El chavismo tenía la ambición de ser una síntesis doctrinaria, que tomara forma de régimen y que pudiera volverse una identidad política militante. Procuraba superponer ideologías: una actualización del socialismo para el nuevo siglo, un rebranding del antiimperialismo etiquetado como bolivarianismo, capaz de ‘liberar’ a toda América Latina (Brasil pre Lava Jato incluido). (Véase la imagen del boneco gigante del libertador en el sambódromo de Río de Janeiro en el 2006). Buscaba ser el faro guía de la izquierda iberoamericana en los mares oscuros del neoliberalismo que huele a azufre. Trocó al barbudo revolucionario por el ‘outsider’ plebiscitario. Mantuvo el verde olivo como atajo cognitivo de mano dura, las venas abiertas como resentimiento refundacional. Llevaba el apellido de su fundador como su raíz, y la pretensión ideológica como sufijo. Quería ser el ideal hecho realidad, camino y destino, motor y motivo.
El patriarca dejó un delfín, made in Cuba. Nicolás Maduro representa la distopía del hombre común hecho líder, donde la lucidez intelectual parece inversamente proporcional a la lealtad. El chófer de autobús sindicalista fue adiestrado políticamente en la escuela Ñico López, la “universidad” [sic] del Partido Comunista de Cuba, incluso antes de conocer a Chávez. Con Maduro en el poder, el castrismo nunca tuvo tanta ascendencia sobre los destinos de Venezuela. La ideología se convirtió en arenga, el apoyo popular se reemplazó por represión, el autoritarismo competitivo en dictadura sin adjetivos. Venezuela se convirtió en otra isla (políticamente hablando) y se montó una estructura civil-militar para resistir, con base en el propio interés. En algún pasado reciente se perdió el sueño colectivo. No casualmente, en la operación ‘grab-and-go’ que lo destronó, murió su guardia pretoriana de agentes cubanos, los únicos de quienes Maduro sabía que no iban a traicionarlo.
Con Delcy Rodríguez a la cabeza, el chavismo entra en una tercera etapa, caracterizada por inmadurez ideológica. Aunque hija de guerrilleros, Rodríguez tiene la formación, el temple y el sesgo propio de los tecnócratas. Escaló en el chavismo de Maduro cortejando a inversores y empresarios, reduciendo la hiperinflación y reestructurando la economía energética. Toma del régimen el vozarrón y la verticalidad, pero lo suyo es el pragmatismo. Tanto así que Trump la prefiere a ella antes que a María Corina Machado. Hasta el momento ha administrado las presiones de los Estados Unidos y del fragmentado chavismo, al punto de mantener un fino equilibrio que deja a cada uno tranquilo en lo suyo: a Trump planeando su nuevo golpe geopolítico y a Diosdado Cabello dando vueltas por Caracas con sus paramilitares motorizados.
En este período de chavismo inmaduro, la continuidad de la influencia de Cuba sobre Venezuela está, por ahora al menos, en veremos. No solo porque su retiro del país petrolero es parte de las condiciones establecidas por el trumpismo, sino también porque han quedado reveladas las serias deficiencias en lo que solía ofrecer con orgullo: inteligencia, espionaje y seguridad. Es decir, todo lo que falló en la extracción de Maduro. No es novedad que el castrismo ha sido, históricamente, un régimen mitómano (desde el número de fallecidos en la guerra de Angola, pasando por los caídos de la pandemia de COVID en la isla, hasta su rol como reclutador de mercenarios en contra de Ucrania). Solo que ahora queda en evidencia ante sus clientes (actuales y potenciales), luego de su demostrada mentira (el “anillo de seguridad” de Maduro sí era cubano) e inoperancia. Además, ahora tiene al frente a alguien que los conoce muy bien.
Marco Rubio es una suerte de Kissinger de Florida, socializado en moros con cristianos con sabor a exilio cubano. ‘Self-made’ republicano, hijo de bartender y camarera, del destierro y los pies mojados. Lidera la transición en Venezuela con la motivación originada en el álbum de fotos familiar. Avanza lento (la reapertura de la embajada en Caracas encaminada) pero seguro (acuerdo para recibir hasta 50 millones de barriles de petróleo). Y siempre con la isla en el espejo retrovisor. A diferencia de lo que hoy sucede en Venezuela, cualquier intervención en Cuba tendría un impacto más directo en su democratización, pues la gobierna una cúpula mucho más cohesionada, para bien o para mal. Salvo que la amenaza desmesurada que represente Trump empiece a visibilizar fisuras en lo interno del régimen cubano (hasta ahora impermeables a la traición exitosa) y surjan facciones “blandas” que propongan entregar cabezas a cambio de mantener el control, como por ahora se maneja la situación en Venezuela. Aunque –valgan verdades– todas las transiciones de régimen desde autoritarismos tienden a ser inciertas.
Estamos atravesando el momento de mayor debilidad de la izquierda latinoamericana. Los líderes de su vertiente democrática (Lula, Boric) fueron muy condescendientes con su vertiente autoritaria (Cuba, Venezuela, Nicaragua). La doctrina Monroe –más egocéntrica que estratégica– ha puesto su primer target en los casos de la izquierda extrema porque les resulta beneficioso a sus intereses económicos. Pero además porque bajo una narrativa democratizadora falaz pero funcional, capitaliza el respaldo social y político del anticomunismo latinoamericano. No estamos pues ante los Estados Unidos que contribuyó con la tercera ola democratizadora de la región en la década de 1980. En aquel entonces, los intereses de sus líderes estaban alineados con las respectivas preferencias partidarias de demócratas y republicanos. En la actualidad, la agencia política de Donald Trump no tiene frenos internos ni contrapesos, y es capaz de doblegar instituciones (nacionales e internacionales, formales e informales). Y cuando se pasan los límites, estos ya dejan de existir. Tanto para la izquierda como para la derecha.














