En el Perú solemos hablar de conectividad como sinónimo de nuevas rutas o más vuelos. Sin embargo, las recientes emergencias climatológicas han vuelto a evidenciar una realidad más compleja: la aviación no opera sola.
Cada año, lluvias intensas, tormentas eléctricas o huaicos no alteran únicamente el tránsito local; también afectan toda la cadena de movilidad que conecta personas, turismo, comercio y actividad económica entre regiones.
Cuando una carretera se bloquea por inundaciones o deslizamientos —como ha ocurrido recientemente en el norte y sur del país— también se pone a prueba la aviación. En esos casos, las condiciones climáticas no solo afectan las operaciones aéreas, sino también el acceso a los aeropuertos, dificultando que los pasajeros lleguen a sus vuelos e impactando itinerarios completos.
Desde el sector aéreo, la respuesta ha sido adaptar itinerarios, optimizar operaciones y reforzar el monitoreo meteorológico. También activamos políticas para que los pasajeros impactados puedan cambiar sus fechas de viaje sin penalidades.
Situaciones como estas nos invitan a mirar la conectividad de forma más amplia. La movilidad del país no depende de un solo modo de transporte, sino de la operación coordinada de varios. Cuando un sistema crítico falla, sus efectos se sienten en todo el país.
Por eso hoy el desafío es mayor: entender que la conectividad debe mirarse como un sistema integrado.
¿Podemos hablar de descentralización real si el acceso a un aeropuerto depende de una vía vulnerable a cada temporada de lluvias? ¿Es razonable que cada año enfrentemos los mismos cuellos de botella sin un plan que anticipe escenarios adversos?
Yendo aún más allá, ¿podemos hablar de conectividad robusta si incluso aeropuertos con abastecimiento permanente de combustible pueden enfrentar restricciones cuando el acceso terrestre se interrumpe? En el Perú, gran parte del combustible llega por camiones desde Lima, por lo que bloqueos de carreteras —ya sea por fenómenos naturales o conflictos sociales— pueden afectar el suministro y obligar a planificar vuelos con mayores reservas de combustible, limitando en algunos casos la cantidad de pasajeros o carga.
A esto se suma otro desafío estructural: la falta de fomento efectivo para descentralizar la conectividad aérea. Hoy prácticamente todos los vuelos comerciales regulares entre regiones pasan por Lima, lo que aumenta tiempos y costos para pasajeros y carga. Tampoco existen políticas claras para desarrollar redes de alimentación hacia los aeropuertos —a través de aerolíneas regionales o conexiones terrestres— que permitan integrar mejor las ciudades intermedias al sistema aéreo.
No basta con ampliar aeropuertos o rehabilitar carreteras de forma aislada. Necesitamos una visión integral que considere tanto lo que ocurre dentro de los aeropuertos —infraestructura, sistemas y servicios esenciales— como lo que sucede fuera de ellos: vías de acceso resilientes y mejor conectividad entre regiones.
Fortalecer la resiliencia del transporte no es solo una discusión técnica; es una decisión estratégica para el desarrollo. La conectividad no puede seguir gestionándose por partes: debe asumirse como una política de Estado que garantice que, incluso en la adversidad, el Perú siga en movimiento.




