miércoles, septiembre 16

Cada setiembre Chile se viste de fiesta. Las banderas vuelven a las calles, la cueca se escucha en plazas y hogares y las familias se reúnen alrededor de una mesa para compartir un vaso de vino tinto, una empanada de pino, un generoso asado y un tradicional ‘terremoto’, ese singular cóctel preparado con vino pipeño, helado de piña y granadina, cuyo dulzor refrescante esconde un impacto telúrico e inesperado en la cabeza. Son días en que la chilenidad se expresa en los abrazos y en esa particular manera nuestra de celebrar y encontrarnos.

Este 18 de setiembre mi país conmemora el aniversario 208 de su independencia nacional; una fecha propicia para hablar de nuestra identidad desde otro lugar, lejos de las frías cifras del intercambio comercial o los tratados oficiales, y enfocada en las personas que explican la verdadera profundidad de nuestros vínculos.

Los lazos entre Chile y Perú se han construido en las ferias, los mercados, las aulas y los barrios. Es una construcción silenciosa de nuestros pueblos. En este convivir he comprendido que compartimos el mismo idioma, pero manejamos lenguajes culturales distintos: la naturaleza transaccional de Chile se complementa bellamente con el carácter relacional del Perú. Aquí, la calidez dicta que la forma es tan importante como el fondo; un aprendizaje vital que redefine nuestra convivencia. Por eso, cuando un chileno y un peruano se sientan a conversar, no pasa mucho tiempo antes de que aparezca una historia común: un familiar, un amigo, un viaje o un negocio. Hay chilenos que hicieron su vida aquí y peruanos que encontraron en Chile una oportunidad para comenzar de nuevo.

Pienso en los peruanos que hicieron suya la Vega Central, el principal mercado de abastos de Santiago, y que con su trabajo de madrugada terminaron ganándose el afecto de los santiaguinos como los “reyes de la papa”. O en aquella mujer chilena de la que supe que trabajaba como cobradora de una combi en El Agustino, abriéndose camino en Lima con una dignidad que dice más sobre nuestra integración que cualquier declaración oficial.

La integración también se come y se canta. La gastronomía peruana lleva décadas formando parte de la mesa chilena, creando una verdadera transculturación. Y cuando dos pueblos comparten la mesa, también comparten recuerdos. En la música, mi propia infancia como porteño de Valparaíso estuvo acompañada por la voz del gran Lucho Barrios. Con los años tuve la suerte de conocerlo y entender cómo este enorme artista peruano se metió en el alma de Chile. Su inmortal interpretación de “La Joya del Pacífico” convirtió a mi ciudad natal en una emoción compartida. Un peruano cantándole a Valparaíso y un porteño creciendo con su voz: las culturas hace tiempo dejaron de pedirle permiso a las fronteras. Compartimos también la fe, en la devoción cruzada a Santa Rosa de Lima y al Señor de los Milagros, e incluso la elegancia del caballo peruano de paso. La fe y el arte no preguntan por el pasaporte.

Hace unos años, conversando con ciudadanos de Arica, Iquique, Antofagasta, Tacna y Arequipa, les pregunté qué necesitaban de los gobiernos para profundizar la relación bilateral. Su respuesta me conmovió: “nada”. Para ellos, la integración ya ocurría todos los días cruzando la frontera para trabajar, comprar o visitar a la familia. La integración no siempre baja de los gobiernos; nace en la gente y llega a las instituciones.

Frente a la adversidad, nuestros pueblos siempre se han tendido la mano, incluso en el futbol.

El recordado periodista chileno Miguel Humberto Aguirre ocupa un lugar sagrado en esta historia. Su labor, que hoy pervive en nuestra memoria, fue una de las más importantes del periodismo peruano; en medio de las tinieblas y el dolor del terrorismo que inundaba los hogares, su voz entrañable desde el micrófono radial fue un llamado constante a la tranquilidad y la esperanza. Un chileno que acompañó al Perú en su hora más oscura. Eso también es hermandad.

El Perú merece escuchar esto: Chile no olvida la manera en que este país ha recibido a sus ciudadanos. Ha sido históricamente fraterno, generoso y profundamente caballero e hidalgo con Chile. En estas Fiestas Patrias, envío un saludo lleno de gratitud y un abrazo entrañable al Perú por su hospitalidad, a los chilenos que habitan este suelo y a los peruanos que han hecho de Chile su segundo hogar. Mientras el mundo se empeña en levantar muros, nuestros pueblos han derribado las fronteras en silencio. Chile no olvida la amistad del Perú; la reconoce, la agradece y la lleva consigo en cada mesa compartida y en cada canción que pasará de generación en generación. ¡Felices Fiestas Patrias!

(*) Carlos Escaffi es fundador de Relaxiona Internacional

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