miércoles, febrero 11

El Oscar, en teoría, es un premio al cine. Es decir, se da a las películas que se estrenan en salas oscuras, con butacas con numeración, olor a cancha y horarios cómodos. Pero, por supuesto, hay mucho más. Si algo demuestra la historia reciente de la Academia es que la calidad, esa palabra tan noble, no es el punto de partida, sino apenas un requisito mínimo de la trama detrás del ritual de una producción que camina a la gala más importante del cine en el mundo.

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“Para cualquier película, debe haber una campaña de promoción hacia el Oscar”, dice a este diario el cineasta, catedrático y crítico de cine, Sebastián Zavala. “Hay casos aislados, excepciones de películas pequeñas, como ‘La teta asustada’, que han sido nominadas por conversación o contexto, pero que, en realidad, abundan en una campaña de la productora y distribuidora detrás para que la película llegue a buen puerto en el Oscar”, agrega.

Además de los habitualmente millonarios costos de producción, la inversión de una película “oscarizable” incluye un altísimo presupuesto de marketing: pasajes, hoteles, ‘merchandising’, conexiones con votantes y productores de cine de Estados Unidos, y más. Nada es gratis. Un ejemplo relativamente reciente es el de “Barbie”, la película dirigida por Greta Gerwig y protagonizada por Margot Robbie, que contó con un presupuesto de marketing que eclipsa el presupuesto total de muchas películas independientes en América Latina: 150 millones de dólares para llevar a cabo alfombras rosa, colaboraciones con Zara o Burger King, etc.

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El año pasado, la ganadora del Oscar “Anora” primero pasó por el Festival de Cannes, donde obtuvo la Palma de Oro. En 2021, “Nomadland” también triunfó en la Academia y venía de obtener el León de Oro de Venecia. En 2017 ocurrió lo mismo –Oscar y León de Oro– con “La forma del agua” de Guillermo del Toro. No es una regla que una cinta que triunfe en festivales asegure un Oscar, pero sí es un gran espaldarazo. El sistema hoy funciona así, como una cadena o una escalera.

Pasar por siquiera por uno de los puntos del famoso “circuito de festivales” es la ruta clásica: Sundance, Berlín, Cannes, Venecia, Toronto. En Cannes suelen perfilarse autores y fenómenos globales, como fue el caso de la surcoreana “Parásitos” (otra que obtuvo Palma de Oro y Óscar, como Anora). Son casos concretos que hablan de la relevancia del roce internacional y el prestigio de.

Estar en alguno de estos festivales, pone a la película en el radar de los críticos internacionales, aunque Leny Fernández, crítica de cine, mira de forma diferente el papel de los expertos. “La crítica no tiene un poder en sí misma, más allá de ser un gremio importante y su posibilidad de marcar una tendencia durante la época de competencia de los Oscar”, dice en referencia a una tendencia que se consolida luego de los Premios Critics Choice, reconocimiento al cine de la crítica Estados Unidos.

Entre enero y marzo, premios importantes fuera del Oscar configuran el camino de un ganador del galardón más importante en Hollywood y particularmente en Reino Unido. El patrón de fecha casi siempre en la temporada de premios de cine y televisión se cumple de la siguiente manera:

Llegan a principios de enero, cuando todavía todo parece posible. Los vota un grupo de periodistas con una membresía hoy más amplia e internacional. En los últimos años, también se ampliaron las categorías hacia terrenos como los podcasts, pues la industria intenta leer los nuevos consumos. Los Globos no deciden el Oscar, pero sí encienden la mecha de las preferencias de los votantes, lo que titulares llaman como “las favoritas”.

Se transmiten cerca de los Globos de Oro. Los votan asociaciones de críticos (no son gremios industriales) por lo que los actores y los productores ganadores del Critic reconocen este premio con humildad. Si una película triunfa en los Globos pero tropieza aquí, se encienden las alarmas. De igual manera, al ser una decisión especializada, hay cintas que logran mayor reconocimiento aquí que en los Oscar. En 2016, “Mad Max: Fury” logró este trofeo en la categoría de Mejor película; en contraste, los votantes de la Academia se decidieron por “Spotlight”.

  • Premios de los gremios (el corazón del asunto)

Aquí la temporada se pone todavía más seria, porque entran en juego los gremios que votan directamente en los Oscar. El DGA (Directors Guild of America, gremio de directores audiovisuales) suele celebrarse entre finales de enero e inicios de febrero. Es uno de los indicadores más fiables de lo que ocurrirá en la categoría de Mejor Dirección.

Algo similar sucede con los premios del WGA (gremio de guionistas) y el PGA (gremio de productores): cuando una película empieza a imponerse en estos frentes, deja de ser una apuesta bien posicionada y pasa a convertirse en una candidata sólida para la industria.

Los Premios SAG se suelen celebrar en febrero. Al igual que los gremios antes mencionados, este es un reconocimiento otorgado por el sindicato de actores, el gremio más numeroso dentro de la Academia, lo que convierte a estos premios en una radiografía bastante precisa del ánimo de los votantes de los Oscars.

Ganar Mejor Elenco (Ensemble) en los SAG Awards suele ser una señal potente rumbo a Mejor Película, aunque no es una regla infalible. Hay excepciones claras, como “Cónclave”, que se llevó el reconocimiento al casting del sindicato de actores, pero terminó perdiendo frente a “Anora” en la gala de los Oscar. Y es un dato mayor, porque este año la Academia incorpora la categoría de Mejor Casting, un movimiento que confirma hasta qué punto el trabajo de los directores detrás de la selección de elenco se define antes de marzo.

Los BAFTA, que se entregan a mediados de febrero, funcionan hoy como un factor corrector internacional dentro de la carrera al Oscar. Votados por la Academia Británica, durante años fueron considerados premios “muy británicos”, con un gusto propio y cierta distancia de Hollywood. Eso ya no es tan así. En la última década, sus resultados se parecen cada vez más a los de la Academia estadounidense, y cuando una película logra alinear BAFTA, SAG y DGA, el pronóstico rumbo al Oscar se vuelve casi matemático. El ejemplo más reciente de ello es el triple ganador “Oppenheimer” de 2024.

Llegan justo antes de la gala del Oscar y cumplen un rol más simbólico dentro de la temporada. Los define el Film Independent, organización artística sin fines de lucro. Siguen siendo de prestigio cultural por ser los premios del cine independiente, que aporta a su visibilidad e identidad, pero ya no mueven la aguja del Oscar como en otros años. Funcionan, más bien, como un cierre de ciclo al margen de las grandes campañas y los presupuestos millonarios.

Aquí viene la parte menos romántica y menos matemática. Para ser elegible, una película debe estrenarse comercialmente en cines de Estados Unidos, según explican los Oscar en sus “Reglas & Elegibilidad”, específicamente en los “mercados” de Los Ángeles, Nueva York, Chicago, Área de la Bahía, Dallas–Fort Worth y Atlanta. Además, las películas deben cumplir con formatos específicos y exhibirse entre el 1 de enero y el 31 de diciembre del año correspondiente. De acuerdo con Sebastián Zavala, crítico de cine, cineasta y docente, “muchas producciones tienen la estrategia de ‘estrenar tarde’ para estar frescas en la memoria de los votantes desde mitad del año en adelante”.

Además, hay una línea roja que la Academia no negocia: el orden de estreno y la seriedad del lanzamiento. Si una película se estrenó primero en streaming, televisión, VOD o DVD, queda automáticamente descalificada para los Oscar. Esto también cuenta con indicaciones específicas para la promoción de la película. Pero el espíritu de la norma es que la película debe existir primero como experiencia cinematográfica en salas.

Otros requisitos más burocráticos incluyen completar formas de datos, como los créditos, fechas y horarios de exhibición, etc. También está la disposición de que las películas pueden ser de cualquier país y en cualquier idioma, siempre que cuenten con subtítulos en inglés legibles. Y el uso de inteligencia artificial, por su parte, no descalifica ni favorece una decisión de los Oscars, pero la Academia evaluará cuánta autoría humana hay detrás de la obra.

La Academia ya no es el club cerrado que fue. Hay más votantes internacionales, más mujeres, más diversidad étnica. Pero la valla sigue ahí. Antes eran cinco películas nominadas a Mejor Película; hoy son casi diez. “Esto se hace con el afán de captar a un público que ya no es el mismo. Hay películas muy buenas, por supuesto, pero también una tensión constante entre prestigio y popularidad en los Oscar”, dice la crítica de cine Leny Fernández.

“Esta polémica que existe sobre posibles conflictos de intereses entre los votantes veo que se comenzó a zanjar, sobre todo, cuando aparecieron los casos del movimiento Me Too, acerca de la reivindicación por derechos de los afroamericanos y de las minorías. Entonces, la gente comenzó a cuestionar el hecho de qué tan plural era la Academia y los sectores que entregaban premios”, explica Fernández. Es el caso de la Asociación de Prensa Extranjera, que hoy acoge a productores de cine de todo el mundo.

En general, el Oscar, coinciden los críticos, es un tanto “problemático”, pero todavía es un divertido rompecabezas para los cinéfilos. Si bien el rating del programa de premiación del cine disminuyó en los últimos años, reconoce el arte cuando lo puede ver en carteles gigantes de Times Square. Un recordatorio de que, en Hollywood, el cine también es estrategia.

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