Investigadores australianos han logrado que neuronas humanas cultivadas en laboratorio e integradas en un chip de silicio aprendan a jugar a ‘Doom’, una muestra del potencial de estas “computadoras biológicos”.
`; document.body.appendChild(modalWrapper); let figcaption = modalWrapper.querySelector(«figcaption»); if(figcaption) figcaption.style.display=»none»; modalWrapper.querySelector(«.s-multimedia__close-modal»).addEventListener(«click»,()=>{modalWrapper.remove(); e.style.display=»flex»; if(caption) caption.style.display=»block»;});})})});});
Los investigadores convirtieron el entorno digital de ‘Doom’ en patrones de señales eléctricas que las neuronas del chip pueden entender.
Cuando aparece un enemigo, unos electrodos específicos estimulan las neuronas en el chip especial, llamado CL1, lo que provoca una reacción.
Cada patrón de actividad neuronal produce respuestas concretas, como disparar, moverse a la izquierda o a la derecha.
Los investigadores supervisan la actividad eléctrica de las neuronas desde una pantalla conectada al CL1, representada por miles de pequeños puntos.
A partir de estos datos, el equipo ajusta sus entradas para influir y entrenar la actividad de las neuronas.
El CL1 no se limita a los videojuegos: el chip puede programarse para todo tipo de aplicaciones, desde el cribado de fármacos hasta el aprendizaje automático similar a la inteligencia artificial.
“Apenas estamos empezando a vislumbrar lo que estos cultivos neuronales pueden llegar a lograr cuando se integran en sistemas como nuestro CL1”, afirma Brett Kagan, director científico y de operaciones, y describe el chip CL1 como “una forma de inteligencia más sostenible y potente”.
El cerebro humano funciona con una potencia estimada de 20 vatios, un nivel de eficiencia que la computación de silicio y la inteligencia artificial aún no han logrado igualar.
Aunque no está “destinado a reemplazar lo que hace la IA”, el objetivo es “ofrecernos capacidades que nunca antes habíamos tenido”, explica el científico.
Las células tienen una vida útil de seis meses y, por ahora, no son capaces de producir resultados consistentes y programables.
Sin embargo, los analistas señalan que el valor del proyecto podría residir en su consumo de energía más sostenible en comparación con los chips convencionales.
“Necesitamos mejores formas de gestionar ese consumo energético y alcanzar niveles más altos de eficiencia”, apunta William Keating, director ejecutivo de la empresa de investigación de semiconductores Ingenuity.
“No se trata de ciencia descabellada ni de un grupo de estafadores. Es ciencia de verdad y está logrando avances reales”, asegura.













