Sam Raimi aún está aprendiendo a separar los momentos cómicos del horror más oscuro, aunque lleva más de cuatro décadas filmando películas que han definido ambos registros. “Me dicen: ‘Sam, esto es demasiado’, ‘Sam, esto no da miedo’, ‘Sam, esto no va a funcionar’. Entonces vuelvo a trabajar para darle más impacto”, resume el director estadounidense, que hoy presenta su nueva cinta de terror y supervivencia, “¡Ayuda!”.
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¿Y si uno se quedara atrapado con su jefe malvado en una isla desierta? La premisa, seguramente concebida en horario de oficina, lleva la jerarquía laboral al límite de la supervivencia. “¡Ayuda!” intercambia el monstruo clásico por una lucha de poder en territorio hostil: un accidente aéreo, dos sobrevivientes y la certeza de que todo puede pasar porque no hay nadie alrededor para imponer reglas.
La película sigue a Linda Liddle (Rachel McAdams), una trabajadora subestimada, y a Bradley Preston (Dylan O’Brien), su jefe joven, arrogante y abusivo. Lo que comienza como una relación asimétrica y reconocible se desarma cuando ambos quedan aislados. Raimi empuja el horror hacia lo psicológico: no hay sustos gratuitos sin consecuencias, sino información parcial, engaños y percepciones cruzadas. “¿Qué sabe ella que él no sabe?”, se pregunta la película, activando el motor del suspenso.

Rachel McAdams y Dylan O’Brien comparten escena en ¡Ayuda!, donde la supervivencia en una isla desierta desarma el poder, la confianza y las jerarquías entre ambos personajes. (Photo by Brook Rushton). © 2025 20th Century Studios. All Rights Reserved.
/ Brook Rushton
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“Más que definir héroes y villanos, nos interesaba colocar a los personajes en entornos extremos donde sus fachadas se desmoronan y aparece quiénes son realmente”, explica el director. Ese desplazamiento moral es el núcleo del film. En la isla, el mando ya no lo da el cargo sino la capacidad de adaptarse. El héroe inicial puede corromperse; el antagonista puede ganar empatía. La identificación del público se mueve, se quiebra y vuelve a armarse.
Raimi observa ese vaivén sin subrayarlo. Confía en el pulso de McAdams y O’Brien, en los primeros planos tensos y en una violencia medida —hay gore, sí, pero dosificado— que nunca busca ser el centro. “¡Ayuda!” prefiere tensar la cuerda del comportamiento humano, aunque, propio de su director, suelta un susto repentino de vez en cuando.
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Al final, la película confirma una idea que atraviesa toda su obra. Cuando se le pregunta dónde se esconde realmente el horror, Raimi no duda, y tampoco su productora Zainab Azizi: “Diría que el horror se esconde en las personas. Los monstruos son, en realidad, una metáfora de ellas”. En esa respuesta caben los deadites de “The Evil Dead”, el simbionte Venom de “Spider-Man” y, en este regreso al cine más áspero, al humano enfrentado a sí mismo, incapaz —casi siempre— de reconocerse como el verdadero antagonista.














