien acompañe a Montserrat y Andrea, su mejor amiga, al concierto. Mi hija pone ojos de personaje manga para invitarme al mundo del pop coreano. “¿Papá, podrás ir con nosotras al concierto de Enhypen?”, pregunta. Pienso en cumbias de los hermanos Yaipén, pero me corrige: es la banda de K-pop que, desde 2020, obsesiona a adolescentes, jóvenes y madres. Me explica que se formaron en el programa de supervivencia “I-Land”, y debutaron con su primer EP, “Border: Day One”. Recién en marzo se anunció la salida de Heeseung, por lo que a Lima llegaría el grupo reajustado en sexteto: Jungwon, Jay, Jake, Sunghoon, Sunoo y Ni-Ki. Aunque aprensivo, acepté. ¿Cómo iba a saber a dónde nos llevaría esto?
MIRA: Sang Jung, el chef que dejó su vida en Seúl para sumarse a Central, el restaurante peruano considerado el mejor del mundo
Montserrat tiene 14 años. Hace tiempo se apropió de mis viejos discos de jazz y la voz de Ella Fitzgerald le sirve para relajarse. Solemos ir a conciertos de la Sociedad Filarmónica y a la temporada de ópera en el Municipal. Debussy es su compositor favorito. Ahora le toca a ella llevarme a descubrir el otro lado de la música.

Fans de Enhypen a las afueras del Estadio San Marcos, preparándose para ingresar al show de Enhypen. (Foto: Joel Alonzo/ GEC)
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Dos meses antes, el padre de Andrea, experto en aguardar frente a la pantalla la venta, consiguió tres codiciados boletos. Al mes siguiente, ya podían descargarse. No tenía idea hasta qué punto la certeza de ir a su primer concierto había afectado a mi hija. No hasta que, haciendo la cola, me dijo de pasada: “Este es el mejor día de mi vida”. Tengo un sentido de orientación espantoso, pero me creo capaz de acertar el camino por mi vieja universidad, San Marcos, donde se realizará el show. Sin embargo, la falta de señalización nos sume en la inopia. En el camino, ellas empiezan a repartir sus ‘freebies’. Yo lo consideraba un “intercambio”, pero Montserrat me lo aclara: se trata de generosidad, de un regalo. Y si alguien tiene algo para darte, lo recibes. Me comenta que es una tradición iniciada por los fans de las primeras bandas K-pop que no tenían dinero para comprar mercancía y urdieron redes solidarias para compartir su afición. “Es algo que nos une como comunidad”, añade.
En la Avenida Universitaria, el movimiento comercial es otro espectáculo: por magia de la IA, una imagen de Ni-Ki posa a punto de devorar un pan con pollo con todas sus salsas en el cartel que corona un puesto de comidas. Su imagen y la del resto de la banda se multiplican en el mercadillo que se apoya en el cerco perimetral frente a las obras del metro, poco antes de llegar a las puertas 5 y 6 del Estadio de San Marcos. Son las 4 de la tarde y tengo la sensación de que hemos llegado con retraso. El público general podía ingresar desde las 3:30 p.m. y la tribuna central ya estaba repleta.
Sentado, miro el perfil de la Facultad de Letras donde me formé y hoy siento deformarme. Hace frío. Chispea. La fina garúa se precipitará con fuerza luego. Debemos esperar hasta las 8 de la noche. Veo a mi hija y a su amiga subirse las caperuzas. Al lado, un grupo de chicas hacen planes para saltar la valla que las separa de la sección platinum, pero el tamaño de los agentes de seguridad cancela su proyecto. No hay mucho más que hacer. Solo esperar mientras suena lo que parece la banda sonora de un oscuro videojuego.
La banda surcoreana Enhypen ofreció un concierto de casi tres horas ante miles de sus fans peruanos y de otros países vecinos. (Foto: Hybe Latinoamérica)
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Treinta minutos antes del concierto se encienden los ‘lightsticks’ y cambian de color como prometía el video tutorial que se proyectó en la gran pantalla del escenario. Las olas en las tribunas se apaciguan, atentas a esos coordinados puntos de luz. La tribuna intenta robarse el show cantando un himno de la cumbia: “Nunca, pero nunca, me abandones, cariñito…”, y dedica las líneas de don Ángel Aníbal Rosado a sus ídolos coreanos.
De pronto, mi hija y su amiga gritan y yo me quedo pasmado por el despliegue de luces láser. Jay, Jake, Sunghoon, Sunoo, Jungwon y Ni-Ki aparecen en escena para interpretar “Knife” apoyados en miles de voces que corean sin desafinar. Mi hija se sabe todos los singles: “Daydream”, “Outside” o “Brought the Heat Back”. El K-pop nos envuelve en su fantasía gótica: es el ataque musical de ángeles que enfrentan la oscuridad con drama, acción y romance. Cada canción los lleva a un sensual arrobamiento que hace delirar a la audiencia. Como si quisieran romper un muro invisible, las chicas martillan el aire con sus ‘lightsticks’.
La creatividad de los vendedores durante el show de Enhype en el Perú. (Foto: Joel Alonzo/ GEC)
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Entre tema y tema, los chicos buscan acercarse al público. Una traductora revela la sencillez de sus palabras: “¡Buenas noches, Perú!”. “¡Hola, Lima, ¿se están divirtiendo?!”. “¡La energía es increíble!”. También intentan masticar el castellano, agradeciendo la acogida en medio de la lluvia. Sorprenden con frases ensayadas: “¡Hola, causa!”, “¡Hemos probado cebiche y anticucho!”, “¡Queremos ver Machu Picchu!”, “¡Visitamos Barranco!”. Con cada frase le arrancan gritos al respetable. Mi hija ya me había confesado su frustración por no haberlos podido encontrar a la salida del colegio. Minutos antes habían filmado a pocas cuadras de casa, en las calles Unión y Génova. Horas después, en escena, ellos exclaman: “¡Chévere!”.
“Estos patas se identifican como vampiros, ¿verdad?”, interrumpe un padre a mis espaldas que, como yo, no entiende nada. “¿Son chicas o chicos?”, pregunta, incómodo. “Son varones, papá”, responden ellas, ofendidas. Miré a mi hija: escuchándola gritar, me venía el recuerdo de los viejos videos de los Beatles en el show de Ed Sullivan. El ritual pop se transforma para mantenerse igual en el siglo siguiente. Sonaban entonces “Bite Me”, “Bills”, “Moonstruck”, “Future Perfect (Pass the MIC)”, “Stealer”, “Drunk-Dazed” y “Shout Out”. A veces imagino influencias del heavy metal melódico, otras del rap, incluso versiones pop que podrían firmar Robbie Williams o Bruno Mars. Después del fundido en negro, cambian de vestuario, del neogótico al casual urbano. Veo saltar a Montserrat con su amiga, eufóricas. Siente que no está en un estadio, que ha sido transportada a otro universo, me confía. Yo siento lo mismo: participo de un videojuego desde dentro, o en una película expresionista del alemán F. W. Murnau. Es una situación hiperbólica, intensificada, de música, baile e imágenes en movimientos distintos y díscolos.
Muchos padres acompañaron a sus hijas menores al show de Enhype en Lima. (Foto: Joel Alonzo/ GEC)
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Con estos chicos todo es amable, no hay impertinencias. Promueven un duelo de gritos entre sus devotas reunidas a la derecha y a la izquierda del estadio. Desgraciadamente para mis tímpanos, la tribuna donde nos encontramos parece resultar la vencedora. El juego tornará videojuego: los nombres de los fans aparecen en pantalla para que el público los reconozca, luego seguirán los rostros de cada uno para ser vitoreados. Cerca del final, intentan ponerse los chullos que el público les lanza, pero sus peinados llevan demasiado gel como para ceder ante la prenda. Ondean nuestra bandera, aunque al inicio se equivocan y muestran el escudo al revés. Se despiden con la delicadeza de quien deja en su balcón a la novia enamorada.
Dos horas y media se ha extendido el concierto. “Son cien soles por hora. Está bien pagado”, dice una muchacha a nuestro lado. El bolso de Montserrat está repleto de regalos: stickers, postales, dibujos, caramelos. Tiene tres billetes de 100 soles impresos con la cara de sus ídolos. Mi hija pregunta si me gustó. Comento la complejidad de las influencias musicales, y ella me hace notar que sucede lo mismo con sus bailes, algunos de raíces africanas. “¿Eso no es apropiación cultural?”, le pregunto. “Por eso los funan”, responde ella.
“¡Épico!”, repiten todas mientras enrumban a la salida. Preguntándome si mis tímpanos volverán a la normalidad, busco la salida, pero todos los caminos conducen a una procesión caótica, ahorcada por comerciantes, puestos de fritangas y repartidores en motocicletas avanzando en sentido contrario. Sujeto firmemente las manos de mi hija y la de su amiga, aunque, ciertamente, son ellas las que me guían. //



