La nostalgia es del mismo tamaño que la sorpresa: Cienciano, aquel equipo de cuarentones que le dio pelea a Santos y eliminó a Medellín, que le ganó la final del 2003 a River, ha vuelto a ponerse en los ojos de Sudamérica. Digo bien, de la Sudamericana. La fórmula parece previsible pero allá arriba no se descifra: tener el control en el medio, ahogar a pelotazos cruzados a los defensas y soñar con la eficacia. El equipo de Horacio Melgarejo ha jugado seis partidos en la Copa, anotó 15 goles, y tiene un promedio de dos tantos por encuentro. Y más allá de las estadísticas, sale de la cancha con una sensación imbatible que el Rojo no tenía, aquí la nostalgia, desde ese equipo de Freddy Ternero, Germán Carty y Alessandro Morán.
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El cerebro de este equipo se llama Horacio Melgarejo, un ciudadano argentino de 53 años que ha marcado claramente sus dos facetas. La privada, incluye una vida pacífica en España, frente al mar de Playa Casablanca de Almenara, el título de entrenador UEFA Pro que lo trajo, primero como asistente en la U, luego a ADT y hoy a Cienciano, además una relación íntima con dos apellidos ilustres en Argentina: Batistuta y Comizzo. Pólvora en todos los sentidos de la palabras. Y la pública, demasiado irónica y diría que hasta ofensiva con el periodista cusqueño que cubre Cienciano, que hoy mismo no sabe si abrazarlo u odiarlo. “Se nota que nunca jugaste al fútbol”, “Tus preguntas vienen con maldad” o “Yo creo que ustedes los periodistas, como nosotros nos vestimos de rojo, deben pensar que somos el Liverpool”, son algunas de sus respuestas en esas charlas que, más que conferencias, parecen un careo, un juicio, un tribunal.
Sin embargo, hay que ver cómo festejaron los 6 goles de su equipo contra Botafogo.
Hechas las sumas y restas, lo de Cienciano hasta aquí es ya heroico. Con la tercera parte del presupuesto de Botafogo, define el pase a cuartos este jueves, 8:30 p.m. en Brasil, con una ventaja de cinco goles a favor. Por supuesto que sería una calamidad que no pase, de la misma forma en que tendrían que cargar en hombros a Hohberg, Garcés o Succar si vuelven clasificados. Es lo que el fútbol llama bisagra. La campaña, finalmente, obliga a pensar si el camino inteligente para trascender en un torneo internacional es la Libertadores, donde los planteles cuestan lo que vale toda la Liga 1. Si la Sudamericana, como Melgar en 2022 o Alianza el año pasado, es el objetivo real, no solo económico sino deportivo. Y si, finalmente, jugar en altura no es una locura ni traiciona nada, como dicen tantos influencers, sino es una estrategia.
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